
“Me he estado escondiendo de esta historia desde que tengo 17 años” dijo Steven Spielberg después de recibir una ovación de pie al ganar el Golden Globe a la mejor dirección por Los Fabelman, su última película. Es que recientemente varios directores de renombre decidieron hacer sus obras más honestas, aquellas en las que más hablan de sí mismos. En 2019 lo hicieron Scorsese, con El Irlandés; Tarantino con Había una vez en Hollywood; y Almodóvar con Dolor y gloria. Ahora fue el turno de Steven y el resultado es, cómo se podía esperar, una película bellísima.
En esta historia de un joven que descubre su amor por el cine y lo usa como una herramienta para expresarse y lidiar con las dificultades de la vida, Spielberg se cuenta a sí mismo con una honestidad admirable. Así logra una película que no sólo trata al cine como algo mágico, sino que tiene un contrapunto que también muestra que es un oficio que requiere técnica y trabajo duro. No se queda en una idealización simplista, es una representación más profunda de lo que significa ser un aspirante a cineasta pero sin dejar de ser amable y ligera para el espectador.
Esa combinación de magia inexplicable y técnica no está sólo en la historia sino también en cómo está contada. No es secreto que Spielberg sabe de sobra cómo montar una escena, y lo demuestra otra vez con un primer plano excelente. Una escena en la que otros hubieran hecho decenas de cortes, él la resuelve con un sólo plano ejecutado de forma deslumbrante. Apropiado para mostrar los momentos antes de que el protagonista, de niño, sea deslumbrado por su primera experiencia frente a la pantalla grande.
Tiene mucho sentido que para Scorsese, Tarantino y Almodóvar ser lo más honestos, lo más parecidos a sí mismos, estuviera relacionado a la nostalgia, a la soledad, al dolor e incluso al cinismo; mientras que para Spielberg significara hacer una película absolutamente carismática y encantadora. Los Fabelman retrata el amor al cine, sin dejar de lado el trabajo duro que implica, con algunos clichés pero bien manejados, tiene humor y no se pasa de solemne. Además tiene a David Lynch haciendo de John Ford, no se puede pedir más. Está llena de guiños para amantes del cine, no el de Spielberg necesariamente, sino el cine en general.
Por todas estas razones la última película de Spielberg es una trampa, es una emboscada. Parece hecha a mano para que el único resultado posible sea que te encante, sobre todo si te gusta el Hollywood clásico y/o el nuevo Hollywood. Spielberg te encierra en un callejón y te dice “esta película te va a gustar si o si”, y vos aceptás con una sonrisa.



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