Malmkrog. Director: Cristi Puiu (2020) 

Desarrollada, casi en su totalidad, en el interior del palacio Malmkrog, en Transilvania, justo a principios del siglo XX, este film rumano nos propone una serie de debates intelectuales sobre los conceptos del mal y el bien tomados del libro “Tres conversaciones sobre la guerra, el progreso y el fin de la historia del mundo” , del filósofo ruso Vladimir Soloviov.

Son cinco los personajes que conversan, ninguno de ellos con protagonismo absoluto. Nikolai (Fredéric Schulz-Richard) propietario de la vivienda, junto a su padre, el conde, al que vemos en algunas de las escenas, decrépito dejándose atender desnudo por las sirvientas; Ingrida (Diana Sakalaukaité) una potentada esposa de un general cáucaso; el diplomático y jugador Edouard (Ugo Broussot); una pianista, Madeleine (Agathe Bosch) y la religiosa y tímida condesa Olga (Mariana Palii).

Cristi Puiu vuelve a recurrir al plano secuencia (como en su anterior “Sierranevada, 2016”), pero esta vez, a diferencia de otras películas suyas, la cámara apenas se mueve, tratando de captar composiciones pictóricas, en donde la profundidad de campo (o el fuera de campo expuesto -que se refleja en espejos-) y el cuidado estético de los decorados, marcan su envolvente.

Lo más chocante de "Malmkrog" es que todo el metraje (de larga duración -3h y 20 min-) se compone de una serie de conversaciones que funcionan mejor como monólogos. Los personajes tratan de desarrollar pensamientos, conceptos filosóficos, con la idea de establecer enfrentamientos dialécticos, que permiten enriquecer aquello de lo que hablan. En la escena prólogo, Medeleine expone la historia de dos eremitas que en su regreso tras tres noches disfrutando en Alejandría, uno de ellos se flagela por los pecados cometidos y el otro disfruta cantando. Madeleine se pregunta quién de los dos eremitas regresaría a Alejandría si en esta historia desaparecieran las figuras de Dios y del Diablo. Y es que este es el tema fundamental de las conversaciones, que versan sobre el mal que ejerce el hombre en La Tierra y la existencia de un Dios que es contención a estos desmanes.

En el primer de los largos debates se expone la dicotomía de la guerra, donde el hecho de matar es visto bien como un pecado, bien como una virtud. La guerra, para algunos de los contertulios, puede servir para aplacar un mal superior, pero para Olga (quien normalmente se queda sola en la defensa de sus postulados) Dios nunca sería favorable a estos hechos, sea cuales sean las causas que conlleven al enfrentamiento militar.

En la segunda parte, el director rumano, Puiu, parece abandonar a los nobles intelectuales para centrarse en los movimientos y acciones de los sirvientes; aquí pondera también la escala de valores, la estratificación de las clases y la violencia que egerce el cargo superior contra el más bajo. De esta forma vemos como el mayordomo jefe acaba golpeando a un sirviente por haberse confundido preparando un té.

La tercera parte se inicia con un monólogo de Edouard sobre la supremacía de los europeos respecto a los paises asiáticos y africanos, justificando la violencia que proviene de esta colonización. Es aquí, tras este debate cuando se produce la ruptura, la eclosión de la narración que convierte la película en sorprendente: unos ruidos en habitaciones superiores, una desobediencia de los sirvientes ante la llamada de los dueños. Todo ello crea un estado de alarma. En pocos minutos, todos los aristócratas que hemos escuchado hasta ahora son asesinados.

Pero curiosamente, la película continua como si no hubiese pasado nada (¿una estructura de montaje en saltos temporales o bien una existencia fantasmal de los propietarios?), dando paso a nuevas divagaciones sobre la maldad del hombre y la existencia del anticristo, como si el debate estuviera escindido de los hechos, de la revolución socialista, del propio sufrimiento humano: palabras que expresan una inquietud pero que no exoneran a las víctimas de ser parte de un sistema en proceso de desaparición. Por ello, las imágenes exteriores de personas caminando por la nieve, en planos generales tan alejados (que no permiten distinguir de quien se trata), acaban significando solo huellas, alusiones a un periodo intelectual desaparecido, transformado por el propio hombre, entre esa lucha por el bien y el mal, la libertad y los derechos humanos, pero que, en definitiva, solo contiene el gérmen de la destrucción.

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