Imitación a la vida. Director: Douglas Sirk (1959) 

Cierre excepcional a la filmografía de Douglas Sirk, obra cumbre del melodrama y demoledor retrato de la América de finales de los años 50´. "Imitación a la vida" contiene, como resumen de una filmografía, la casi totalidad de los valores sirkianos que el director, de origen alemán, ha ido perfeccionando con los años. El valor principal es esa sublimación del melodrama, que se ensalza en la escena final, en el entierro de Annie Johnson (Juanita Moore).

Annie, representante de las clases desfavorecidas de América, al tener la piel negra, y quien durante su vida se ha visto supeditada a ser la criada de Lora Meredith (Lana Turner) es, al final de su existencia, respetada como persona y enterrada con todos los honores. Ella misma, antes de morir, expresa su deseo: que su ataúd sea conducido por las calles dentro de una lujosa carroza guiada por dos caballos blancos. Durante la ceremonia del entierro, acompañados de un cántico gospel entonado por la gran Mahalia Jackson, todos guardan deferencia a la fallecida con su silencio en la iglesia (los chicos se quitan el sombrero como señal de respeto) excepto esa persona a la que más quería Annie, su hija, Sarah Jane (Susan Kohner), quien no acude al sepelio.

"Imitación a la vida" narra diferentes conflictos de identidad, en el ámbito familiar, el núcleo fundamental de la sociedad americana que está a punto de derrumbarse. Sarah Jane, acogida, junta a su madre, por Lora y su hija, Susie (Sandra Dee) reniega de su sangre negra, ya que su piel es blanca. Su existencia es una perpetua lucha por sustituir su yo por una imagen (el continuo uso de espejos en la película refuerza la idea de que lo especular es aquello que no somos), pero la existencia de una madre de color y el hecho de vivir como hija de una sirvienta la empujan a vivir como una prostituta (vendiéndose a hombres para progresar en el mundo del espectáculo) participando en un negocio hecho por y para hombres blancos. Cuanto más se aparta de la "verdad" más conduce su vida hacia su propia anulación como mujer.

Sirk no solo ejemplifica la pérdida de dignidad en Sarah Jane, sino también en de Lora. Al comienzo Lora tiene una vida modesta, siempre con dificultades para encontrar trabajo. Se enamora de un hombre guapo y correcto, alguien al que ama realmente, Steve Archer (John Gavin), a quien pronto abandona por otros hombres que, a cambio de sexo, la permiten ascender en el mundo del espectáculo.

Susie, por su lado, vivirá siempre en un estado de ensoñación que solo se romperá cuando asimile que su deseo sexual, amar a Steve, debe erradicarse cuando descubre que Steve la trata como una hija.

Por ello, Annie se presenta como la única persona íntegra de todo el relato. La única persona que se ha mantenido fiel a sus convicciones. A sabiendas de que estas convicciones solo la han conducido al sufrimiento y a la destrucción personal. Sirk compone muchas secuencias con espejos, para ejemplificar el vacío que encierra el esfuerzo de Annie por mantener sus ideales. Pero será después de su muerte cuando esa integridad sea recompensada.

Sirk cierra su filmografía con positividad, como si asistiéramos a la representación de un sueño: la de una América que surgirá cuando las injusticias desaparezcan. Sarah Jane llega justo en el momento en el que la carroza con el ataúd comienza a moverse y llora desconsoladamente, suplicando en voz alta el perdón de su madre. Un perdón que queda representado en esa tierna imagen final de Lora arropando a Sarah Jane y a su hija Susie en el coche, ante la mirada condescendiente de Steve.

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