Babylon: un clásico instantáneo 

A veces, el cine se refleja a sí mismo. Películas sobre películas. Celuloide dentro del celuloide. The Artist, Cinema Paradiso, o la más reciente, The Fabelmans, son algunos ejemplos. Se podría decir que Babylon entra en esa categoría. Largometrajes que homenajean a la historia de su mismo medio. Pero también se podría decir que Babylon, como toda gran película, va más allá de su mera categorización.

1926. La última época dorada del primer Hollywood. El Hollywood mudo pero desquiciado. Fuente de excesos, excentricidades, expulsiones. La película comienza con una fiesta que es orgía, que es concierto, que es puro color, vida y muerte. Un evento que representa el pináculo de aquella era sin límites, al borde de la todavía novedosa industria cinematográfica.

Y en aquel primer encuentro están todos los personajes que van a aparecer a lo largo de la película: Jack Conrad, Manny Torres, Elinor St. John, Anna Way Wong, Sidney Palmer y Nellie LaRoy. Una polifonía de voces perfectamente sincronizadas entre sí que a lo largo de los años se desarrollan a la par que la industria muta. Es extremadamente difícil hacer un guion con tantos protagonistas y que cada uno brille por sí mismo, con profundidad, con carne y hueso y sentimiento.

Se habló mucho del cataclismo y avance que fue a la vez el cine sonoro. Y el mayor grupo que cayó víctima de las ondas sonoras fueron los que estaban bajo el reflector: los actores. Fuera por su tono de voz, por su poca versatilidad a la hora de filmarse diferente, o por ninguna explicación concreta, fueron muchos los que cayeron ante la vorágine de la tecnología que permitió que las voces se escucharan, que los pasos resonaran, que los instrumentos cantaran. Los únicos que de verdad perduraron en su trabajo fueron los invisibles: los críticos, los técnicos, los productores.

Babylon logra mostrar aquel espectro de mutaciones a lo largo de varios años y a través de diferentes rostros que se cruzan, se distancian y se vuelven a cruzar. Y Demian Chazelle, como ya lo logró demostrar en Whiplash y en La La Land, dirige con el corazón abierto y palpitando.

La sangre se puede ver, auténtica y orgánica, fluyendo por el celuloide; por las lágrimas, los vómitos, el excremento, los gritos, los diálogos, el sonido de las trompetas; por los brillantes planos secuencia, por los calibrados momentos de sonidos y silencios, por las impresionantes interpretaciones, por la banda sonora jazzera que se hace una con la cinta. Más de tres horas se disuelven en un viaje sin tiempo.


Babylon saca a la luz toda la mugre y los excesos de un Hollywood que luego -y todavía- intenta taparlo todo. Babylon expone la belleza y las heridas detrás de una época con pocas ataduras y cómo el sucesivo cambio hizo que tantas cosas desaparecieran: maneras de filmar, formas de vivir, las mismas personas.


Realmente, no creo que sea una película para ver una sola vez. Es una de aquellas que cuentan con tantas capas, una sobre otra, que difícilmente pueda extrapolar todo en un solo visionado. Pero esto es lo que estoy vomitando ahora sobre el teclado. Un primer retrato. Una necesidad de expulsarlo todo sobre una obra que creo que ya es un clásico instantáneo.

Por Alex Dan Leibovich

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