Succesion, temporada final: El arte de saber retirarse a tiempo Spoilers

Entre los motivos por los que #Succession es la joya que todos advertimos (título que revalidará conforme pasen los años y la veamos, como el vino, madurar y mejorar) está la virtud de saberse retirar a tiempo. En momentos de una televisión que, en pos del negocio, sobreexplota los éxitos y estira las buenas historias hasta romperlas, el show de Jesse Armstrong demostró su singularidad y personalidad al sorprender con su temporada final cuando aún estaba en la cresta de la ola.

Pero claro, #Succession no se iba a retirar ni silenciosa ni tibiamente. Y por eso nos dio, en su cuarto año, su mejor temporada. De diez capítulos de una asfixiante intensidad dramática, y de un tono espeso y sórdido que se superaba episodio a episodio. Repasémoslo: tuvimos un episodio con una boda y con la muerte del personaje central del show, otro con una elección presidencial, otro con un velatorio, otro con una descarnada votación empresarial. Y hubo un embarazo, repetidas traiciones, protestas sociales callejeras, rabiosos y despiadados divorcios verbales en un balcón, y un aura constante de muerte y tragedia inminente… #Succession expuso toda la ferocidad del mundo que describía y llevó a sus personajes al nihilismo y oscuridad más profunda. Los devastó, los privó de un final feliz… Siquiera medianamente feliz… Bueno, salvo a Tom.

La receta de esta temporada fue la de siempre: un majestuoso guion construido al detalle, y un elenco que lo ejecutó de forma impecable, sacando a relucir toda la complejidad de sus personajes. Frágiles y poderosos, destruidos y destructores, los niños Roy brillaron a tal punto que lograron que no sintiéramos nunca la ausencia del todopoderoso Logan Roy después de su muerte. Y viéndolos pelearse, consolarse y divertirse, nos recordaron la verdad esencial del show, esa que estuvo escondida detrás de tanto lobby empresarial y crueldad: que #Succession nunca fue una serie sobre una sucesión empresarial sino el cuento de tres hermanos, consentidos y caprichosos, compitiendo infantilmente entre sí para quedarse con el último juguete que les dejó su padre.

O, mejor dicho, compitiendo para que el otro no se lo quede.

[Publicado originalmente en www.instagram.com/pantallahorizontal]

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