Spider-Man: Across the Spider-Verse o cómo confundir un final abierto con la ausencia del mismo Spoilers

En 2018, La dupla Lord - Miller, conocidos por producir 21 Jump Street y su secuela, LEGO Batman y demás cintas que lograron trascender más allá del género de comedia, traían a la mesa una nueva producción que ponía el foco en un personaje no tan popular, pero no menos querido, para crear una película que se retroalimentaba tanto por sus tecnicismo como por su narración.

Lo que generaron con Spider-Man: Into the Spider-Verse no fue solo cambiar el paradigma del mismo recurso de animación que influye hoy en cintas como Los tipos malos, El gato con botas: el ultimo deseo o la próxima Tortugas Ninja: Caos Mutante, sino que lograron demostrar el origen de un héroe que se apoya enteramente en la existencia de no uno, sino múltiples héroes que tienen las mismas habilidades y objetivos. Es así que la historia de Miles Morales y su desesperado viaje por comprender sus nuevas responsabilidades frente a un mundo corrompido pasaron directamente al centro de la cultura pop, logrando que muchos espectadores se interesen por el personaje en diversos medios, más allá de la película, como ser los comics de dónde nace o la propia historia que teje en el videojuego de Sony.

5 años después, y luego de una producción que supera inclusive a la primera, llega Across the Spider-Verse, con un apartado casi imposible, que redobla la apuesta de lo anteriormente visto, pero, ¿logra narrativamente el mismo efecto que su antecesora?

Es una obviedad que Spider-Man: No Way Home existe gracias al éxito de Into the Spider-Verse, confirmando así que Marvel Studios se apoyó en la repercusión de esta para dar un manotazo de ahogado y así poder traer una tercera entrega un poco más competente que su secuela. Más allá del arco del Peter de Tom Holland - que logra una evolución más concisa, tal como se vió en Homecoming - la apuesta del film por sobrevivir tanto al gusto a poco que dejó Far from Home como a superar la entrega de Miles es el recurrir a la nostalgia de los espectadores, trayendo así a los Spideys de Tobey Maguire y Andrew Garfield, como también al compendio de villanos de sus respectivas entregas.

A pesar de que Into the Spider-Verse trae al multiverso como tópico, el éxito rotundo de No Way Home lo posiciona como trending topic, marcando así el camino del futuro del UCM como también de los fanáticos de este mundillo.

De todas forma, aquella película del 2018 se diferenciaba de la cinta de Jon Watts por la inteligencia narrativa de traer a múltiples personajes en pantalla que participaban activamente de la trama, ayudando al protagonista a cumplir sus objetivos y clímax final, y no solo para que los espectadores señalen con el dedo la aparición de personajes ya conocidos. Es así que podemos evidenciar a un Peter Parker alejado de la gloria en la que solemos verlo, un Spider-Man ambientado en los '30 y a Spider-Gwen, la versión alternativa de Gwen Stacy; todos personajes con un trasfondo, un objetivo y una trasformación propia.

Contemplando que la primer entrega logró trascender tanto por los tecnicismos como por su narrativa, este segundo capítulo contaba con la carga y responsabilidad de poder mantener esa calidad, algo que logra a medias.

Sin mencionar el logro visual y sonoro, algo que puede observarse en cualquier texto y opinión, es importante remarcar cómo la influencia de No Way Home, por momentos, pesa más que la de su propia cinta antecesora, generando situaciones que importan más por el aluvión de personajes en pantalla, escenas que contrastan por la hipérbole visual pero que pierden peso narrativo cuando son valoradas no más que por un choque visual directo a los ojos del espectador, que se emociona, mientras dirige su índice hacia la pantalla, al ver las múltiples versiones conocidas del arácnido a través del tiempo.

Claro está que la película, de todas formas, toma la decisión inteligente de poner el foco en otras versiones del superhéroe, trayendo luz en Spider-Woman y Spider-Punk.

Otro punto a mencionar es cómo la película se avoca directamente al conflicto interno de Miles, que es el comprender su lugar en el mundo y el poder confiar en la gente que ama, algo que ya se planteaba en la anterior entrega. Siendo la profundidad del personaje uno de los puntos más fuertes del film, la introspección y los diálogos internos y superadores son moneda corriente, haciendo que varias escenas dilaten más de lo que deberían, llegando a una duración dudosa.

Y en lo que duración respecta - esta entrega dura treinta minutos más que la anterior - llego al punto que se complementa con lo mencionado anteriormente.

Presentada como una segunda parte, que en realidad es la primer parte de dos entregas, la película decide poner en pausa todos los conflictos presentados desde el minuto uno para concluirlas en la tercera, y segunda, parte final.

El problema (o, en su defecto, la cuestión) es que no se presenta un final abierto, sino que directamente no se presenta un final en sí. La película decide pasar a los créditos en el final del segundo acto, dejando así el tercer acto, y clímax de los conflictos presentados durante la aventura, para la entrega final.

Claro está que esta decisión responde directamente a una necesidad de mercado, en donde el espectador promedio, recurrente visionador de plataformas, generó la costumbre de presenciar series que presentan sus temporadas, y hasta capítulos, en partes divisorias, haciendo que la temática de la temporada o de los capítulos finales, se divida en dos, tres o hasta cuatro partes. Desde Attack on Titan, Stranger Things hasta Dune y Rápidos y Furiosos, son muchas las obras que optan por dejar al espectador con un clifhanger que se confunde con final abierto, generando así una sensación de desapego hacia la obra, ya que los mismos espectadores deben de esperar desde uno o hasta tres años por ver cómo concluye no solo el conflicto general que engloba a la serie o películas, sino aquellos conflictos propios del film, que quedan atados a la estructura del clásico inicio, desarrollo y final.

Para traer a colación, voy a hacer mención de una de las trilogías más conocidas y festejadas de nuestros tiempos, El Señor de los Anillos. Desde el inicio, la trilogía fue pensada como un todo, pero eso no le permitió a la primer entrega como a la segunda dejar finales totalmente inconslusos; todo lo contrario, cada entrega presenta un conflicto propio, además del objetivo general que se presenta en las tres películas: Derrotar a Sauron.

En La Comunidad del Anillo presenciamos la presentación de los héroes que apuestan su vida a recorrer semejante aventura, y finalizamos con la disolución de dicha comunidad. En Las Dos Torres evidenciamos la union de aquellos pueblos dividíos por la guerra, para llegar a un clímax que festeja dicha comunión para vencer al maligno. En El Retorno del Rey somos partícipes de cómo Aragorn acepta su linaje, y dicho conflicto interno se entrelaza con el externo; vencer a Sauron de una buena vez por todas.

Sin ir más lejos, la dilogía que presento Avengers con su Infinity War y Endgame sirve de ejemplo para fortalecer lo dicho más arriba. El conflicto general que engloba a ambas películas es derrotar a Thanos, algo que parece no lograrse en la primer entrega, que cancela su conflicto con la pérdida de los héroes y la victoria del villano.

Imaginen que Infinity War decida pasar a los créditos con la obtención de todas las gemas del poder por parte de Thanos. ¿Querríamos inmediatamente la conclusión y esperaríamos impacientemente a Endgame? Seguramente, pero también quedaría en nosotros una sensación de vacío, de haber presenciado una película de dos horas y media sin final alguno, tal como sucede con la nueva aventura de nuestro amigable vecino.

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