El provocador cineasta argentino, Gaspar Noé, rompe nuevamente las expectativas del espectador al narrar la historia de un matrimonio en la tercera edad, cansados por la enfermedad, atrapados en un apartamento oscuro, de pasillos sinuosos, abarrotado de libros, desordenado y sucio y que luchan por sobrevivir en el día a día de su vida.
Es el tiempo, la edad, el que condiciona la existencia. El matrimonio es, a su vez, ejemplo de ese cine olvidado, métafora de ese naufragio del cinematógrafo. El hombre está interpretado por Dario Argento (el director de la legendaria “Suspiria”), de 81 años: personaje que es también un director de cine de terror en la película. Sin duda alguna, hay un juego metalingüístico, ya que el anciano es el mismo Argento (el director de películas giallo) pero su personaje no es realmente él. Ella es Françoise Lebrun, la famosa protagonista de "La mamá y la puta". Una mujer que vivió un tiempo revolucionario, de libertades, que ahora (aquí, en su personaje de ficción) se consume en su apartamento, aquejada de Alzheimer, adicta a las pastillas y continuamente perdida en ese dédalo de habitaciones que es su casa.
Su vida se reduce a ellos mismos, salvo la presencia esporádica de su hijo, Stephane (Alex Lutz) y su nieto. Viven solo para ellos dos, pero viven separados; se quieren aunque no se soportan. Su presencia física, el verse el uno al otro, es la constatación de su degradación física y mental. Él sufre del corazón y ella de la cabeza. Ella es adicta a las pastillas, igual que su hijo lo es con las drogas. Él trata de escribir un libro de cine y, de vez en cuando, trata de contactar con una antigua amante que ya apenas le hace caso.
Gaspar Noé utiliza una iluminación oscura que empuja al pesimismo, que acentúa aún más ese marco de soledad, de encierro. A su vez, Noé utiliza el recurso de la split-screen durante todo el metraje. Separando a él y a ella en cada plano, con cámaras diferentes. Aunque ambos viven juntos, el montaje les separa continuamente. Su existencia son movimientos sin destino, una especie de vagar por habitaciones, con el gesto agotado, en formato de planos-secuencia. El camino al que nos conduce la película es el de un callejón sin salida. Cuando aparece el personaje del hijo pensamos que puede existir algo de esperanza, una oportunidad que les libere de su aislacionismo vegerativo. Pero Gaspar Noe integra también al hijo en este juego de pantallas divididas, haciéndole partícipe de esta existecia individualista, que deja a los ancianos encerrados en su casa, hasta su propia consumación.
Uno de los momentos más terribles de "Vortex" corresponde a la secuencia donde él sufre un ataque al corazón por la noche. Mientras ella duerme tranquila, él se levanta con un fuerte dolor en el pecho, hasta caer en el suelo de la cocina. Por la mañana, ella al levantarse le encuentra tirado. Él aún vive. Ella en ese instante está lúcida. Nerviosa le pregunta que tiene que hacer y él apenas tiene fuerzas de decirla que avisé a su hijo. El amor parece existir en ese último instante, donde esa distancia que hemos constatado hasta ahora parece diluirse en estos pocos segundos.



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