Larraín y la sombra del monstruo
por Gastón Siriczman

A lo Tarantino, Pablo Larraín se propone reescribir la historia, y lo hace desde las reglas del género de vampiros. El Conde propone un Pinochet que sobrevive desde hace doscientos años bebiendo sangre y comiendo corazones, tan inmortal como inmoral. Luego de fingir su muerte en 2006 se refugia de la justicia y la deshonra en una isla al sur de Chile junto a su esposa y una especie de Renfield interpretado por el extraordinario Alfredo Castro. Allí todo es ruinoso, y si hay alguien que sabe filmar las ruinas materiales y humanas es Larraín, basta con revisar su “Tony Manero”. El universo que se va construyendo alrededor del matrimonio Pinochet y sus hijos es sórdido, en el que los protagonistas repiten consignas políticas sin mucho convencimiento, cuando su verdadera ideología es la rapacidad por los restos de la fortuna del dictador. El contrapunto está a cargo de Carmen, una monja que llega la isla con una misión. Ella es la encargada de las escenas más informativas y la que pone en evidencia algo que parece dolerle a la familia más que la condena por genocidio y es que los Pinochet fueron y son ladrones.
El tono de la película oscila entre lo expresionista y el gore, entre el didactismo histórico y la comedia, pero la trama fluye muy bien, es atrapante y se reserva un par de vueltas de tuerca cerca de final.
La fotografía en blanco y negro trabaja más con las sombras que con las luces, ya que es ahí donde vive el monstruo. Tiene el poder de volver sólida y hasta palpable la atmósfera de la casona familiar, es fiel al género y nos ahorra el desparpajo de las escenas sangrientas. La música es fundamental para sostener y multiplicar los climas dramáticos a partir de bandas militares o composiciones originales de cuerdas y otras de Vivaldi o Fauré. Es evidente el homenaje de Larraín a “La pasión de Juana de Arco”, el misticismo de la monja, su caracterización y hasta la forma en que la filma nos recuerda a la película de Carl Dreyer de 1928. No me creen, después de verla, busquen en Google a Renée Falconetti.
En resumen, si bien desde los simbólico es bastante obvia y a veces peca de ser algo didáctica, El Conde deja bien resaltado en fluor que Pinochet no murió y que renace a partir de sangre joven. La metáfora está servida, hagan con ella lo que puedan.




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