~ Barbie (2023) de Greta Gerwig.
Me divirtió mucho la desfachatez de Barbie, sus chistes paródicos y exagerados, su tono exultante y su ritmo vertiginoso.

Creo que no se trata tanto de una película programáticamente feminista (aunque el feminismo y el patriarcado sean tópicos recurrentes en el relato), sino más bien de un brilloso ejercicio lúdico sobre estos temas, que se atreve a problematizar desde sus formas algunos preceptos que persisten en la cultura, tan instaurados como enraizados (el patriarcado y la heteronormatividad, principalmente). En algún momento emergen los eslóganes de la reivindicación por la identidad en un orden más individual (léase: liberal) que colectivo, y esto tal vez despierta la polémica: el “sos suficiente”, el “amor propio”, el “sé vos mismx”. ¿Es que acaso es posible en este mundo hipermediatizado ser realmente lo que unx quiere ser -esté o no esa esencia identitaria atravesada por patrones de belleza socialmente consensuados-?
Me gustó, en cambio, la lectura de Maia Debowicz, que dice que “Barbie es una excelente película gay. (…) Las barbies son y serán un ícono gay, y Greta Gerwig lo sabe y le da a su Ken, apelando ésta vez sí a la libertad de interpretación, esa identidad sexual que Mattel jamás le dio”.
Lo mejor de Barbie, entonces, son sus dosis ácidas de humor, que reconocen la coyuntura y el peso histórico como emblema que constituye Barbie en tanto modelo de perfección estética ilusoria: que la voz off narradora subraye y reitere que gracias al surgimiento de estas muñecas ‘todos los problemas del feminismo e igualdad de género se resolvieron’, es gracioso y eficaz. También el hecho de bromear metatextualmente mencionando a Robbie como el caso ejemplar de un paradigma anacrónico de belleza hegemónica que aún pervive en el starsystem más pomposo del mundo, que es Hollywood. En fin: otro debate servido, que dota de relevancia a este primer desafío bien mainstream por parte de Gerwig.




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