Mucho se sabe de la historia de Villa Epecuén: la tierra sumergida, sometida al inexorable vigor del agua y la fuerza acérrima de la naturaleza, que arrasó con sólidas edificaciones pero no sepultó los signos y las voces. Las presencias en la ausencia que convoca el cine.
~ En los ojos de la memoria (2013) de Betiana Burgardt.
~ En Bafilma y Cine.Ar

En los ojos de la memoria apuesta al testimonio apropiándose a la vez de los contornos desvanecidos, corroídos, de un pueblo vivificante que devino espectral. La proyección documental de la directora constituye una exploración tan sensible como singular, compuesta de un puñado de retratos testimoniales que rememoran vínculos y experiencias invocando la esperanza como sensación preeminente. Como una luz que reverbera entre el barro y los escombros, y no se llega a escurrir del todo gracias al conjuro del relato, del poder de evocación de lo narrable.
Es que la película recupera reflexiones situadas y sentidas más que sentencias desgarradoras: una apuesta por develar retazos de belleza en medio de un páramo espectral que palpita voces ahogadas. La coreografía de cámara y el ritmo de montaje no pretenden vértigo sino más bien un devenir fluido y respetuoso para con sus personajes. El principio poético que aglutina el limbo temporo-espacial de Epecuén en esta obra, parece discutir la doble percepción proyectada desde el sentido común: un escenario muerto y estéril, o un exótico y atrayente paraje de carácter turístico. En cambio, acá los paisajes alcanzan otra dimensión, acaso inclasificable, pero no por ello indefinida. Un relato que sirve para forzar la reflexión y así constatar una vez más aquella valiosa -y a menudo olvidada- tesis, que señala que el cine -como el arte- no constituye un mero registro contemplativo de la realidad, sino la creación de un mundo nuevo a partir de las resonancias fantasmales de ella.




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