El Siglo de las Luces
por Gastón Siriczman

La humanidad abandonó el siglo diecinueve montada a pelo sobre el progreso. Adormecida cómodamente por los meneos del camino, soñaba que la ciencia y la tecnología eran la puerta grande al bienestar. El paradójico pecado de la inocencia. Tipos como Franz Kafka le pegaron un par de gritos y otras tantas cachetadas a la sociedad de la época. Pero ni siquiera esas desilusiones visionarias lograron despejar el peligroso e irresponsable optimismo dominante. Serían necesarias dos guerras mundiales y la fisión de los átomos sobre las cabezas de los vecinos de Hiroshima y Nagasaki para tener las primeras dudas, para que nos preguntemos si eso que estaba detrás de la puerta grande del bienestar sería algo bueno.
Cuando la humanidad cruzó el umbral hacia el siglo veinte, se destacaba en su equipaje la tecnología (y la ciencia, y el arte, y los negocios) del cine. Cinematógrafo le decían entonces. En esos años no se usaba la metáfora de los virus para referirse al crecimiento exponencial de algún fenómeno. Hoy nadie dudaría en referirse al desarrollo del cine en todo el mundo como una experiencia viral. Las cifras asombran.
Entre las primeras exhibiciones públicas de los Lumiére con su cinematógrafo en el París de 1895 y la proyección inaugural en el Teatro Odeón de Buenos Aires transcurrió apenas un año y medio. La fecha a conmemorar sería el 18 de junio. Es un plazo de vértigo, teniendo en cuenta que si a alguien se le ocurría enviar una carta a Europa, era afortunado si la respuesta llegaba antes de los tres meses.
Eustaquio Pellicer, fundador de la revista “Caras y Caretas” y uno de los primeros exhibidores del país, se entrena como crítico cinematográfico con el siguiente texto: “La impresión del público frente a la primera película fue quedarse con la boca abierta. Yo mismo, que oficiaba de operador, desde mi puesto, alcanzaba a oír perfectamente las aclamaciones de sorpresa de los espectadores, que no se imaginaban cómo podía contemplarse en la fotografía animada hasta el movimiento de las olas. La duración de la exhibición cinematográfica duraba lo que yo creyera conveniente, de acuerdo con la función, por cuanto la máquina, que no era eléctrica, marchaba según la velocidad que yo le imprimiera por medio de la manivela, ejerciendo como organista”.
Es un acto de justicia que a estos artesanos del primer cine se los recuerde con el nombre de pioneros.

En el sur también
El progreso no esquivó ni a las pequeñas aldeas patagónicas de principios de siglo. Trelew, con menos de 500 habitantes, tuvo su primer cine a menos de una década de llegado el cine a la Argentina. El historiador Matthew Henry Jones reconoce al señor Francisco Palamengui como uno de los pioneros que hizo esto posible:
“Es a fines de 1906 o 1907 que se da cine por primera vez en la localidad. El espectáculo era explotado por el señor Palamengui y para ello se utilizaba el Salón de la Sociedad Italiana, que supongo sería alquilado con tal fin. Las películas eran de muy cortometraje y su repertorio se cambiaba muy de tarde en tarde, pues para hacerlo había que esperar la llegada a Puerto Madryn de un barco que las trajese de Buenos Aires, y cuando ello ocurría se comunicaba a la vecindad por intermedio de los periódicos”.
En todos los grandes salones de la ciudad, San David, Teatro Español y Teatro Verdi, se proyectó cine. Faltaban algunas décadas para que se construyera un edificio exclusivo. Todavía impresiona en las fotos de la década de 1960 la desproporción del edificio del Cine Coliseo con el resto de la ciudad. Era tan grande que podía contener cómodamente sentados al diez por ciento de la población de Trelew. Lo que hoy sería un cine de… ¡diez mil butacas!
A medida que el siglo nuevo sumaba decepciones, la fe en el progreso iba desapareciendo. Las urgencias de las nuevas tecnologías ya no parecían tan urgentes. De hecho, entre las primeras experiencias en Europa y EEUU, hasta que se hicieron las primeras transmisiones televisivas desde el Canal 7 de Buenos Aires, pasaron veinte años. Mientras que el color iba a aparecer con casi treinta años de demora.
A más de cien años, sigue siendo conmovedora la experiencia de todos aquellos que participaban de esas proyecciones inaugurales, distribuidores, exhibidores, público. Ya nos será ajena para siempre la inocencia de esos ojos que se sorprendían con el movimiento de las olas en las “fotografías animadas”. Sin embargo, recuerdo algo de esa inocencia cuando fui consciente, a los seis o siete años, de la tentación de levantarme de la butaca en plena función, acercarme a la pantalla y mirar detrás de ella. Tenía la certeza de que ese gesto era indebido, grave como levantarle las polleras al cine. Pero la tentación era grande, allí detrás estaba el gran secreto. Tuvieron que pasar muchos años hasta que pude comprobar que detrás de la pantalla había una pared sucia y algunos trastos viejos. Pero no me dejo engañar, cada vez que puedo me asomo, sé que algún día voy a descubrir la verdad de la magia que se esconde en esos pocos centímetros.




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