Microcrítica: Red Rocket
por Gastón Siriczman

Las periferias de Estados Unidos están repletas de rincones y personajes con los que Hollywood no se anima. Es por eso que, cada tanto, aparecen directores como Sean Baker que levantan la mano y dicen acá estoy. Ya lo hizo con Tangerine y El proyecto Florida.
En este caso nos lleva a una ciudad pequeña de Texas, cuyo horizonte son las chimeneas de cientos de refinerías. No es un buen lugar para vivir, no es un buen lugar para volver. Y sin embargo el protagonista vuelve, con el único equipaje de unos dólares en el bolsillo y unos cuantos golpes en la cara. Con su carrera de actor porno en picada, Mikey golpea la puerta de la casa de su ex como último refugio. Desde ahí intentará rehacer algunos vínculos abandonados quince años atrás para poder mantenerse.
Lo acompañaremos durante un mes, mientras se rodea de personajes desesperanzados y quebrados por la vida. Sin embargo él resiste a quedar empantanado en esa energía a fuerza de carisma y un optimismo que la realidad y sus malas decisiones parecen contradecir todo el tiempo.
Sean Baker nunca juzga a sus personajes, y nos suele poner en una contradicción, porque lo presenta como un tipo egoísta y tremendamente inmoral, pero al que se nos complica condenarlo.
Red Rocket es una comedia y no lo es, es un drama y tampoco. Estas indefiniciones no son un desmérito de la película, todo lo contrario. Los universos que elije Baker para retratar no resisten definiciones estándar. Sus historias no están ni en las luces ni en las sombras, sino en esa infinita gama de grises donde transcurre la vida.




¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.