Retrato barroco y decadente del colonialismo español, presentado en sus horas más bajas (la historia se desarrolla en el siglo XVIII y es una adaptación de la novela homónima de Antonio Di Benedetto -), en donde las costumbres esclavistas, la burocracia inoperante, la falta de apego hacia los habitantes locales, la pobreza de los funcionarios de segunda clase, las enfermedades y la ausencia de desarrollos de infraestructuras en los pueblos colonizados, crean un contexto, en cierta forma tedioso y desganado, que solo conduce al aburrimiento, a la espera infinita ante los aplazamientos sine die de los traslados solicitados, al extrañamiento y a una existencia solitaria.
El protagonista, Diego de Zama (Daniel Giménez Cacho), un funcionario colonial (en un lugar de America indeterminado) se exaspera con el gobernador que rechaza año tras año su petición de regreso a España para rencontrarse con su mujer y sus hijos. En la novela se sabe que el tiempo de la narración es de 10 años, pero en la película este desarrollo temporal también está sujeto a la indefinición, con cambios temporales que solo reconocemos a través del cambio en la fisonomía del personaje y mediante deducciones que obtenemos de las conversaciones.
En la primera secuencia, se nos presenta a Diego de Zama espiando a unas mujeres desnudas a orillas del mar. Éstas acabarán insultándole al darse cuenta de que las están observando. El deseo sexual se convierte en factor vergonzante. Zama parece haber tenido también un hijo ilegítimo con alguna indígena, además intenta iniciar una relación sentimental con Luciana (la mujer del ministro de Hacienda) aunque no consigue ni plantearlo (incluso descubre un día a su ayudante, Ventura (Juan Minujín) con ella).
Lucrecia Martel compone el film a través de ese extrañamiento temporal, como si la existencia fuese una constante sin altibajos, y mediante una abstracción de la imagen donde las formas reconocibles se diluyen para dar paso a un mundo más pictórico, más abstracto e irreal que tangible y vital. Para obtener esa sensación de falta de solidez en el terreno que pisa, de vaporosidad en la existencia, de distanciamiento en relación a uno mismo, Martel vuelve a sacar valor a los fuera de campo, con encuadres donde los rostros en primer plano ocupan gran parte del espacio, con rupturas respecto a los estándares cinematográficos tradicionales, creando un extrañamiento en el espectador que, al mismo tiempo, coincide con la deriva y decaimiento del protagonista.
Finalmente, ante la incapacidad del gobernador para facilitar el traslado a España, Diego de Zama se aventura en una misión para capturar a un famoso criminal, Vicuña Porto (Matheus Nachtergaele). Aquí Lucrecia Martel realiza su más arriesgada experimentación, introduciendo en los encuadres figuras de indígenas pintados de rojo, que aparecen por todos los lados de los encuadres, creando unas imágenes que remiten más a la pura abstracción pictórica, desconcertando tanto a los personajes como al espectador, más que a los propios hechos narrados.



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