El arte pertenece a los desalienados, a los que no siguen una línea recta. A los «anormales» del discurso cientificista. A los que combaten en un sinsentido propio del mundo humano. A los que integran el mandato de la subversión. ¿Qué sería del arte sin la subversión, sin cataclismos?
Hilary Small (Olivia Colman) es el otro nombre de la katabasis (κατὰβαίνω). Su descenso infernal: ¿Puede ser remediado por el arte? Hilary se emociona ante el imperio de la luz. Las lágrimas constituyen una pieza elemental de una miserable existencia.
Sam Mendes parece decirnos que hay un aspecto sublimatorio en el cine o en el imperio de la luz. La sonrisa de Hilary -en una escena final- constituye un ascenso de los suburbios de su alma. En aquella alma que esconde los secretos de una vida frustrada, agónica y que nunca podrá liberarse -al menos sea por la muerte, al menos sea por la vida-.
Se puede acotar, que el filósofo danés Sören Kierkegaard explora la cuestión de la desesperación (Fortvivlelse) -que la considera como una “enfermedad mortal”-.
Para Kierkegaard, la desesperación es una enfermedad propia del espíritu, y por consiguiente puede establecerse de tres formas: a) la del desesperado que ignora poseer un yo, b) la del desesperado que no quiere ser sí mismo y c) la del desesperado que quiere ser sí mismo[2]. Ubicamos a Hilary en el tercer caso, una desesperada que desea ser quien es -aunque le acarree lo irremediable-.
En cualquier caso, ella conoció que la vida -aquella que por momentos desprecia- posee elementos de una redención propia de la madurez del ser. De la alegría de un amor -como el del afroamericano Stephen Murray (Michael Ward)- que se va y que no vuelve, pero que se va por cumplir un sueño. Y, le produce un sentimiento de dicha -que no espera nada a cambio- es su comprensión de la vida como una sucesión de acontecimientos de regocijo y de penalidad a los que deberá enfrentarse.
Hay que concluir que la locura está hecha para los muertos por la vida. La locura es permitirse vivir siguiendo los lineamientos de la muerte. La muerte no es necesariamente física como se demuestra en el filme, sino más bien un proceso eterno de destrucción agónica, que al menos unos pocos pueden salvarse -aunque sea por instantes- como nos gustaría pensar que Hilary Small, lo ha logrado al menos en algún momento.

[1] Kierkegaard, S. (1984) [1849], La enfermedad mortal. trad. Rivero, Madrid, Sarpe,
[2] Kierkegaard, S. (1984) [1849], La enfermedad mortal. trad. Rivero, Madrid, Sarpe,




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