Una buena historia está construida con muchos elementos, algunas veces unos son más fuertes que otros y otras veces ninguno le hace justicia al cuento que se quiere contar. En el caso de “El código enigma”, cada elemento está tan magistralmente usado que es imposible quedar indiferente cuando los créditos empiezan a rodar.
La película narra la carrera contrarreloj de Alan Turing y su equipo para descifrar los códigos de una maquina Alemana durante la segunda guerra mundial. Y si bien ese es el eje de la cinta, hay más, mucho más. Porque una buena historia no se puede plantar con un problema sin tener matices.
Benedict Cumberbatch interpreta al matemático Turing y su labor es enorme porque se pone la película al hombro y hace suyo al personaje, dandole las capas necesarias para que sus miedos, convicciones y sueños sean también los nuestros y vivamos esta pieza tan importante de la historia a través de sus ojos. Acosado e incomprendido, lastimado por el dolor de la pérdida y la indiferencia, atado a sus principios e ideales y consciente de sus capacidades. Necesitado por la misma humanidad que lo condenó a muerte, porque si algo aprendimos de la historia es que muchas veces no es justa.
Todo arranca cuando Turing es contratado por un programa secreto del gobierno para descifrar el mejor dispositivo encriptador de comunicación Alemana. Una maquina llamada "Enigma". Junto con un competente equipo comienza una labor sin presedentes para desencriptar los códigos de dicha máquina y usar la información para evitar ataques y prevenir a sectores de ser masacrados. Por supuesto que nada es gratis y todo conlleva una responsabilidad, es por eso que eventualmente el profesor y los suyos deberán aprender a jugar (contra toda voluntad) a ser dios y tomar decisiones que ponen en riesgo la supervivencia de miles de personas.
A medida que la trama va avanzando podemos ver recuerdos de un pequeño Turing siendo víctima de personas vacías y sucesos crueles que lo fueron formando y atormentando hasta su presente. Todo tiene que ver con todo y acá somos testigos de como un simple evento (pero no menor) lo introduce en el mundo de los códigos y crucigramas. Y al mismo tiempo le crea preguntas que no puede contestar. Preguntas sobre él, sobre su persona, sus gustos y sus deseos. Deseos castigados por la sociedad y tajantemente prohibidos bajo todo término.
Como cualquier ser humano, Turing necesitaba amor y el amor se presenta en diferentes formas y con muchas intensidades, no siempre como lo queremos pero si como lo necesitamos. Dicho esto sería pecado no destacar el personaje de Keira Knightley (Joan Clarke), amiga, compañera y pareja de Alan. Incondicional y fuertemente empatica. Decidida a ir por todo sin importar las consecuencias con tal de no abandonar y traicionar al hombre que le brindó su amistad y confianza, aún sabiendo que esto podría costarle su ego, carrera y sentimientos.
A partir de que la adrenalinica aventura da inicio todo se divide en frustraciones, crucigramas, pequeños triunfos, grandes desilusiones, incertidumbre, corazones rotos, amistad, traiciones, amor incondicional, metas, terror, unión, desigualdad, injusticia y regocijo. Una montaña rusa de emociones que Alan debe atravesar hasta el momento en que logra lo que todos anhelamos durante la mayor parte del metraje: Descifrar el código enigma y acabar con la guerra. Pero como dije anteriormente, la historia no siempre es justa. Y haber terminado con el suceso que se estaba cobrando la vida de miles de inocentes no fue razón suficiente para ser libre. Alan Turning fue destituido y castrado químicamente tras ser condenado por inmoralidad. Por amar y dejarse amar, por sentir, por ser él. Todos sus logros fueron eclipsados por la intolerancia de una sociedad negligente que le soltó la mano después de haber sido salvada por su proceder. Sociedad que lo dañó hasta llevarlo a su fin. Al fin de su persona, más no el fin de su legado. Eterno y celebrado. Porque su existencia definió un antes y un después, para siempre. En la diferencia es que vamos a encontrar la grandeza.
El codigo enigma lucha sin pestañear por contar la vida y muerte de Alan Turing. Con un guión dinámico que va in crescendo constantemente, acompañado de una dirección sólida y segura, y un elenco a la altura de las circunstancias. Una celebración del cine. Un trayecto vertiginoso con unos minutos finales que te interpelan sin vueltas, hasta las lágrimas.


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