
Juan José Campanella: el constructor de la argentinidad arquetípica
Las industrias cinematográficas dominantes, bien apodadas “tanques”, perciben al cine latinoamericano como un conglomerado de varias películas aisladas. Cuando piensan en Brasil, lo relacionan con Ciudad de Dios o Central Do Brasil. Si tienen que caracterizar el cine chileno, inmediatamente citarán a Pablo Larraín y su Neruda. Misma situación con Uruguay y Whisky. El caso argentino no es distinto. Dejando de lado La historia oficial y Relatos salvajes, el país no cuenta con un amplio repertorio de producciones altamente valoradas en el exterior. Pero posee algo raro de ver en las pequeñas industrias limítrofes: un director de renombre y carrera.
Si para las historias hechas en Latinoamérica es difícil hacerse un lugar entre las creaciones multipremiadas de Steven Spielberg y Christopher Nolan, lo es aún más para sus directores. Porque, para constituirse como eminencias, precisan tener varias películas notables. Pero, ¿Cómo podrían lograrlo? Año a año solo hacen eco una o dos en toda la región. Entonces, su única oportunidad de lograr reconocimiento en el gran circuito cinematográfico es a través de los premios. Con solo una nominación de La Academia, cualquier director latinoamericano podrá inscribir una huella imborrable en la historia del cine realizado al sur del mundo.
Basándose en dicho parámetro, muchos consideran al argentino Juan José Campanella como el representante definitivo de esta zona geográfica del séptimo arte. En el 2001, fue nominado al Oscar a mejor película extranjera por El hijo de la novia, y en el 2009 ganó la categoría con El secreto de sus ojos. En Argentina, aquel día la gente se había reunido para ver las premiaciones en casas, bares y restaurantes. Cuando Tarantino y Almodóvar anunciaron el galardón y felicitaron a Campanella por el logro, un auténtico grito de gol hizo eco en cada rincón del país.
Al revisar el cine argentino y el cine sobre argentinos hecho desde el 2009, se vuelve notorio que el verdadero logro de Juan Jose Campanella no fue ganar el Oscar, sino realizar una película que evidenciara lo mejor, lo peor, los aciertos y las fallas del ciudadano argentino. Al reflejarlo con tanta crudeza y verdad en la pantalla grande, el director forjó un vínculo inquebrantable entre El secreto de sus ojos y su nación, que permanece sólido hasta el día de hoy. De todas formas, no era esta la primera vez que Campanella proponía una tesis sobre la Argentina y sus habitantes, ni sería la última.

El estrés y la familia
El hijo de la novia se estrenó el 16 de agosto de 2001, mientras Argentina se ahogaba en un sinfín de problemas sociales y económicos que pronto la conducirían a un trágico final. La película supo reflejar con exactitud el comportamiento del argentino en estos tiempos álgidos. El personaje de Ricardo Darín, Rafael Belvedere, es el dueño de un exitoso restaurante que requiere de todo su esfuerzo. Por eso, termina los días laborales con la energía justa para destratar a la gente que lo quiere. El estrés lo consume minuto a minuto y no le permite apreciar los momentos de descanso, y menos aquellos que muy de vez en cuando le dedica a su madre con Alzheimer, cada día más desvanecida.
Para el público nacional, la historia resultó ser tanto un bálsamo como una reveladora puesta en consciencia. Lo primero, porque en El hijo de la novia prima el humor, y ello permitió depurar el estrés del 2001 a través de las risas que generaban las desventuras de Rafael Belvedere. Por otro lado, fue un recordatorio de lo que la gente olvidaba por enfocarse en trabajar incansablemente en caso de que el país estallara de un día al otro. En este primer término se resume una característica esencial del argentino: al vivir en una constante crisis económica, respira siempre al filo de un ataque de nervios que lo aísla del resto del mundo.
Como línea paralela a la reflexión sociopolítica, Campanella puso especial foco en la exploración de la relación padres-hijos. En la mayoría de los países latinoamericanos, la unidad familiar es una de las instituciones más importantes, y es por eso que suele reinar el caos cuando uno de sus miembros envejece. En Argentina, a raíz de las crisis económicas ya mencionadas, es igual de complejo cuidar a las personas de la tercera edad dentro de una casa común o en un geriátrico. El trabajo no deja tiempo para ocuparse de los mayores con el cuidado que merecen. Como resultado, en casos desesperantes como el de Rafael Belvedere, los hijos visitan a sus padres durante un par de horas a la semana, sin prestarles demasiada atención por estar pensando en los problemas laborales que tanto abundan.
En el protagonista se conjugan dos vertientes típicas del argentino que se tensionan una a la otra: el estrés a raíz de las largas jornadas laborales, y la necesidad de pasar tiempo de calidad con la familia. A pesar de ser una película “ligera”, El hijo de la novia indaga en estas heridas e invita al argentino a revalorizar sus prioridades. Funciona como un mensaje de director, que construyó la historia pensando en sus propios padres y el deseo de haberlos disfrutado más cuando tuvo la oportunidad.

El fútbol
Metegol no tiene contextos indispensables referidos a su fecha de estreno o su historicidad. Sencillamente, porque se desarrolla a través del fútbol y eso, para el argentino, es tan atemporal como la vida misma. En la película, Amadeo es un chico tímido que pasa sus horas jugando con el metegol del bar en el que trabaja. Un día, cuál enemigo de Western, aparece el arrogante Ezequiel, quien desafía a Amadeo a un partido de metegol para humillarlo. El último gana contra todo pronóstico, y el perdedor es echado del bar mientras jura venganza contra el pueblo donde fue vencido.
Aunque se trata de una película animada, Metegol presenta una historia que no solo está destinada a todas las edades, sino que sabe describir con exactitud la realidad del fútbol en cualquiera de sus momentos. En Latinoamérica, este deporte siempre sintonizó pasión, sangre, arrebatamiento y fervor. En el resto del mundo, sigue siendo la emoción de multitudes, pero parece organizarse con un interés frío, más alineado a lo comercial y a la perfección absoluta de la técnica.
Además, igual que en El hijo de la novia, Campanella vuelve a resaltar la vena familiar de la trama. En Argentina, el fútbol es un legado y una tradición. Cuando nace un bebe, es común que el padre le transmita su amor por el equipo del que es fanático. A medida que crece, llevarlo a la cancha es el momento esencial de comunión familiar. Las cábalas, las camisetas, las canciones de cancha y los partidos importantes. Todo ello se vuelve un lazo vital de conexión, que más tarde aquel niño transmitirá a sus hijos y ellos a sus descendientes en un ciclo infinito. Metegol no solo examina dichos lazos, sino que amplía la red a los vecinos, los amigos, los amores y hasta los enemigos. Cuando la pelota rueda, el país entero se convierte en uno, tirando para el mismo lado.
El director siempre declara que la película es, más allá de todo el adorno futbolístico, una historia sobre el amor y la superación. No es difícil trasladar la afirmación a El hijo de la novia, El secreto de sus ojos y el resto de su filmografía. Resumiéndolo en términos concisos, el argentino construido por Juan Jose Campanella es aquel que, a pesar de todas las adversidades, encuentra la manera de seguir amando lo que lo hace feliz.



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