The Killer: El asesinato del cine de autor. 

Cuándo alguien me pregunta “¿Cuál es tu película preferida?” o “¿Cuál es tu director o directora preferido/a?”, me vuelvo un niño tímido. Me siento evaluado, transpiro, se me pone la mente en blanco. Sin embargo, nunca dudé ni dudo en elegir a David Fincher como uno de mis cinco directores preferidos. Con solo pensar en “Pecados Capitales”, “El club de la Pelea” y “Red Social” (me quedo corto al no mencionar otras), ya me basta. Es un director que siempre tuvo un estilo característico, una concreta elección de géneros y subgéneros, una fotografía, un estilo de montaje y tratamiento de sonido identificatorio. Es director además de una basta cantidad de videoclips, y toda esa labor, lo hace quien es hoy como realizador. Podría decir, entonces que, si bien sus largometrajes han pertenecido a la gran industria de Hollywood, (intentando ser fiel a la definición del concepto) su cine es un cine de autor.

Y hace muy poco se estrenó en cines y por Netflix su última película basada en una serie de novelas gráficas francesas: “The Killer” o “El asesino”, protagonizada por Michael Fassbender. Una reducida sinopsis del relato: un asesino a sueldo comete un error laboral, es castigado por su contratador, y se venga de todos. Si tuviera la libertad de extenderme en la sinopsis, lo cual es normalmente un placer porque uno puede desarrollar aspectos de los personajes de su relato y dar rienda a la pasión cinéfila, diría exactamente la misma escueta y aburridas palabras. No hay ningún otro detalle para poder rescatar.

Ahora, sí es muy atrapante el primer acto de la historia, previo al primer detonante que desencadenará la trágica aventura. París. Entre rutinas y su propia reflexiva voz en off, el asesino a sueldo se (nos) sugiere implacable. Se prepara en su trabajo como un profesional admirable, hipnótico para quienes lo observamos. Como espectadores estamos junto a él rápidamente y no nos deja dudar jamás de lo letal que puede llegar a ser. Sentimos tiene todo bajo control, aún sabiendo que sí claramente algo va a sucederle por la experiencia de tantos millones de relatos vistos como espectadores. La magia del cine. La ecuación funciona. El asesino espera y habla de la importancia de la espera en su profesión. Nosotros esperamos. Llega su blanco a un departamento del otro lado del boulevard en el que se hospeda en secreto. Con un rifle de mira telescópica, se alista y lo tiene en la mira. La soberbia voz en off sigue enumerando las cualidades de todo buen asesino, hasta que se ve interrumpida por un sorpresivo error. “Es simple…” dice, y seguirá hablando, pero le disparará a la persona incorrecta. El asesino perfecto comete el primer error de su carrera de una manera casi grotesca. La cabalgata comienza y nos tiene atados a un caballo que, de un segundo para otro, arremete con una sorpresiva velocidad hacia la meta.

Desde el primer punto de giro en adelante, donde él descubre que lo fueron a buscar a su propio hogar e hirieron a su pareja a la que presuntamente él ama (se cuenta este amor en una escena sin alma de 10 segundos en la que se toman de la mano), presentí lo que me iba a suceder. De ahí en adelante, acontecerá un relato donde el amor de él hacia ella no se siente y solamente se informa; donde el personaje es tan frío que poco se puede creer la motivación que lo moviliza a semejante aventura (es decir, la sentida venganza); donde nunca pareciera estar en peligro; donde se hipotetiza llegando al final que en verdad no es la venganza su búsqueda, sino una especie de pulsión de muerte existencial. Sucederá una película construida sobre la información, y el verosímil que lo sostendrá será más aritmético que emocional, por lo que atentará a lo que para mí es quizás el único o mayor pecado capital de un relato: que uno no quiera acompañar a este personaje en su aventura y que no importe su fortuna.

¿Dónde está David Fincher?

Aquello que decía que presentí, tomó forma en una pregunta que me surgió unos minutos más tarde: ¿Dónde está David Fincher? Y lo seguí buscando a lo largo del relato, esperanzado, pero nunca lo encontré. A lo sumo lo imaginé detrás de algunas picardías en el corte de planos de una secuencia a otra, en alguna lograda escena de acción, pero cuánto tuve que esforzarme por buscarlo.

¿Es eso en sí mismo un problema? ¿No ver al director de orquesta detrás de su obra? Este artículo no tiene el propósito de formular una verdad ni una crítica puntillosa sobre la película, sino usarla como excusa para abrir algunas preguntas y expresar el punto de vista de quien escribe.

Si la magia del relato y el fundamental acto ilusionista del cine sucede, ciertas dudas no valdrán la pena. No existirán. Tan solo valdrá el aplauso final interno o externo al mago, el deseo de no saber como realizó el truco. El boquiabiertismo precioso, palabra que no existe pero deseo usar para expresar lo hermoso que es terminar una película o serie y haberse quedado un buen rato sin palabras. Que luego sí, bueno, la catarata del entusiasmo te llevará a compartir la emoción con otros, y así surge el concatenamiento de preguntas, el sano debate. Por eso, ver o no ver al director detrás de su obra, es un problema menor y hasta posiblemente resulte un bello acto de altruismo. Pero…¿El punto de vista sobre un tema? ¿La emoción? ¿El alma de la obra? ¿Su sangre?

Algo similar me sucedió hará una semana cuando vi “Napoleón” de Ridley Scott. Ambos directores de enorme carrera, con películas que han revolucionado la memoria del cine y que habremos visto 62 veces en la televisión porque, de estar, no podemos cambiar de canal. Pero también en ambos casos, “Napoleón” como “The Killer”, tienen un curioso factor en común: las plataformas. Apple en la primera y Netflix en la segunda. Y entonces no puedo evitar observar la aparición de las marcas. Una identidad que no le pertenece tanto a los directores como, claramente, a las marcas. El cine con marcas de marketing y no de autor. Y recuerdo mientras escribo, una escena de “The Killer” en la que con un recurso visual repentino que es prácticamente un tutorial de compra, el asesino consigue en “Amazon” un elemento sustancial para llevar a cabo su última misión.

No quiero caer en un snobismo hipócrita. De la misma manera que supe amar ir al videoclub sólo o en grupo para decidir que VHS o DVD vería esa mágica noche, hoy en día amo estar sentado en el sillón y naufragar un buen rato en los contenidos variadísimos que las plataformas me ofrecen. A mí la sensación de eternidad de las buenas series de capítulos de una hora y muchas temporadas, sus marketineros cliffhangers, las movidas de prensa entre temporada y temporada, me excitan. Soy un espectador potencialmente facilísimo. A lo sumo no me gusta que me hagan esperar dos años entre temporadas, pero, realmente soy fácil.

Basándome también en experiencias vividas por mi propia profesión, observo que actualmente detrás de la realización de una película se ha estirado la longitud de la pirámide jerárquica y existe un extremo más alto que distancia aún más a la obra de sus realizadores. Mucho más similar a la estructura de producción de la publicidad, en este nuevo sistema de producción, por encima de la obra y su autor existe probablemente: un autor o autora por encargo, una productora (que contrató al autor/a), un realizador por encargo, quizás una segunda productora asociada que puso la mayor porción de la torta económica, y la plataforma. Este dibujo es por un lado bastante generalizador y simplista, pero no está muy lejos de la realidad. Y desde ya no sucede siempre. Pero cuando sucede, se ve el peligrosísimo factor común que reduce las decisiones artísticas y de la vida que tendrá la obra, a una pulseada de poder entre todas las partes que están por encima de ella. Y así aparecen como consecuencia, decisiones sobre el relato que responden a si el largometraje (o la serie) se venderá más o menos en determinado país, o si será más o menos querida por determinado público. Por eso se siente con mayor frecuencia la ruptura del verosímil de los relatos en detalles imperdonables, la sensación de que estamos viendo un collage superficial sin una motivación o punto de vista que lo amalgame. Se realizan de esta manera películas para poner de fondo mientras cocinamos, o para irnos a dormir y que no importe tanto no haberla terminado porque el click de reproducción ya fue contabilizado. ¿Y está mal que este contenido exista? No sé. Seguramente no.

Ahora ¿es posible que las películas por encargo hayan llegado a íconos del cine y enormes directores y directoras, para convertirlos en apenas eslabones de una cadena industrial? Y, por otro lado y con un puñal en el corazón de quienes los admiramos, ¿necesitan estos directores de la mayor industria de todas tranzar así con el nuevo sistema de reproducción y abandonar las huellas que los volvieron los artistas que son? ¿A dónde escondieron a los magos?

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