
Thanksgiving: la resurrección del slasher
Cuando pensamos en el género slasher, inmediatamente nos retrotraemos a su época dorada: los ochenta. Aunque este tipo de películas venía arrasando con el cine de terror desde tiempos anteriores, es en aquellos diez años que nos regaló sus títulos más icónicos: las primeras películas de Friday the 13th, A Nightmare on Elm Street, Sleepaway Camp y Prom Night, entre otras. La fiebre del slasher continuó durante los noventa, y parecía que nunca iba a acabarse. Sin embargo, llegó el año 2000 con su apuesta por el terror psicológico, y los asesinos enmascarados, cuya única motivación era matar por matar, no tuvieron más remedio que relegarse a secuelas que ya nadie recuerda.
La muerte del subgénero puede atribuirse a varias causas. La primera, como recién indicamos, tiene que ver con un cambio en los miedos del público. La llegada del internet al ámbito doméstico posibilitó la cercanía a todo tipo de horrores perversos con solo un clic. En aquel contexto, un hombre desquiciado que blandía un arma blanca y sentía deseos irrefrenables de matar era la más normal de las posibilidades, casi un hecho cotidiano.
El segundo factor apunta a los directores contemporáneos y sus intereses a la hora de crear historias. En términos generales, parecen defender un rechazo tácito a las películas de terror de la vieja escuela, y al cine slasher en específico. Si la producción en cuestión no involucra un amplio despliegue psicológico y/o un análisis social o de otra índole, no estarán interesados en llevarla a cabo. Sin ir más lejos, las últimas entradas del subgénero son actualizaciones innecesarias de Scream y Halloween. Ningún cineasta está dispuesto a apostar por la renovación de asesinos, víctimas, escenarios o mitologías. Excepto por uno de ellos.
Eli Roth es conocido por muchos, pero verdaderamente valorado por pocos. No es que se lo subestime: The Green Inferno, Hostel y Cabin Fever tienen un espacio para siempre asegurado en el corazón de los amantes del terror. Sin embargo, poco se habla de su importancia como unificador de las distintas eras que marcaron y marcan al cine de género.
Desde el más sentido respeto a sus predecesores, el director se encuentra en constante búsqueda de herramientas que restauren el canon del cine de horror sin dañar sus bases. Por ello, no es de extrañar que Thanksgiving haya requerido dieciséis años de su esfuerzo. Un género tan inamovible como el slasher solo podía ser traído de vuelta a la vida por un director que conociese a fondo sus engranajes y la maquinaria total que conforman. Partiendo desde el detalle para luego impactar a gran escala, Eli Roth reconfigura los tropos de dicho cine olvidado y demuestra que, contrario a lo que creen sus detractores, es la mejor posibilidad para el terror contemporáneo. Basta de tantos entes paranormales y ajenos. Hoy, más que nunca, la verdadera amenaza reside en cada uno de nosotros y nuestro accionar social.

Reconfigurando un mecanismo complejo
La película se sitúa en las últimas horas del Día de Acción de Gracias y las primeras del Black Friday. Previo a la apertura de los comercios, ya hay miles de personas apelotonadas en las entradas de todos los hipermercados de Estados Unidos. El dueño de uno de ellos, Thomas Wright, permite que su hija adolescente y sus amigos entren antes que nadie a aprovechar las ofertas. La multitud ansiosa se enfurece y, en un abrir y cerrar de ojos, entran al local en una estampida que termina en varias muertes. Mientras los allegados de las víctimas reclaman justicia de forma pacífica, uno de ellos prepara un plan de venganza sumamente violento para dar una lección social.
Al principio, Eli Roth emula a la perfección las características esenciales del slasher prototípico: el terror que aflora en medio de una festividad, los suburbios y la escuela como espacios del asesinato y la final girl cuyos compañeros son víctimas instantáneas. Después de establecerse en las bases modélicas, se propone alterar el arquetipo más sagrado del subgénero: el asesino. Igual que sus predecesores, el de Thanksgiving usa una máscara, blande un arma blanca y mata sin descanso. Es su personalidad la que lo aleja por completo del slasher en desuso para configurar un monstruo a tono con las problemáticas salvajes de los tiempos que corren.
En este sentido, lo que más resalta del asesino creado por Eli Roth es su motivación. Antes, el slasher omitía por completo cualquier tipo de análisis psicológico sobre las razones detrás de la matanza implacable. Se daba por sentado que al enemigo le gustaba terminar con la vida de las personas porque sí, o porque había experimentado un suceso traumático en el que no se ahondaba demasiado.
John Carver, apodado así por esconderse tras la máscara del primer gobernador de Plymouth, no solo busca ser el vengador de las víctimas que murieron por la negligencia de Thomas Wright, sino que también quiere transmitir un crudo mensaje: el Día de Acción de Gracias se celebra con el mayor de los espíritus festivos, cuando su trasfondo histórico es el de un culturicidio que significó numerosas pérdidas de vida indígena.
A través de esta cosmovisión, las personas que Carver asesina son piezas de un rompecabezas meticulosamente confeccionado, cuya imagen resultante tiene el objetivo de mostrar la realidad sangrienta de la festividad en cuestión. Así, vuelve a diferenciarse del asesino original, que mataba rápidamente, sin torturar y sin mirar a quién.
Gracias al mórbido John Carver, Eli Roth rellena al slasher de aquel gore que es su marca registrada y hace años lo diferencia del resto de los directores de terror. Muy acertado, decide que los asesinatos limpios y efectuados con una simple arma blanca ya no son competentes para una renovación del género, y los reemplaza por toda clase de muertes macabras. Por eso, en cada función de Thanksgiving, los espectadores llenan las salas para ver una película de terror no paranormal y se tapan los ojos, gritan o aplauden.
Como se mencionó al principio, a comienzos de los 2000 el slasher había sido abandonado por su público por dejar de reflejar la realidad del mundo e idear personajes que causaban el mal sin motivación ni pasión. En oposición, Roth trae esta clase de cine de vuelta al presente con un antagonista que encarna el odio contemporáneo por el consumismo y los falsos ídolos. Ya no es un ser despersonalizado. Todo lo contrario, está del lado del espectador, que disfruta verlo hacer justicia.
Si bien no podemos decir que la película es la mejor del año, es necesario reconocer que es la producción más compleja de todas las que desfilaron por la pantalla grande en 2023. Entre las creaciones originales como Skinamarink y el retorno de las grandes franquicias de James Wan, el producto de Eli Roth es un punto medio. Conjuga lo mejor del slasher clásico de los ochenta y los nuevos prototipos de asesinos sanguinarios. Mejor que eso, Thanksgiving representa un ejercicio de amor al cine de género, de esos que ya no se ven.
Mientras que el terror le sirvió a numerosos directores como una excusa para hacer películas caprichosas y sin ningún tipo de valor, Eli Roth reconoce su complejidad y lo potencia desde su profundo cariño por directores como Tobe Hooper y John Carpenter. Por haber llevado a cabo la complejísima puesta en valor del slasher cuando este se encontraba moribundo, Thanksgiving merece ser recompensada con el título de nuevo clásico y cosechar el amor de todos los fanáticos que habían enterrado y velado al subgénero de los asesinos, los cuchillos, las hachas y las motosierras.



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