El estilo de Paul Thomas Anderson: gestación, transformación, y reelaboración 

¿Cómo evoluciona un realizador? ¿De qué manera su estilo se transforma, pero a su vez mantiene reminiscencias con su origen, las cuales luego son reelaboradas? ¿Cuáles son los ejes fundamentales para el desarrollo analítico del mismo? Estos interrogantes pueden aplicarse a cualquier director/a de cine, sin embargo, son las particularidades de cada uno/a lo que enriquece y promulga los estudios y teorías respecto a los aspectos estilísticos individuales de los mismos. Aquellos/as que imprimen marcas autorales específicas amplían los procesos de análisis y permiten un diálogo de directo con todo espectador. Uno de los cineastas contemporáneos cuya carrera avala lo anterior mencionado es Paul Thomas Anderson.

Partiendo del análisis teórico de David Bordwell y Kristin Thompson en su libro El arte cinematográfico, específicamente en el capítulo El estilo como sistema formal, se puede denotar, en base a sus características temáticas y formales a lo largo de su filmografía, un estilo marcado y preciso, el cual luego cambió, pero mantuvo una conexión fuerte con sus películas anteriores. Es por ello que las obras de este director estadounidense promueven una investigación profunda respecto al gran tema planteado: la gestación, transformación, y reelaboración de un estilo. Respecto al mismo, tenemos un comienzo remarcado en la espectacularidad y dinámica, tanto narrativa como de puesta en forma, un consecuente punto de inflexión donde sus rasgos estilísticos cambian, y un momento bisagra en donde todo confluye y se combina (hasta la fecha del presente escrito). Pero esto se da tan solo en la superficie, ya que ahondando en lo más profundo de dichos rasgos podemos encontrar una síntesis que conforma a todo el corpus de sus largometrajes de ficción. Por ello es necesario desgranar cada período y vincularlos entre sí.

Sus primeras tres películas son Hard Eight (1996), Boogie Nights (1997) y Magnolia (1999). Las narrativas de todas ellas se mueven en estructurales corales, es decir, de múltiples personajes con historias propias que luego se entrelazan, similar a las obras de Robert Altman, del cual el mismo Anderson ha dicho que fue una de sus grandes influencias. Por supuesto que los relatos de cada película varían; desde una historia de crimen y redención, como lo es Hard Eight, la transición de la industria pornográfica de la década del ’70 al ’80 en Boogie Nights, y la conexión entre las vidas de distintos personajes dentro del Valle de San Fernando, a lo largo de todo un día, en Magnolia. Sin embargo, se mantiene el eje de la pluralidad de voces y las distintas subjetivas narrativas de cada protagonista. Sus guiones se establecen en la interconexión de relatos, a simple vista uno distante del otro, pero que sobre el final del metraje confluyen de manera clara y precisa.

Luego tenemos un punto de inflexión en su carrera, precisamente con el estreno de su cuarto largometraje, Punch-Drunk Love. Aquí los relatos pasan a ser más introspectivos, con una sola línea argumental de pocos personajes principales, y recurriendo al uso de lo no dicho con palabras; es decir, la narración emocional de conflicto interno que se cierne sobre los protagonistas a través de la preponderancia de las imágenes y el sonido. Además de adentrarse en el mundo de la adaptación y abarcando contextos históricos diversos. Este corpus está compuesto por la ya antes mencionada Punch-Drunk Love, There Will Be Blood (2007), The Master (2012), Inherent Vice (2014) y Phantom Thread (2017). Pero hay un eje central en todas ellas que las hermana y que es el pilar de su filmografía: la búsqueda del amor. Sus protagonistas se encuentran perdidos al comienzo de sus películas, totalmente faltos de afecto y apoyo emocional. Por lo que se mueven en pos de un mismo fin: volver a crear un vínculo con otras personas y recuperar todo aquello que perdieron. Inclusive, podemos organizarlas en subcategorías que ayudan a entender el punto en común de todas. El enamoramiento de parejas disfuncionales (Punch-Drunk Love, Inherent Vice y Phantom Thread), las búsquedas de nuevos lazos familiares (Boogie Nights y Magnolia), y el quiebre de relaciones paterno filiales (Hard Eight, There Will Be Blood y The Master). Pese a la disrupción de su estilo narrativo aún permanece a flote esta idea central, la cual se encuentra por debajo de cada relato, conectando cada una de sus múltiples historias.

Un punto que sí varía, y queda delimitado en este cambio, es la puesta en forma. Sus recursos cinematográficos, y despliegue de los mismos, dan un giro total a la hora de construir la puesta en escena y el diseño sonoro. En sus primeras tres películas el realizador construye y coreografía travellings de seguimiento de gran extensión, donde la cámara sigue de un lado al otro a los diversos personajes que ingresan y salen del plano. Se utilizan los acercamientos bruscos hacia el rostro de los personajes, congelamiento de fotogramas y whip pans (paneos con cortes en movimiento para unificar una imagen con otra de manera rápida y a simple vista imperceptible). Y no menos importante, la aparición de canciones icónicas de artistas y bandas de renombre como Marvin Gaye, Hot Chocolate, Commodores y Rick Springfield, en Boogie Nights, o la musicalización de Magnolia por parte de Aimee Mann. Todo este despliegue se centra en la búsqueda de espectacularidad y dinámica. La cámara de Anderson se mueve de un lado a otro y habla con el espectador, al igual que su montaje frenético y puntualización en sonidos estridentes, adentrándolo en el grandilocuentemente mundo de sus relatos. No es casualidad que esta primera etapa haya sido comparada con otro realizador coetáneo, vinculado a este mismo propósito, como lo es Martin Scorsese. Destacando las similitudes entre el tracking shot de la entrada al club nocturno en el inicio de Boogie Nights, o la escena del ingreso en el estudio de televisión en Magnolia, con las películas Goodfellas (1990) y Casino (1995).

Planos secuencia que conviven entre sí

Whip Pans (Boogie Nights)

Ya en su segunda etapa, los movimientos de cámara son más escasos y el tiempo de extensión de los mismos es sumamente dilatado. Los travellings acompañan con un ritmo estable el recorrido de los protagonistas, el cuidado del encuadre está medido hasta el mínimo detalle y tiene mayor preponderancia en el relato a partir de la ubicación de los personajes en cuadro, además las bandas sonoras se alejan de las canciones culturalmente reconocibles, dando pie a una musicalización mayoritariamente constructora de ambientes; la misma, a manos del guitarrista de Radiohead, Jonny Greenwood, el cual compone temas originales para cuatro películas de este nuevo período. A partir de la economicidad de estos elementos, podemos describir a este momento de la carrera de Anderson con el término “minimalista” El despliegue técnico ya no tiene el objetivo de llamar la atención del espectador, sino el de hacerlo reflexionar sobre el conflicto dramático y psicológico de cada película. Este ritmo pausado invita a un proceso intelectual de contemplación. Evidenciando que el viraje en la carrera del realizador estadounidense está vinculado a nuevos interrogantes en materia de puesta en forma, y las distintas capacidades que tiene el cine para narrar historias de manera audiovisual.

Hay un punto en el que ambos momentos estilísticos convergen y relaboran este mismo sentido, y es con la realización de, la que es hasta la fecha su última película, Licorice Pizza (2020). Este filme engloba los dos períodos de Anderson. Por un lado, tenemos un relato situado en el Valle de San Fernando en la década de los ’70, con una joven pareja protagónica disfuncional, y con dificultades a la hora de generar un vínculo amoroso, como protagonistas; nuevamente, la búsqueda del amor. Desde la puesta en forma, se combinan los aspectos de sus primeras tres películas, a través de un ritmo rápido por montaje y movimientos de cámara, pero también dando lugar a la pausa y distensión temporal en algunos pasajes. El ejemplo más claro es la reminiscencia entre la escena en que los personajes principales de Licorice Pizza corren a su encuentro, mostrado a través de un plano y contraplano en el que la cámara sigue rápidamente a los personajes de manera frontal, hasta que ambos chocan entre sí, y la misma situación en Punch-Drunk Love, donde la pareja de esta película realiza exactamente la misma acción, siendo filmada de manera muy idéntica al otro filme.

Vínculos entre Licorice Pizza y Punch Drunk Love

En síntesis, Anderson logra juntar su despliegue cinematográfico, reelaborando todos sus rasgos distintivos y estilísticos. Podría considerarse un simple homenaje a sí mismo, pero en verdad se trata de un nuevo punto de quiebre en su filmografía. Otro inicio que abre el panorama de sus obras venideras. Es por ello, que cuando hablamos del estilo de Paul Thomas Anderson nos encontramos con múltiples aristas, en las cuales los cambios en verdad generan vínculos y lo similar muchas veces difiere de manera total.

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