Hace unas semanas atrás, David Fincher arremetía duramente contra las salas de cine, tildándolas de “espacios grasientos y malolientes”, a la vez que profetizaba con que Netflix era el futuro del cine; algo que nada tiene que ver, con que sus últimas producciones hayan sido financiadas por dicha plataforma de streaming. Más allá de ser un acto irrespetuoso e interesado en contra de los exhibidores de cine y hacia el sistema en el que él mismo ha sustentado su carrera como cineasta, desde que estrenase su primera película como director a principios de la década de los noventa, las palabras de Fincher son vagas y carentes de fundamento racional que las sostenga.
Si bien es cierto que como él también llegó a constatar en dichas declaraciones, hay un factor nostálgico innegable en la apreciación que tiene uno a la hora de defender la experiencia en sala, por encima de la que tratan de ofrecernos las plataformas de streaming, la cuestión merece de una mayor profundidad de análisis por parte de todas las partes involucradas.
Desde la televisión hasta Netflix
Pese a no ser la primera vez en la que la industria cinematográfica se ha visto abocada a replantearse su propio paradigma de cómo producir, distribuir y promocionar una película, el auge de las plataformas de streaming y la pandemia del COVID-19 han marcado un punto de inflexión sin precedentes en la propia concepción que se tenía del séptimo arte. Desde la irrupción de la televisión en la década de las cincuenta, la exhibición cinematográfica se ha visto afectada y en necesidad de readaptarse según el paso del tiempo.
Con la invención de la televisión, se trató de acrecentar la espectacularidad de la experiencia en sala con el “Cinemascope”; con la aparición de los videoclubs en la década de los ochenta, las salas de cine crearon las multisalas e introdujeron avances tecnológicos, como pudo ser el sonido Dolby; y, con la llegada del nuevo siglo y la revolución de internet ya consolidada en todos los hogares, las salas sufrieron los estragos de la piratería, lo que de alguna manera dio pie posteriormente al streaming.

Es por todo ello, pero fundamentalmente debido a la irrupción de las plataformas de streaming, que la ventana de exclusividad de la que gozaban los exhibidores de cine ha sido acotada drásticamente; es decir, el tiempo que una película está exclusivistamente en cartelera. Con motivo de ejemplificar este cambio drástico en el modelo de ventanas de exhibición, tomemos por ejemplo dos películas: una estrenada a finales de los noventa y otra de finales de los 2010. La primera entrega de Toy Story, fue estrenada en las salas de cine de Estados Unidos el 22 de noviembre de 1995. Tras su paso por cines, el que no la hubiera visto en cines en su momento o el que quisiera volver a verla desde el salón de su casa, tuvo que esperar casi un año entero hasta que estuviera disponible en VHS.
Ahora, cogiendo la última película de esta misma saga, la cosa cambió considerablemente con respecto a su primera entrega. Toy Story 4, se estrenó en las salas de cine de Estados Unidos el 21 de junio de 2019, y no faltó esperar más que tres meses para poder verla online; tiempo que si ya de por si era bastante menor con el caso previamente mencionado, ha ido empequeñeciendo hasta la fecha, al punto que prácticamente podemos ver online una película estrenada en cines, un mes y medio después de su estreno en salas
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Cuando convertimos el cine en contenido
Ante un panorama tan desolador para las salas de cine, deberíamos recordar la más intrínseca de las necesidades que nos ha hecho sentirnos fascinados por el cine desde sus comienzos a finales del siglo XIX, que es la de tener una experiencia compartida. Tal y como decía Jesús González Requena en su artículo “La experiencia cinematográfica”, publicado en la revista Cahiers du cinema en el año 2009, “una obra de arte es un espacio de experiencia a ser transitado”. Las obras artísticas, en las que se incluyen las obras fílmicas, no pueden considerarse como mero contenido que sirva como un estímulo más para el espectador. Más bien, esa experiencia que más allá que sea del gusto o no de cada uno, merece ser respetada y transitada por el espectador, volviendo a concebir el cine de la manera original en la que se erigió, que era la del mero acto contemplativo de ver imágenes en movimiento.

Y por otro lado, tal y como se ha mencionado antes, hay que defender la experiencia compartida del disfrutar de una película, que solo te ofrece la sala cinematográfica. Se podría refutar fácilmente esta afirmación, diciendo que también la experiencia en casa que ofrecen las plataformas, puede emular esa experiencia compartida, al poder reunirte con amigos o familiares para ver el último pelotazo de Netflix. No obstante, no deja de ser una forma de emular a medias la experiencia cinematográfica, ateniéndose más al confort hogareño, que al acto de confianza y compromiso que tiene uno al decidir ir a ver la película en cuestión a su cine más cercano. Confianza y compromiso, ya no por el cine o por los exhibidores, sino la que uno mismo tiene con el arte.
El cine como arte popular
Desde que a principios del siglo pasado se instauraran los denominados “nickelodeons”, el cine ha sido el arte popular por antonomasia. Un arte de masas que no solo estaba reservado a la alta burguesía como podía ser la ópera, sino que cualquier persona podía entrar en una proyección por tan solo cinco centavos. Tal y como expresaba recientemente el cineasta Victor Eríce, “el cine fue el arte que convirtió a toda una generación por primera vez en ciudadanos del mundo”, en la que uno podía adentrarse en otras realidades lejanas, que hasta ese momento lucían inexistentes a ojos de la gran mayoría de personas.

Así es como se constituyó el cine, y es por ello que ese valor y experiencia compartida a la que aludía, no puede pasarse por alto a la hora de discernir entre la experiencia cinematográfica de ver una película en una sala de cine o desde el sofá de tu casa en Netflix. Es algo que quería sacar a colación, también debido a lo que Joe Russo (director de muchas de las películas recientes de Marvel) dijo a la hora de defender las plataformas de streaming, por encima de las salas de cine, al tachar a estas últimas como espacios que se han quedado para el disfrute de la élite. De primeras puede parecernos que lo que nos ofrecen las plataformas de streaming es mucho más asequible que ir al cine; ya que al cine vas a ver una única película, más luego todo lo que te gastas en palomitas y demás, mientras que una suscripción de Prime Video o de Disney + te da acceso a infinidad de películas casi por el mismo precio.
No obstante, y aquí valiéndome de la experiencia personal que tengo con la gente de mi entorno, la gente ha llegado al punto de no estar satisfecha con una única plataforma, sino que necesitan estar suscritos a varias o, en el caso de muchos que conozco, a todas. Porque qué rabia da perderte esa película o serie que tanto deseas ver, que con tan mal fario solo está disponible en aquella plataforma a la que no estás suscrito, ¿verdad? Pero el sistema en el que se mueven, hace que pienses que por un módico precio que no supondrá un gasto relevante a final de mes, te puedas suscribir con el fin de poder ver ese contenido al que no tenías acceso.
Pero, la realidad es, que una vez que empiezas a estar suscrito a Netflix, luego a Netflix y a HBO, y luego a todas las demás, hace que gastes un dinero considerable a final de mes, con una oferta de contenido gigantesca que rara vez se sabe cómo darle el mejor uso posible. Por todo lo que gastamos al mes en plataformas de streaming, podríamos ir por un precio menor (dependiendo del país en el que se resida) al cine, sin incluir las cinetecas u otros servicios culturales públicos de esa misma índole.
El valor de la imagen
En estos tiempos de pospandemia en los que vivimos, está esa sensación de pertenecer a una sociedad aletargada, la cual se ve sometida a infinidad de estímulos a diario (la mayoría audiovisuales), que más que iluminarnos y llenarnos a nivel personal, lo que consiguen es que transitemos nuestro día a día como entes autómatas. El cine ha acabado siendo concebido como un ruido de fondo más, algo que nos estimule a la mayor rapidez posible. Desde luego que las plataformas de streaming se han aprovechado de ello, ofreciendo ese confort inmediato a la gente, y es por ello mismo que las salas de cine han acabado siendo el último refugio de total evasión para el amante del cine.

Esa confianza y compromiso, viene dado del acto último de dejarse llevar por la película, una vez estás sentado en tu butaca y el proyector se pone en marcha. Un momento en el que todo está ideado para que tú como espectador consigas esa inmersión, esa sensación de sentirte ajeno a los problemas y preocupaciones que has dejado afuera de la sala por unas horas, y transitar por esa experiencia que, con algo de suerte, se quedará grabada en tu memoria para siempre. Quizás el acto de contemplar una película en una sala, ese acto de fe y de entrega, no sea más que (reformulando lo una vez dicho por Albert Camus) “un largo caminar para recuperar esas imágenes extraordinarias contempladas en una pantalla, a las que abrió su corazón uno por vez primera”.
Referencias:
- Vox. (2021, 10 diciembre). Why movie theaters aren’t dead yet [Vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=JdYiPSl0xpo
- Requena, J. G. (2023). La experiencia cinematográfica. ucm. https://www.academia.edu/101992701/La_experiencia_cinematogr%C3%A1fica




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