Rodada en 11 días, con un presupuesto mínimo y en la casa del mismo director, Happy Christmas (de 2014) es como un pequeño regalo navideño que, con mucha simpleza, revela grandes sutilezas sobre las relaciones humanas.
Jenny (Anna Kendrick) llega a Chicago después de separarse de su novio. Se aloja en casa de su hermano Jeff (Joe Swanberg, el director de la película), la esposa de él Kelly (Melanie Lynksey) y el hijo de ambos (Jude Swanberg, el bebé real del director). Jenny no sabe qué hacer de su vida, y llega a este mundo familiar como forastero a un pueblo de western. Como el elemento extraño de una película de terror, Jenny va a poner en peligro a la estructura familiar.

En su primera noche en la ciudad, en una fiesta con su amiga Carson (Lena Dunham), Jenny se embriaga al punto de no poder levantarse. Kelly, su cuñada, se preocupa. ¿Puede la presencia de Jenny significar peligro para la estructura del hogar y, sobre todo, para el pequeño Jude?
Ahí es donde la película toma su pequeña enorme decisión. Es una decisión estética y a la vez política, sencilla pero muy significativa.
¿Cuál es esa decisión?
La decisión es ver al peligro de modo diferente, no tanto como lo que nos fuerza a defendernos, sino como lo que llama a transformarnos.
Por la estructura dramática planteada (un universo familiar ordenado, amenazado por un agente extraño), todo está dado para que Kelly genere antagonismo con Jenny, para que la cuñada se vuelva la enemiga —como se dice en dramaturgia, la antagonista. Pero la película toma la decisión de no tomar ese camino tan conocido —esa huella tan marcada del inconsciente colectivo, que hace que nuestras vidas y nuestras películas se organicen en torno al conflicto.
La película hace lo contrario a lo que haría cualquier película. Normalmente, el cine aprovecharía la estructura melodramática para apoyar la experiencia estética sobre el conflicto —la guerra. Mientras que, en cualquier otra película Kelly y Jenny serían enemigas, aquí, en el universo Swanberg, se hacen amigas.

Como la película no se apoya en el mecanismo de oposición entre un protagonista y un antagonista, al espectador se le dificulta la toma de posición. No hay bandos con los que nos podamos identificar, los personajes no son buenos o malos, sino complejos como cualquier ser humano.
En gran medida, esa complejidad resulta de lo poco que Swanberg “dirige” a sus actores. Esta película, como tal vez la totalidad de su extensa obra, no contaba con diálogos escritos antes de la filmación. No es que la improvisación sea universalmente mejor que el texto, o que el texto escrito apunte siempre a la simplificación; pero, en el caso de Swanberg, es claro que la improvisación funciona como modo de escuchar la singularidad de los actores/personajes. Swanberg no baja línea, no tiene la intención de transmitir un mensaje empaquetado y moralista sobre la importancia de no pelear y de hacernos amigos. La elección del elenco es fundamental, porque es en los cuerpos frente a cámara (en este caso, sobre todo, en las actrices) donde se despliega lo más sutil y profundo de la experiencia.
Podemos ver Happy Christmas y creer que es demasiado sencilla, que no dice nada. Es una película que, por su misma estructura “anti-dramática”, nos invita a mirar diferente.
Lo de “anti-dramática” tampoco es del todo correcto. Como decíamos al inicio, la película sí tiene un eje narrativo dramático: la presencia de Jenny puede significar una amenaza para el orden de este hogar. La película no niega su nivel dramático, Jenny está en un momento difícil y Kelly necesita transformar su vida, atorada en el rol maternal. Pero la película tampoco se obsesiona con su drama. Justamente, ahí está lo más rico y complejo de la propuesta: la película no es anti-dramática, pero tampoco es dramática. Como la vida misma, no se define por un género.
Una de las razones por las que el peligro es vivido como una oportunidad es que Kelly encuentra en Jenny algo de la vitalidad juvenil que, por ser madre, pareciera haber perdido. Jenny, y su amiga Carson, le traen a Kelly una frescura y una espontaneidad que ella está necesitando. Estimulada por sus nuevas amigas, decide volver a escribir.
A la vez que Kelly es invitada a desajustar sus estructuras y reconectar con su creatividad, Jenny es llamada a asumir que sus actos tienen consecuencias en los otros —es decir, a madurar. Tal vez ese sea el regalo que se hacen una a la otra. Tal vez ese sea el regalo que la película nos hace a los espectadores.
Se nos da la posibilidad de no caer, una vez más, en el surco ancestral del antagonismo. Eso no significa idealizar las relaciones humanas, diciendo que “todo está bien”. Significa algo mucho más simple y, a la vez, mucho más complejo —los regalos más pequeños pueden ser los más grandes.



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