El legado Wonka: cine de moraleja según Tim Burton y Paul King 

Wonka (2023) - IMDb

El legado Wonka: cine de moraleja según Tim Burton y Paul King

Con la reciente llegada de Wonka a los cines del mundo entero, personas de todas las edades están llenando las salas para ser testigos del regreso del icónico chocolatero creado por Roald Dahl. Decir que el estreno de esta precuela es el evento del año no es una exageración. Sin ir más lejos, Willy Wonka apareció por primera vez en la pantalla grande en 1971, interpretado por Gene Wilder en la adaptación cinematográfica de Mel Stuart. Desde aquel entonces, acompaña a generaciones enteras de niños a descubrir la importancia de los valores familiares y los buenos modales.

Quienes continuaron atentos a las aventuras de Wonka saben que su inserción en el mundo contemporáneo le significó un cambio abismal. Abandonando por completo su sonrisa risueña y sus canciones amables, el personaje fue absolutamente transformado por las manos de Tim Burton cuando apenas comenzaba la primera década de los 2000. Como es bien sabido, el director adora mostrar la oscuridad del mundo, incluso cuando crea películas infantiles, y este caso no fue la excepción. Utilizando la ilimitada versatilidad de Johnny Depp, el director confeccionó una versión del amante de los chocolates que hacía énfasis en sus traumas parentales, sus problemas de soledad y en la mirada que el resto del mundo tenía de él a raíz de sus sueños sin techo: la de un hombre que no encajaba en el mundo adulto.

Como si respondiese a la siniestra creación de Burton, o como si se tratase de un acto de ocultamiento, la nueva precuela de Paul King parece susurrar “acá no pasó nada”. En su versión de la historia, Timothée Chalamet interpreta a un adorable Wonka durante sus inicios más humildes. Con apenas una maleta de buenas ideas y algunos dulces, el joven Willy se enfrenta a numerosos obstáculos para cumplir su sueño de abrir una chocolatería. Sí, estas piedras en el camino son personas que intentan engañarlo por su exceso de bondad, quieren robar su fórmula para cocinar y, esencialmente, están dispuestos a dejarlo todo para impedir que tenga éxito. Sin embargo, resultan ser enemigos vacíos, originados desde un punto de vista demasiado infantil que Roald Dahl mismo no aprobaría por su falta de parentesco con la realidad.

Es interesante observar esta infantilización excesiva de la obra de Dahl, teniendo en cuenta que sus universos, si bien son para niños, contienen reflexiones y moralejas pertenecientes al mundo adulto. Basta con ver en detalle a los padres de Matilda, observar las motivaciones de Mr. Fox en Fantastic Mr. Fox o analizar la historia del pequeño Jim en James and the Giant Peach para percibir que las tramas del escritor británico no son simples historias para leer antes de dormir, y menos aún las adaptaciones a la pantalla grande que buscaron mantener el espíritu moralista de dichos relatos. Entonces, ¿A qué se debe el aura sumamente aniñada de Wonka? ¿Corresponde a la visión del entretenimiento de las infancias actuales? Puede que la pista radique en comparar las últimas versiones de los chocolateros y los contextos en los que fueron creados.

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Willy Wonka por Tim Burton

El primer rasgo que resalta del Wonka burtoniano en contraposición con los protagonistas del cine de moraleja actual es que no es una buena persona. Es malvado, y con intención. Mientras que las historias infantiles contemporáneas nos enseñan que los buenos pueden tener un comienzo en falso, con alguna que otra falla de carácter, Willy Wonka es despreciable desde el primer segundo en el que se encuentra con los niños ganadores de los boletos de oro. De ahí en adelante, el director acierta enormemente al dejar de lado la maldad exagerada de los villanos prototípicos, para inyectar la interpretación de Johnny Depp con pequeñas dosis de cinismo tácito, tan común en la vida real.

Lo observamos cuando el chocolatero se burla del egoísmo de cada uno de los niños. En lugar de actuar como sus padres, que les permiten todos los caprichos, él los enfrenta como si fuese un pequeño más. Porque lo es. Y ello se demuestra no solo en el disfrute tierno de Willy cada vez que los pequeños caen en sus trampas de chocolate aderezadas con las canciones retorcidas de los Oompa-Loompas, sino también en como él se relaciona con la sociedad que lo restringe a las profundidades de la fábrica.

Tim Burton es experto en construir universos. Sin importar si se trata de la tierra de Halloween o del País de las Maravillas, el director siempre encuentra la forma de exacerbar la estética fantástica de sus locaciones mientras las dota de realismo. Para Charlie and The Chocolate Factory, construyó una ciudad cuya vida fue consumida por el capitalismo, el consumismo, y la industrialización. Todo en ella es gris, excepto por la humilde casa de Charlie, único lugar donde podemos encontrar calidez humana. El resto está cubierto por una nieve que nunca cesa y ahoga los pocos sueños de sus habitantes. Por eso, los adultos son autómatas cuyo único deseo es tener algo que ostentar, y sus hijos son una proyección malcriada de dicho objetivo paterno.

Para defenderse de la ciudad y sus monstruos hechos de carne y hueso, Willy Wonka protege sus anhelos en una fábrica que permanece cerrada por muchos años. Hasta que, un día, vuelve a abrirla para reclutar cinco niños, entre los cuales espera encontrar a su sucesor. Entonces, Tim Burton permite que la ficción azucarada del chocolatero embista contra la realidad del mundo contemporáneo, y no interviene de ninguna manera para suavizar el impacto. Sin temor alguno a atemorizar a los pequeños espectadores, el director confecciona una moraleja que Dahl sí aprobaría: mientras los finales felices son para algunos, los infortunios nos atraviesan a todos por igual. Incluso a Charlie y Wonka cuando, en la escena final donde comen gustosos y en familia, se nos revela que vivirán felices para siempre, pero en un asfixiante cuarto de nieve artificial dentro de las profundidades de la fábrica de chocolate.

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Willy Wonka por Paul King

Ojalá pudiésemos desglosar Wonka y estudiarla con los mismos parámetros que utilizamos para analizar Charlie and The Chocolate Factory de Tim Burton. Lamentablemente, el intento concluye en una mera separación de las partes que conforman la nueva película de Paul King: un producto más para toda la familia, sin ningún tipo de ambición compleja.

En su versión de la historia, Willy Wonka emprende el ya desgastado camino del héroe. Ello podría ser interesante si el personaje de Chalamet evolucionase a medida que experimenta los sucesos del monomito planteado por el antropólogo Joseph Campbell, pero su carácter se mantiene inalterado durante toda la película. No hay una sola escena en la que Wonka no sea el más bondadoso de los bondadosos, incluso cuando se encuentra en peligro o cara a cara con sus enemigos.

A diferencia de Burton, que designó a la sociedad como el gran obstáculo que el chocolatero debía enfrentar, King elige a un par de personajes para que obstaculicen el camino de Willy. Aunque sus historias y motivos son interesantes, lo cierto es que pertenecen más a la intención del gag cómico que a otra cosa. Como es de esperar, juegan al gato y al ratón con el protagonista, que sale airoso en cada uno de los enfrentamientos.

Además, la ciudad a la que Wonka arriba para cumplir su sueño lo adora desde el primer minuto, y él se entrega en cuerpo y alma a ellos y sus muecas de satisfacción cada vez que prueban un chocolate de su autoría. No hay, como en la visión de Burton, una fábrica distanciada de la comunidad que clausura los sueños bajo llave para que nadie los vulnere. Desde el punto de vista de Paul King, Willy Wonka es un héroe de los chocolates que comparte su talento con un mundo entusiasta de sus creaciones y su amable personalidad.

En síntesis, Wonka es la excusa perfecta para ir al cine con toda la familia, divertirse un rato, comer pochoclos, tararear sus pegadizas canciones durante un par de días y, al final de la semana, olvidar la película por completo. Se trata de otro producto de la alienación absoluta, como todos los que fabrican las empresas estadounidenses de cine infantil hace ya un par de años. Hoy más que nunca, las grandes productoras priorizan lograr el disfrute cómodo del espectador antes que hacerlo pensar. Cuanto menos recuerde que existe el mal en el mundo, mejor. Gracias a este estado de las cosas, podría decirse que vivimos en aquella ciudad gris e inerte que Tim Burton había construido e, igual que los niños del boleto dorado, nos abstraemos de lo que pasa afuera engolosinándonos con toda la fantasía que el nuevo entretenimiento familiar tiene para darnos. Ya no hay moralejas, lecciones de vida, personajes realistas o críticas a la actualidad. Solo reír y aplaudir.

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