Mi primera experiencia con el cine de Terrence Malick fue La delgada línea roja (1998), su primer film tras ese largo parate que lo mantuvo alejado de las cámaras durante veinte años. Cuando la vi era apenas un adolescente y me llamó tanto la atención que nunca olvidé el nombre aunque no supiera quién la había dirigido. Por supuesto que con el tiempo volví a verla por distintas cuestiones y hoy en día, si es que existe esa dicotomía tajante que suscita tanto debate, estoy del lado de los amantes del cine del director, con algunas reservas.
Sabemos de Malick que es de esos directores que se detectan con pocos planos, pero además de una poética específica, también hay coincidencias en el ethos de sus personajes en casi toda su filmografía. De igual manera, también hay temas recurrentes: el origen, la muerte, Dios, el hombre, la filiación.
Pienso en la importancia de los conocimientos previos antes de ver algún trabajo audiovisual, incluso en todo consumo artístico. Por supuesto que es condicionante y afecta la lectura, pero creo que aportan algo. Hay quienes prefieren desprenderse de cualquier información, justamente por lo mismo.
A propósito de esto, John Berger en Modos de Ver, presentaba dos veces la misma imagen de una pintura de Vincent Van Gogh, Trigal con cuervos. La primera estaba acompañada de una breve descripción y en la segunda se aclaraba que era la última pintura que había hecho antes de suicidarse. Vaya epígrafe para resignificar.
En esta misma línea me empecé a interiorizar sobre la vida de Terrence Malick, quería encontrar un correlato entre lo que veía y su vida, de la que se sabía poco. No estaba buscando una justificación a su arte, solo pretendía vincular los aspectos formales de sus films y lo poco que se sabía de Él; descubrir el origen de lo espiritual que veía en esas producciones. Allí aparecieron sus estudios de filosofía en Harvard, su especialización en Heidegger, el temprano fallecimiento de un hermano, y otras temáticas. Todos posibles disparadores sobre el rol que otorga el director al lenguaje audiovisual que hoy son solo apuntes a los que tal vez vuelva en un futuro.
Traigo todo a colación porque hace no mucho cumplió 80 años y como tenía intenciones de escribir algunas palabras sobre Una vida oculta (2019), recordé mi experiencia con la anteriormente mencionada La delgada línea roja. Ambas comparten un fuerte discurso antibélico en la medida en la que sus personajes no encuentran sentido a matar en nombre de otro y, a su vez, la guerra les es tan ajena que se escapan o prefieren la muerte.
En esta ocasión Malick recrea la vida del campesino austríaco –hoy beato– Franz Jägerstätter, conocido por negarse a colaborar con el régimen nazi a pesar de pertenecer a sus líneas por cuestiones ajenas a el.
Resulta innegable que el film tiene un estilo muy cautivante, de un alto impacto visual, algo a lo que Malick nos tiene acostumbrados. La cámara libre y los planos abiertos, muchos en contrapicado, dan como resultado esos cielos enormes y, en consecuencia, una profundidad de campo que replica al hombre en su entorno. Hay un contraste bien notorio con las tomas en el exterior y el interior, recordemos que el director tiene predilección por filmar con iluminación natural, sobre todo en esas horas posteriores al amanecer y durante el atardecer.
Malick siempre utiliza directores de fotografía que estén dispuestos a trabajar así, dado que los rodajes tienen tendencia a extenderse. Sus colaboraciones con el multipremiado Emanuel Lubezki (también conocido por sus trabajos con González Iñárritu) y Jörg Widmer –a cargo en este film– siguen esa línea; este último fue el responsable del manejo de cámara en varios films anteriores de Malick, incluso con Lubezki como DF.
Para este trabajo, la primera experiencia de Malick en digital, nuestro protagonista –interpretado por el alemán August Diehl– atraviesa una situación compleja: A partir de 1938, la Alemania nazi anexa Austria a través de un plebiscito, por lo que este país pasa a ser una provincia más del denominado Tercer Reich. Franz Jägerstätter, campesino de la zona, teme ser llamado por las fuerzas para alistarse en un ejército con el que no comulga. El hecho de haber tenido la instrucción militar correspondiente unos años antes refuerza su posición antagónica en lo que respecta al régimen imperante, con el que ya venía mostrando diferencias debido a su religión católica.
Finalmente la carta llega y este hombre, que ya se había negado a jurarle lealtad a Hitler ganándose el odio de toda la aldea, elucubra varios planes de escape hasta que decide presentarse con la idea de cubrir algún cargo en un hospital. Lo cierto es que dura apenas unas horas sin ser encarcelado porque en la presentación se niega a reverenciar al dictador al través del típico saludo nazi.
El personaje es coherente en la medida en la que no acepta beneficios de un estado con el que tampoco colabora, pero con esa postura que defiende a ultranza, está afectando de manera directa a su esposa e hijas. No obstante, la figura de la madre se encarga de que ellas no se enteren de todo lo que ocurre. La actriz que toma el rol de Fani es la genial Valerie Pachner (El suelo bajo mis pies) quien ha explicado en algún reportaje que compuso al personaje con la ayuda del director para darle un rol que, a pesar de todo lo que atraviesa, se sigue aferrando a las cosas buenas de la vida. De Malick sabemos que opera de una manera particular, dando pocas directivas durante el rodaje, pero ayudando a través de textos para la composición previa de cada escena. Fani representa la figura del amor incondicional con un «te amo» durante la única visita a Franz en la prisión de Berlín; «hagas lo que hagas va a estar bien» le dice, cuando solo una firma lo separa de la vida y la muerte, y el consecuente sufrimiento de su familia.
Inútiles resultan las palabras persuasivas de su abogado o del pastor del pueblo quienes sugieren que jure lealtad a Hitler contra su voluntad, pensando en sus hijas, ya que Dios sabe qué hay en los corazones y las palabras no importan tanto. Sin embargo, nada tuerce a Franz y el grado de obstinación que maneja es tal que, por supuesto, le cuesta la vida. Como si el maltrato psicológico y físico que le propinaron los nazis –expertos en la materia– no hubiera sido suficiente.
El film tiene un ritmo lento, y si bien no es estrictamente lineal, tampoco tiene grandes pretensiones y el relato avanza en bloques conforme a la historia. Fiel a su estilo, Malick registra largos planos que después en el montaje irá intercalando acompañado de una voz en off, que en este caso resulta de la lectura del intercambio epistolar original de los Jägerstätter.
El uso de la cámara en mano a ras del piso que termina en primerísimos primeros planos de personajes, ya lo habíamos visto en El árbol de la vida, film con el que obtuvo la Palma de Oro en Cannes. Pero en este trabajo de casi tres horas, también hay tiempo para cámaras subjetivas, como la escena en la que recibe una salvaje golpiza a cargo de un guardiacárcel, e interesantes planos cenitales desde la celda, como si la cámara también quisiera explotar cada espacio posible ante el encierro del personaje.
Sobre el nazismo hay un trabajo específico: los modos, la burocracia y la frialdad de lo monstruoso; el material de archivo mostrando a su líder en instancias familiares y al poder propagandístico a tope con las inconfundibles escenas de Leni Riefenstahl, dan un marco de época que refuerza a nivel histórico una parte de la guerra que no vemos a través de los personajes. A tal punto es minucioso el trabajo sobre esta estética, que el color rojo de las banderas resalta tanto sobre la paleta y el vestuario que obnubila. Igual que la breve aparición quirúrgica del eterno Bruno Ganz, quien encarna un nazi casi humano –si es que se me permite– que al menos parece preguntarse qué motiva a Franz a realizar este acto, aunque luego le dicte la sentencia de muerte.
Claro está que la religión hace el resto porque a lo único que se afilia Jägerstätter es a Dios y a hacer el bien, entendido como categoría universal. Tal como dice el padre de Fani «es mejor padecer una injusticia que cometerla» y para esta familia el hombre que ama a Dios por sobre todas las cosas es libre y no teme, incluso es sostén para el resto de los condenados minutos antes de ser asesinado. El optimismo de Franz es tal, que les escribe a sus hijas horas antes de morir, que las cuidará del otro lado hasta que sea el momento de encontrarse. Y aunque eso resulte imposible de saber, al menos vieron el homenaje a su padre de cerca, dado que presenciaron parte del rodaje en las locaciones originales.
Pero aquí solo homenajeamos a Malick, y nuestro optimismo tiene que ver con la pronta llegada de su próximo largometraje, aún en postproducción.



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