Lobotomía audiovisual: contenidos de urgencia 

Hoy

Guerras, economías sin salida, grietas sociopolíticas, sueldos que no alcanzan, redes sociales que constantemente arden, vacaciones que no se pueden llevar a cabo, el calor, el frío, el dengue. El humano promedio que vuelve luego de trabajar todo el día con ganas de estirar las piernas en su sillón, agotado, más o menos desmotivado, después de manejar entre un tránsito atestado o de volver apretado en un medio de transporte entre todos los que vuelven de trabajar junto a él. Enciende la televisión y se agotó (finalmente) de consumir noticieros que, independientemente de informar lo que sucede, se regodean en el conflicto social y buscan la atención de ese humano como si fueran la mejor de las ficciones, con titulares alarmantes que lo único que hacen es derretirle la voluntad. Aplastarle las esperanzas. Cargarlo de datos maniatados que no necesita. En la tele se ofrece la presunta objetividad del periodismo sobre la que se esconde algún autor como el que escribe las ficciones que el humano va a encontrar en las plataformas si usa el control remoto o enciende la computadora. “Esto es demasiado”, piensa. El humano moderno afortunadamente ya se da cuenta que las noticias están en loop y priorizan el ya difunto índice de rating televisivo. El humano moderno lamentablemente cree ahora también en la posverdad del boca en boca en las redes y se aferra a los titulares en un consumo irresponsable mientras el dedo toca la pantalla compulsivamente. El humano necesita un respiro. Encuentra en su pantalla Netflix, Amazon Prime, HBO, Star Plus, Disney, Apple TV, Paramount+. Pasea los ojos por la oferta y elige. Con gusto, por automatismo, por recomendación. Pero elige. Play. Y por fin respira.

¿Qué es la rebeldía?

Esta nota es un ensayo sobre un punto de vista. Un juego de hipótesis y teorías que les comparto, lleno seguramente de contradicciones y simplismos. Es una suerte de ensayo de una persona de clase media, occidental, que vive en una Capital, y que ha forjado su adultez en torno al arte.

Ya me parece anticuado el intelectualismo que juzga ciertos contenidos porque “lavan cerebros” o estupidizan al pueblo. O que la calidad de un contenido de ficción solo dependa de cuán inteligente es, como si la inteligencia fuese un índice de superioridad objetiva. El mundo mutó, y junto a él los individuos que en él viven. Todavía muchos se aferran igualmente al racionalismo y latigan la fe y lo emocional aunque se jacten de ser modernos. Se ríen a escondidas de las instituciones religiosas y sus creyentes, mientras se regodean por el conocimiento acumulado adquirido en la iglesia de la ciencia y el saber. Antes se medía en lo académico y en el caudal de conocimiento acumulado, ahora se mide por cuantas herramientas adoptaron para su capacidad crítica. No digo que esto sea un estigma en sí mismo. De hecho me parece el origen del dinamismo, del movimiento de una idea hacia su destrucción y hacia la gestación de una nueva idea. Es lo que necesita el humano para no se aferrarse demasiado tiempo a sus verdades. Pero como sucede con lo estético, en lo intelectual también existen las modas. Hoy en día para pertenecer a ese lugar de la sociedad prestigioso, hay que dudar por dudar. Criticar lo establecido por criticarlo y no por fundamentos o motivos personales. Para pertenecer y no ser juzgado, el invididuo tiene que compartir stories en las redes que siempre estén en oposición con el status quo aunque no sepa por qué. Hoy en día ser rebelde está de moda, y esa moda es la parálisis de la auténtica rebeldía. ¿Qué es la rebeldía?

Iba a buscar la definición para copiar y pegarla pero sería una traición ya a la esencia de este texto. Si ya estamos en el baile, bailemos. La rebeldía es algo dinámico y móvil según el contexto en el que se manifieste. Pareciera nacer desde el dolor, desde la desesperación, desde decirle a algo “basta”. Por eso sucede tanto en la adolescencia y desde el dolor. Es la explosión de algo nuevo, a veces caótico y en general irracional. Es necesario. Es fundamental para el movimiento de los ciclos, de las cosas. Si perdura en el tiempo una misma idea de rebeldía, si se repiten las mismas manifestaciones y el mismo discurso rebelde, seguramente se haya vuelto más un síntoma cíclico sin ejecución posible que un grito potente y apasionado en el cielo.

Si durante tanto tiempo el gesto cultural dominante fue y es el de criticar los contenidos artísticos por su complejidad, algo ha envejecido mal. Si sigue el reconocimiento aferrado a los mismos adjetivos de siempre, algo se ha trabado en el circuito.

En la era del yoga y la meditación, la ficción también responde a una demanda. La gente se quiere ir a dormir lo más tranquila posible.

La lobotomía

El término es sí mismo una condena y me juega en contra. Mis amistades más fanáticas del correcto uso del lenguaje me destrozarían. Entre algunas definiciones, se dice que la lobotomía es “la destrucción de las vías nerviosas sin extirpación”. Creo que con eso basta y sobra para servirme de la analogía. La he escuchado en mi círculo para referirse puntualmente a ese momento donde alguien quiere sentarse frente a una pantalla y apaciguar la actividad cerebral. Descansar el cuerpo y la mente. Que la ficción trabaje sola.

Es interesante pensar que tienen en común los contenidos audiovisuales que la gente usa con este propósito. Si existe una descripción aproximada, o si como casi toda experiencia, es nada más relativa al sujeto.

Dispondré caóticamente sobre la mesa de trabajo las muestras que tomé como un pésimo científico. Friends, Seinfeld, The Big Bang Theory, Sex and the City, Rebelde Way, Muñeca Brava, Ace Ventura, La pistola desnuda, Emily in Paris, Brooklyn 99, Casados con hijos, The Office. Observo los nombres y hasta ahora tienen todos algo en común. Son comedias. De distintos estilos. Sitcoms, series argentinas, series de Estados Unidos, series coreanas de Netflix que yo personalmente no vi pero se acerca de su éxito, comedias románticas, comedias físicas. Miro la mesa de trabajo y pienso si hay algo más que salga del género. The Avengers, Spiderman, Thor, The Antman, todas las películas de la sociedad Marvel-Disney, cualquier película de Pixar, la saga de Harry Potter. Podría seguir, pero está claro: épicas entretenidas donde el héroe triunfa. Relatos que, igualmente, son atravesados en mayor o menor medida por el humor. Historias donde, pese a todo, aunque sea del otro lado de la tormenta, el mundo es justo. Me atrevo a dejar afuera una saga como Star Wars porque se que al ser un universo que se autorreferencia constantemente, que al dialogar siempre sus películas entre sí, demandan cierto esfuerzo de cualquiera que no sea medianamente fanático. ¿El Señor de los Anillos? La cantidad de personajes, el mapa de la Tierra Media y el árbol genealógico es lo suficientemente frondoso como para que el espectador promedio pueda descansar.

Vuelvo a pensar. ¿Existirá algún contenido de mayor tensión donde no sea el humor el principal vehículo del relato? Apoyo sobre la mesa nombres como Grey´s Anatomy, The Good Doctor, Doctor House, ER, Chicago Med. Observo. Pienso. No puedo creer que series que tratan todo el tiempo con las enfermedades y la muerte sean un éxito de la televisión abierta estadounidense. Durante la era del zapping, y ahora en la era de las plataformas. La gente evidentemente puede descansar la cabeza incluso en tramas acerca de la vida, las enfermedades terminales y la muerte. Yo no puedo, pero evidentemente funciona. Entonces pienso también en otro género que trata de otra manera la vida y la muerte. Pienso en el éxito de los policiales. En las cuatromildoscientassetentaytres temporadas de The Law and Order y sus distintas variantes. Pienso en Chicago PD, The Mentalist, Suits, How to get away with murder, Criminal Minds.

Incluso podría desparramar en este ya insondable caos de mi mesa de trabajo, películas de terror clásico que ahora generan menos temor o impresión. La saga de Scream, Halloween, Saw, Chucky, Freddy Krueguer, Evil Dead. Miro los títulos de este género y dudo. Desde ya que hay gente más impresionable y sin tolerancia alguna a la tensión del terror. Pero leo los títulos de los policiales y también pienso que no todo el mundo tiene ganas de ver historias de crímenes si cuando enciende el noticiero ve exactamente los mismos titulares. Reviso los títulos de las películas épicas y me doy cuenta que no todos aceptan rápidamente el verosímil de la ciencia ficción. Mucha gente no soporta a los superhéroes y se pierde en en el cuestionamiento de si es racional que alguien pueda tirar telarañas con la mano. Vuelvo a releer los títulos de las comedias y entiendo que no todos nos reímos de lo mismo. Que muchos necesitan reírse de reflexiones elaboradas o señalan enseguida si un chiste quedó desubicado para la ética de turno.

Ahora. Independientemente de qué es lo que yo consumo para descansar, sé que al menos el 90 por ciento de los títulos que deslicé sobre la mesa son efectivamente consumidos dentro de los términos del consumo lobotómico. Entonces, ¿qué es lo que tiene este mejunje en común?

Una torpe recolección de teorías

Avanzo a tientas entre la podredumbre de mis enciclopedias. Miro la mesa de trabajo ahora más ordenada y me calmo. Las características son tan variadas que temo que me alejen de una respuesta.

Descartando de la mesa la obviedad de que todo es relativo a cada individuo, encuentro que la comedia es la más concreta de las respuestas. El humor es sanador. La risa es una mejora directa sobre la oxigenación y la liberación de endorfinas. Qué es lo que nos hace reír es una nota aparte. Pero la comedia es el género más demandado, al que más se le pide, y, probable y curiosamente, el menos prestigioso. Muchos de los contenidos antes mencionados reconectan con los valores más sencillos y luminosos de todos. La amistad, el amor para toda la vida, lo mejor del karma, la inocencia. En general son banalizados por su presunta falta de complejidad intelectual, y son consumidos y festejados en secreto porque sencillamente hacen bien. ¿Hacia dónde conduce sino la constante conexión con una idea de realidad oscura y de vida condenada a su pronta destrucción? ¿Cómo hacemos para vivir la única vida que nos toca si le demandamos también a la ficción que nos recuerde constantemente lo agrio de estar vivos? ¿Cuál es su utilidad? ¿De dónde vamos a sacar las fuerzas sino para discutir, defender y combatir lo que verdaderamente importa cuándo verdaderamente importa? ¿Qué pelea es valiosa si todas son peleas?

Por otro lado, las épicas y los caminos exitosos de los héroes, el premio a los mejores valores, el festejo del final de la película sobre el cuerpo derrotado del mal, también de alguna manera gratifica. Los médicos ganándole a las enfermedades en la guardia de ER o en el hospital donde trabaja el nefasto y querible Doctor House. La sensación de que se puede triunfar sea cual sea la batalla. Y también está el placer de la aventura, la contenida adrenalina de sentir que le puede pasar algo malo a nuestros héroes aunque ya los sepamos vencedores. Los escenarios mágicos de la ciencia ficción. El espectador es conducido por las calles de un enorme parque de diversiones en el que es testigo de lo espectacular. Está a salvo, sonríe boquiabierto. Es feliz. ¿Se está distrayendo de los problemas reales y encapsula su imaginario en un universo de ensueño? Sí. ¿Pero por qué eso está mal? ¿O no es importante dormir y descansar para poder hacer ejercicio y funcionar en el mundo? Alimentarse de lo que le haga bien para reciclar el veneno actual y poder seguir con su vida. Para elegir con frialdad cuáles son sus guerras y cuáles son batallas heredadas que no le corresponden. Para tener fuerzas para seguir.

Y en los momentos más melodramáticos, algunos espectadores buscan también descargar. Encontrarse con el llanto de ver a alguno de los personajes sufrir, el llanto emotivo que llega de costado en un momento de ternura. Esa descarga de dolorosa satisfacción es tan necesaria como la risa.

¿Y ver a los personajes perseguidos por el asesino de la máscara deforme en Scream? ¿O de la persecución de Freddy en la peor de las pesadillas? ¿En qué nivel funciona? Quizás en la sensación de un peligro cuidado. En ser testigos de un momento terrible que está claramente en el terreno de la ficción, donde nosotros no peligramos. Una especie de adrenalina simbólica que emulamos sentir a través del riesgo en el que está el personaje. Y por qué no sumar como prueba también esa comunión cultural de ver estas películas en grupo o acompañados. Un oasis dentro de la agenda cotidiana. Un lugar de encuentro.

Conclusiones de pacotilla

La felicidad es un momento fugaz, y cuando aparece, lo abrazamos. Sea como sea. Venga en la forma que sea. Y como estado anímico dependiente del individuo, será condicionado por el contexto en el que está. Y siendo el individuo un ser social, aún encerrado en su propio departamento durante dos años de pandemia, está afectado por aquello que tiene alrededor. La inútil amargura que en algún momento nos pasa a todos de estar comparando lo que fue con lo que es, de estar mirando hacia atrás y no aquello que está al alcance de nuestras manos, nos aleja de experimentar ese estado de felicidad. Los valores culturales sostenidos en el tiempo, en esencia mayormente iluministas y racionalistas, complejizan en vano las experiencias y alejan al arte de su potencial transformador. En general, esas pretensiones intelectuales (y sus pretenciosos) demandan que el arte tome una postura mental y teórica, se jactan a su vez de que el arte es democrático y es para todos, niegan como espectadores sus propias pulsiones emocionales para respetar un juicio enciclopédico, niegan el alma del hecho artístico, y obstruyen la auténtica rebeldía del arte: ese espacio indefinido, emocional y sin pretensiones que está entre la obra y su espectador.

Si el arte es un gesto humano transformador, y por lo vivido a lo largo de la historia y específicamente en el último tiempo, la gente le pide que lo ayude a relajarse, a disfrutar, a simplificar las ecuaciones mentales de su día; si incluso se le quisiera atribuir al arte nada más que la función de discutir el status quo, siendo ese status quo actual un universo colapsado; ¿no es revolucionario que simplemente nos regale un buen momento? ¿Qué nos ayude a descansar? ¿Qué tan soberbio se puede ser como para determinar que la calidad del arte está solamente en su complejidad?

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