"Pobres Criaturas"
La experiencia de ver el mundo por los ojos de Bella
por Gastón Siriczman

Como si fuera un viejo maestro de ceremonias, Yorgos Lanthimos nos invita a ser parte de su gran espectáculo. Pero que las apariencias de los trailers no nos engañen, no es un circo en el que los freaks salen a exhibir sus particularidades, tampoco es un gabinete de curiosidades fraudulentas, el espectáculo al que se nos convoca es genuino y se parece mucho a internarse dentro de una antigua cajita musical. Una vez allí, descubriremos que sus engranajes están algo oxidados y el esmalte de las bailarinas ya no luce su brillo original, pero eso es lo que le da ese toque nostálgico y etéreo que necesitan las buenas fábulas.
Bella, la protagonista de “Pobres Criaturas” es Frankenstein, pero también es Pinocho y la Eliza Doolittle de “Mi primera dama” (1964 -dir: George Cukor), una joven mujer recién parida en el laboratorio de un científico loco pero amable. Ella rechaza el encierro, ansía salir, descubrir, tiene tanta voracidad de conocimiento como de entender los mecanismos que dan cuerda al mundo. Una de las formas que Bella elige para transitar su camino hacia el saber es el sexo, y en ese sentido no se priva de nada. El placer, no como meta sino como medio, ya es un planteo interesante y que le da a la película su marco ético y político.

En cuanto Lanthimos abre el telón empiezan a sonar las primeras melodías compuestas por Jerskin Fendrix, interpretadas por instrumentos disonantes que recrean las atmósferas de que todo transcurre en ese territorio ubicado dentro de la cajita musical que mencionábamos al comienzo, con ese marco sonoro los espectadores iremos descubriendo los maravillosos escenarios de ese mundo que están equidistantes entre lo onírico, el steampunk victoriano y el expresionismo. La resultante de esas fuerzas poéticas visuales y sonoras nos obligan a calzarnos los zapatos de Bella y a percibir el universo con sus ojos de mujer/niña que ven todo por primera vez. Si tuviera que definir con una palabra esa experiencia diría: extrañeza. Si esto nos sucede, si podemos empatizar con el personaje, si su odisea nos atraviesa la piel y permitimos que sus sentidos sean los nuestros es porque la magia del cine está sucediendo y les aseguro que el viaje será fantástico.
Pero como sucede en todo viaje iniciático, en determinado momento la inocencia se pierde, y esa pérdida está vinculada a flagelos propios de nuestro tiempo: la crueldad y el individualismo. No hay dudas que la clave para leer Pobres Criaturas está en el feminismo, una de las fuerzas contemporáneas más transformadoras. En ese sentido es casi inevitable confrontarla con la otra película que este año se plantó en el mismo terreno: “Barbie”. Y aunque esto es muy subjetivo, entiendo que la propuesta de Lanthimos es más atrevida que la de Greta Gerwin y termina mucho mejor parada al rehuir de las moralejas obvias y los lugares comunes.
No puedo terminar esta reseña sin destacar la actuación de Emma Stone. Es impresionante cómo en su composición no deja ni un elemento al descuido. Su cuerpo, voz y gestualidad están al servicio de una historia que le exigió un espectro amplísimo de registros y evoluciones. Mis respetos para ella.




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