POBRE BELLA CRIATURA Spoilers

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“Frankenstein o el moderno Prometeo”, la obra literaria de Mary Shelley, ha sido motivo de múltiples reinterpretaciones, tanto literarias como cinematográficas; pero seguramente ninguna ha sido capaz de adaptar la sensibilidad de una época de cambios en la sociedad del contexto de su aparición como “Poor Things (Pobres criaturas)”, película dirigida por el griego Giórgos Lánthimos y magníficamente protagonizada por Emma Stone en el papel de Bella Baxter, su “criatura” y la de Godwin Baxter (Willem Dafoe), el científico que la reconstruyó a su semejanza pues ambos, padre e hija, son productos de una ciencia capaz de recrear seres vivos (perros híbridos con cabeza de ave y seres humanos con cerebro y balido de cabra) a partir de la experimentación en un mundo fantástico, procedente de un imaginario en parte impresionista por la magnificencia de sus imágenes y surrealista por la atmósfera alucinada en su fotografía.

Entre matices de color esmeralda, magenta y cian, (cielo, puente y mar, vestido de hombreras elevadas) vemos caer hacia la muerte a la mujer de la cual provendrá la pureza de la protagonista (vestido de bobos y hombreras alborotadas) en blanco y negro. Desde la estridencia de violines hasta la discordancia sonora de un piano aporreado por sus manos y sus pies, Bella es presentada junto con su mentor en la visión cercana de un gran angular que se desplaza entre salones abarrotados de objetos y techos decorados. Allí se descubre su origen, del cuerpo muerto de la mujer embarazada, y su renacer con el cerebro trasplantado del neonato en el cráneo; pero lejos de reducir este horror sus posibilidades de desarrollo, Bella se muestra libre en su pureza, para aprender y evolucionar; rechaza con golpes y gritos la verticalidad de una educación parametrada y torpemente se brinda a la sensualidad y el placer. Mister Duncan Wedderburn (brillante interpretación de Mark Ruffalo) se apropia del proceso, sacando a su aprendiz al techo de ventanales y nubarrones de blanco y negro, con chispas de fuegos de artificio, hasta la explosión del primer sexo a todo color con una musicalización menos sincopada que conduce hacia la segunda parte de la trama, donde comienza el viaje de Bella. Todo el relato fílmico será desde este momento a color, salvo las cortinas que lo fragmentan mostrando imágenes surrealistas en blanco y negro: “LISBOA” marca el inicio con la protagonista montada sobre un gran pez, “EL BOTE” muestra a una pequeña Bella saltando de la gigantesca mano masculina que pretende someterla, en “ALEXANDRÍA” la muchacha está dentro de una burbuja de jabón, en “PARÍS” flota en una piedra sobre un océano brumoso y “LONDRES”, la cortina final, anuncia su retorno al punto de partida mostrándola al cruzar un puente con pilares de gigantescos globos oculares; ilustraciones que recuerdan a los grandes pintores de la vanguardia. A partir de la segunda parte, Bella descubre el placer y el dolor, la embriaguez y la claridad, la impostación y el arte. Convirtiéndose en mujer paulatinamente, conocerá amigos como la vieja burguesa Martha Von Kurtzroc y el cínico anarquista Harry Astley, quien le mostrará las desigualdades y las injusticias sociales. Deriva al comercio sexual dueña de su cuerpo y de su propio desarrollo, asimilando cada transcurso hacia su humanización, mientras que Duncan es avasallado por este aprendizaje sin riendas y en su intento por detener tal exploración regresiona hacia la violencia, la súplica y la locura.

Lo monstruoso en la apariencia de Baxter, su ciencia y las imágenes del mundo representado, es absorbido por la inocencia de Bella y su capacidad de resiliencia, su elección ingobernable por el autoaprendizaje y la pureza de las acciones que la transforman de principio a fin en un ser capaz de rescatarse a sí misma de los prejuicios, la mala voluntad de los hombres y las perversiones de la tradición. En un momento en que la sociedad tiende a revalorizar a la mujer y eliminar los prejuicios y las desigualdades de género, “Pobres Criaturas” despeja el panorama con la sensibilidad de una verdadera obra de arte.

ALBERTO IVÁN STEWART GARAY

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