Y llegamos al final del día, después de haber sopesado la dulce y amarga sensación de amar. Si Antes del amanecer (1995) era el florecer del amor entre Celine y Jesse y Antes del atardecer (2004) su reencuentro, Antes del anochecer (2013) sería la vida en pareja; el amor que perdura a la cotidianeidad del día a día, de aquello que has construido con esa persona y que esperas que no se venga abajo. Primero fue Viena, después Paris y ahora Grecia, y pese a que haya un temor de caer en lo trágico que envuelve a un lugar como en el que se desarrolla la acción, lo que vemos es un retrato certero de los vaivenes de una pareja que ya se encuentra con una hipoteca, tres hijos y un sinfín de quebraderos de cabeza.
En la tercera y última entrega de la “trilogía del antes”, Linklater no vislumbra un futuro idílico de quien sabe que ha encontrado al amor de su vida, sino que plasma lo frágil que puede llegar a ser el amor, y de lo mucho que hay que tratar de cuidarlo con el paso del tiempo; ya no solo el amor en pareja, sino el amor en todas sus dimensiones, ya que sino lo cuidamos lo que nos queda es el mal sabor de habernos perdido momentos que nunca volverán a nosotros. Como dice el personaje de Jesse con respecto a la relación con su hijo, “antes deseaba que el tiempo pasara muy deprisa, pero ahora me doy cuenta de que lo que quiero es que vaya lo más lento posible”.

¿Qué es el amor? Parece ser la pregunta que se hace Linklater. Porque hemos crecido con una idea muy toxica y muy alejada de la realidad, de cómo el amor es algo que debemos encontrar y que una vez encontremos a nuestra “media naranja”, habremos hallado en ella la tierra prometida y todos nuestros demonios y miedos se disiparan para siempre, porque por fin podremos decir que alguien nos completa. Por muy ingenuo que suene, la verdad es que muchas generaciones (al menos la mía), hemos crecido con esa idea instaurada en nuestro imaginario colectivo. Lo peor es que, una vez sales y empiezas a vivir la vida por ti mismo, te dan cuenta que nada de lo que te habían contado era verdad.
Antes del anochecer (2013) es el amor después del amor, pero logrando que el uno y el otro no se pierdan durante el camino. El enamorarse es precioso, pero es algo efímero, como aquel amor anhelado e idealizado forjado por la distorsionada mente de uno. Es una prueba constante que enfrenta la dureza del tiempo, que nos recuerda que lo más fácil es sucumbir al desgaste tarde o temprano.
El arranque se diferencia de las anteriores entregas, pareciéndose más a una comedia romántica típica europea, que introduce al espectador en la vida familiar actual que tienen Celine y Jesse nueve años después que él decidiera perder ese avión de vuelta a Estados Unidos al ritmo de Nina Simone.
La intimidad que se cernía ante ellos anteriormente se pierde entre voces infantiles, lo que da lugar a que haya mayor número de personajes en esta película que en las dos anteriores, aunque luego la película vuelva a transitar la misma senda que nos había enamorado en Antes del amanecer (1995) y en Antes del atardecer (2004). Gracias a unos amigos que conocen en este paraje idílico de Grecia, tienen otra noche para ellos solos.

Antes de entrar de lleno en esa parte más propia de la trilogía, he de constatar lo mucho que me entusiasma su primer y casi segundo acto que, como decía, tiene un aire más a comedia romántica europea, pero en el que se reflexiona de manera magistral sobre las distintas vidas del amor. En particular esta comida que tienen y que reúne a todos los personajes de la cinta, hace que uno vea reflejado el amor en las distintas etapas de la vida o cómo entiende uno el amor a medida que va pasando el tiempo. Tenemos a esta bella pareja joven que vienen a representar ese amor tierno y apasionado de la juventud en el que todo parece ser un constante frenesí. Por otro lado, el amor de la mediana edad representado por Celine y Jesse, y la pareja que les regala la noche de hotel. Y para finalizar, el amor de la tercera edad, con el escritor que les invita a la isla y su amiga que debe de ser de su misma quinta. Particularmente en esta parte de la película, los diálogos son de una riqueza al alcance de muy pocos. Nacen de lo cotidiano, pero acaban teniendo una gran carga emocional de la que el espectador se hace participe de una forma o de otra. Linklater encuentra un tono perfecto y armonioso, que de alguna manera engloba lo que viene a ser esta última entrega.
El final es un último paseo de tantos que darán la pareja, uno en el que el amor incondicional que se procesan se pondrá a prueba, porque nadie, ni tan siquiera una de las parejas de amor más legendarias del cine puede doblegar al tiempo sin pasar por momentos amargos. El vaivén de situaciones que van ocurriendo en esa tarde llegada a la noche, representa todo lo que son y serán el uno para el otro, sigan juntos o no. Es una demostración de que el amor puede ser frágil, pero que nadie puede romper tantas vivencias como las que han vivido juntos los personajes interpretados por Ethan Hawke y Julie Delpy. La llegada al hotel y todo lo que desemboca durante dicha secuencia, es algo atronador que pone a la película a la altura de sus predecesoras. Qué bien orquestada y qué bien escrita está esa escena donde discuten y vomitan todo lo que se han guardado durante tanto tiempo en pareja. Lo de Julie Delpy en particular es algo increíble de ver, una fuerza de la naturaleza que rompe con todo a su paso. Su interpretación es antológica, en la que puede que sea la escena más devastadora de toda la trilogía.

¿Y qué queda a todo esto? ¿Qué se puede esperar de una pareja que se quiere tanto, pero que tiene momentos donde parecen volverse dos extraños? Quizás eso sea todo, quizás eso signifique el fin… El mal sabor que deja esa última frase de Celine en la que le dice “quizás sea algo tan sencillo, como que ya no te quiero”, es algo que a nivel personal me sobrecoge enormemente. Pero, pese a saber todos los defectos del uno y del otro, pese a que ya la pasión de su historia de amor parezca haber adquirido un tono más de compromiso, la historia no acaba ahí o al menos hasta donde nosotros llegamos a ver… Jesse va en busca de Celine, la cual encuentra en una terraza cerca del mar.

Ese intento de jugar, de retornar y recordar a la otra persona todo aquello que hicieron que se enamoraran perdidamente el uno del otro, parece no funcionarle tan bien como creía a Jesse en un principio. Pero, en el momento de mayor sinceridad por parte de Jesse, suelta la que puede que sea la frase más crucial de toda la trilogía: “Si de verdad quieres amor verdadero, es este” Y no hay más, porque ni la vida y mucho menos el amor es fácil, y pese a que lo que idealizamos en un tiempo atrás haya perecido, ese amor y esa ternura más cercana a la amistad sigue subsistiendo, y con ello la eterna historia de amor entre Celine y Jesse.




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