Cuando descubres el cine de Rainer Werner Fassbinder, ya no hay marcha atrás. La mayor figura del nuevo cine alemán de los setenta, que demostró ser uno de los más prolíficos y autodestructivos creadores de la historia del cine. Hizo un total de cuarenta y un largometrajes en menos de 15 años, a la vez que realizó series para la televisión alemana e innumerables obras de teatro que siguen siendo vigentes a día de hoy. Tanto su obra artística como su figura van irremediablemente de la mano, en uno de los autores más dados al exceso y qué desgraciadamente por ello, se marchó demasiado pronto. Es por ello que hoy vengo a hablar de una de sus grandes obras maestras, que recientemente tuvo un remake muy interesante que realizó el grandioso François Ozon: Las amargas lágrimas de Petra von Kant (1972).
Una película que marcó un antes y un después en la propia concepción del melodrama, y que inspiró posteriormente a directores del género de la talla de Pedro Almodóvar o Todd Haynes. Con una puesta en escena tremendamente teatral, algo habitual en sus películas, Fassbinder nos sumerge de lleno en la desesperación de una diseñadora que pierde irremediablemente el rumbo a causa del amor que procesa hacia una joven modelo que conoce.

Es de una belleza inaudita la manera que tiene de componer cada plano, jugando continuamente con las perspectivas con una sutileza al alcance de pocos cineastas. Siempre parece estar un personaje cerca de la cámara, mientras los otros dos están en segundo plano dando una sensación de armonía y de sincronía absoluta, como si de un cuadro se tratase. Y es que eso es lo increíble de Fassbinder, que adoptaba diferentes matices de distintas artes, para luego experimentar y llevar a cabo sus creaciones con mayor o menor acierto, pero sin dejar indiferente a nadie.
Libertad
Las amargas lágrimas de Petra von Kant (1972) es sin lugar a dudas uno de los mayores ensayos fílmicos sobre la condición humana que se han hecho jamás. La manera que tiene la película de ahondar en lo más luminoso y a la vez decrepito del ser humano, es algo que sobrecoge y que es verdaderamente impactante en el primer visionado. El personaje de Petra von Kant es ya un personaje icónico, que parece sacado de la mitología griega. Quizás ahí radique la puesta en escena de la cinta, en la que todo el film transcurre en la vivienda de Petra. De fondo vemos un mural de un cuadro renacentista, mientras ella, su criada y sus huéspedes visten con harapos totalmente camps y que parecen venir más de una convención intergaláctica, más que de la Alemania de la década de los setenta.
A nivel narrativo nos vamos adentrando de manera sosegada en la vida de esta mujer tan particular, que reflexiona sobre la vida y el amor en términos de libertad y de entendimiento mutuo, casi desde una condescendencia propia de alguien que cree que está por encima del resto. La libertad entendida en unos términos totalmente posmodernos para la época, en la que no aboga por poseer a la otra persona; aunque en eso como en otros temas que se van abordando en el film, vemos como choca con las contradicciones del ser humano.

La manera que tiene Petra de hablar de su relación matrimonial, nos da a entender que estamos ante un personaje, que casi de la noche a la mañana se desfigura como algo totalmente distinto a lo que habíamos visto antes. Pero esto, pese a que pueda parecer prematuro y demasiado excesivo, Fassbinder lo sabe condensar de una manera para que no se haga para nada raro y que de hecho eleve al personaje. Esa es una de las grandes virtudes que contaba Fassbinder, que era la de escribir personajes poliédricos que eran especialmente interesantes cuando se trataban de personajes femeninos.
Opresión
Su amor por Karin, una joven chica con aspiraciones de ser modelo en Alemania, la deja fascinada y totalmente absorbida por su figura. Son especialmente hermosos los planos en los que, a través de leves movimientos de cámara, vemos como sus cuerpos interactúan y cómo el silencio muchas veces juega un papel fundamental. El melodrama tratado desde unas máximas casi propias de directores como Bresson, en donde lo trágico no se llena de histeria, sino que encuentra su habitáculo en el vacío en el que acaban zambulléndose los personajes.
Vuelvo a incidir en ese juego de perspectivas, que es demoledor también por el gran montaje que tiene la película. Es aparentemente muy teatral, pero en realidad es una película puramente cinematográfica si te paras a pensar. Fassbinder toma en todo momento decisiones acertadas e intencionadas, que no caen en la mera improvisación del que pudiera pensar que el peso de la película lo va a sostener el guion y las interpretaciones. No obstante, es indudable que tienen un peso notorio en Las amargas lágrimas de Petra von Kant (1972), siendo Margit Carstensen la gran protagonista y la que más brilla por ello.

En su segundo acto se entra de lleno en la opresión, cuando el amor nos lleva a encadenarnos hasta asfixiarnos por esos impulsos inherentes que uno va adquiriendo a lo largo de la vida. Petra no quiere que Karin sea libre, la quiere para ella sola y queda muy claro en el momento en el que le pregunta si se había acostado con un hombre. Las inseguridades, los celos, la rabia, las incongruencias, todo salta por los aires en un juego interpretativo demoledor que deja sin aliento al espectador.
Es la crueldad lo que gravita en ese espacio, sintiendo como los personajes (en especial el de Petra) se rompen y se consumen con este juego tan perturbador al que están jugando, como si de verdadero amor se tratase.
Consumirte
El tercer y último acto es cuando la desesperanza toma lugar, y rompe con todo lo que hay. Ya no hay esperanza para el amor, por lo que para qué vivir; piensa Petra esperando como si de una heroinómana se tratase la llamada de aquella mujer que cree amar y necesitar con locura. El ser humano en su más bajo esplendor es lo que retrata Fassbinder, pero sin evitar que del mismo modo uno se compadezca por el dolor de la protagonista, puede que al verse interpelado por unos sentimientos que nos son conocidos para todos.

Lo estrambótico y trágico de la escena, es la naturaleza humana abriéndose paso a través de la desesperanza del que encuentra en la perdida el fin más irremediable de todos. Es una película devastadora en todos los sentidos, que a mí en particular siempre me deja muy tocado y con un vacío del que me cuesta reponerme enseguida. Sin embargo, cada visionado me quedo igual de perplejo, como pocas películas lo han conseguido hacer durante mis 28 años de vida, a la vez que me veo a mí mismo en esa mujer que languidece y que llora amargamente por un sueño roto de los que no es fácil recomponerse. Es la pasión, el todo o nada llevado al límite máximo en términos cinematográficos, y es por ello que Fassbinder es uno de los directores más jodidamente espectaculares de la historia del cine. Porque todo lo que hizo, lo hizo con esa urgencia, esa necesidad del que necesita verter su corazón y servirlo de ofrenda a los asistentes, que esperan ver en ello algo artístico y lleno de belleza.




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