El viento que arrasa: el campo como lugar de lo inexacto Spoilers

Críticas: Crítica de “El viento que arrasa”, película de Paula Hernández +  Podcast - Otros Cines

El viento que arrasa: el campo como lugar de lo inexacto

La nueva película de Paula Hernández, directora de Los sonámbulos y Las siamesas, es una adaptación de la primera novela de Selva Almada, El viento que arrasa. En ella, coexisten dos mundos: el del reverendo Pearson y su hija Leni, y el del mecánico “Gringo” y su hijo apodado Chango. Los primeros se dedican a recorrer los territorios más diversos predicando el evangelio, y los otros auxilian aquellos vehículos que se averían cerca de su recóndito hogar en el campo.

Estos dos universos parecen no tener nada en común. Ni siquiera una razón para cruzarse. Sin embargo, un día, el auto de Pearson deja de funcionar en pleno viaje. Mientras intenta aquietar el mal humor de Leni por el desperfecto técnico, le dice que Dios no los va a dejar solos y les va a enviar a alguien. En ese mismo segundo, aparece el camión que los lleva donde Gringo y Chango. Lo que comienzan siendo un par de horas a la espera del arreglo se convierten en un día entero de revelaciones sobre las dinámicas familiares de ambos dúos, cuyas extrañezas despiertan no pocos cuestionamientos.

Entre los múltiples rasgos complejos que la producción ostenta, el de la configuración de los espacios es de los que más resalta. Leni y Pearson viven en un auto como nómades, y Chango y Gringo pasan sus días en un taller mecánico que también funciona como una casa. Se trata de moradas no prototípicas, techos de historias que se alejan de lo común. Examinemos como se construyen estos lugares.

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El auto de Leni y el reverendo Pearson

Con una labor como la del reverendo, no hay tiempo para la quietud. Su vida está dedicada única y exclusivamente a compartir la palabra de Dios para perdonar los pecados de los creyentes y no creyentes ¿Quiénes? ¿De dónde? Todos, y de todos lados. Mientras su auto funcione, Pearson visitará cada pueblo del mundo con tal de salvar la mayor cantidad de almas que su vocación y tiempo en la tierra le permita.

El segundo trabajo del reverendo es ser padre de Leni. No lo calificamos como una ocupación porque requiera mucha laboriosidad, sino porque su lazo está en extremo relacionado con el oficio del evangelio. Leni auxilia a su padre día, tarde y noche. Cada minuto de su tiempo está destinado a acompañar la extenuante cotidianeidad del predicador. Ella no se niega a tales esfuerzos, aunque tampoco muestra señales de disfrutarlos. Los acepta como quien nace con un designio ineludible. Y Pearson cree fervientemente que él y su hija existen para resarcir al mundo.

Tal misión suprema requiere un hogar que pueda armarse y desarmarse en los viajes infinitos de este equipo de dos. No podría ser un espacio de cuatro paredes, ya que ello interferiría con el alcance de su cometido. Tampoco convendría que se alojen en una van, porque no son pocas las veces en las que los habitantes de los pueblos que visitan les ofrecen alojamiento. Un auto es la morada perfecta. Igual que ellos, dicho vehículo nunca tiene la necesidad de frenar, y siempre está listo para partir.

Al mismo tiempo, este medio de transporte aloja cierto carácter sacrificial que coincide con el de las rutinas de Leni y el reverendo Pearson. Sus asientos no son una cama cómoda, pero, en caso de urgencia, siempre pueden prestarse para tal función. Sus ruedas no están hechas para avanzar sobre barro mojado, pero, si se insiste con el acelerador, el auto intentará atravesarlo a como de lugar. Su baúl no es un asiento para mitigar el cansancio de los trayectos largos mientras se toma aire fresco. Sin embargo, por su conductor, aquel corazón de nafta y engranajes estará dispuesto a intentarlo todo. Gracias al poder del cine, el automóvil trasciende sus funciones teóricas y se vuelve parte fundamental de la misión evangelizadora.

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El taller mecánico de Gringo y Chango

Aunque, a diferencia de Leni y Pearson, El Gringo y Chango se alojan en un espacio estático, su morada también se entremezcla con el oficio. En aquel taller mecánico ubicado en un punto inexacto del campo, Gringo y Chango trabajan, duermen y comen. No es tanto una casa con un espacio secundario para el arreglo de vehículos, sino un lugar de mecánica que ofrece un par de comodidades propias de una casa.

El campo inacabable que se extiende alrededor del terreno lo hace parecer el único lugar en el mundo, cuyos únicos habitantes son El Gringo y su hijo. Desprovistos de cualquier clase de estímulo diferencial, su existir solo está motivado por el arreglo de vehículos. Para esta rutina, un taller-casa es ideal, ya que les permite tener las herramientas del trabajo a mano y acomodarse en lo justo y necesario para existir en los momentos de no labor.

El cuarto del Chango es, sin lugar a dudas, la zona más interesante de este sitio. Fotos de una madre ausente e imágenes religiosas de la difunta correa se intercalan sin orden alrededor de toda la habitación, como si Chango no supiese qué espacio y definición otorgarles en su vida. Poco sabe sobre ambas, pero está consciente de que guardan secretos importantes sobre sus orígenes, y por eso sus imágenes están ahí, a la espera de que alguien venga a descifrarlas.

Quien se ocupa de dicho otorgamiento de significado es Pearson. Una vez que entra al cuarto de Chango, el taller mecánico suma una tercera función: la de actuar como espacio religioso. Mediante palabras cargadas de poder divino, el reverendo dota de alma a cada elemento del habitáculo. Los organiza como un rompecabezas, cuyo resultado es la imagen del Chango consagrado a una existencia devota a Dios.

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El campo

La zona rural que abarca a estos dos hogares es un no lugar. No se sabe donde está ubicado, ni se conoce el año que transcurre en sus suelos cuando Leni y Chango se encuentran por primera vez. En sus pastos bajos, nada puede ser ocultado ni camuflado. Todo lo que se revela, lo hace en su máximo esplendor. Por eso, las dinámicas familiares son alumbradas con un sol que las deja enteramente al descubierto, para que luego el viento arrase y se lleve lo que no sea de utilidad o lo que no resista un temporal.

Cuando Leni y Pearson llegan al taller mecánico, el clima se encuentra absolutamente detenido en un calor pesado y estático que desgasta a los personajes hasta desproveerlos de cualquier formalismo. En este momento, los cuatro comienzan a abrir sus corazones unos a los otros. Más tarde, cuando Pearson decide salvar el alma del Chango, los vientos y las bandadas de pájaros comienzan a agitarlo todo, vaticinando un cambio que no será bueno ni malo, sino trascendental. Por último, de noche, cuando azota el temporal y los dos padres se agreden el uno al otro físicamente por el destino del Chango, una potente lluvia se desata sobre sus cabezas. Aunque la oscuridad encubre los golpes que ambos se propinan, cada gota de agua los limpia de los modales artificiales con los que se habían tratado hasta ese momento. En otras palabras, evidencia sus verdaderos caracteres.

El campo es, entonces, el lugar en el que nada puede resistir la crudeza de la naturaleza. Sus dos sub hogares (el auto y el taller mecánico) son, al contrario, los espacios en los que los secretos de los personajes se encuentran más cómodos y resguardados. Claro está, los últimos perecerán ante la primera.

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