
Madres, hijos y sangre: análisis de la maternidad en el cine de Demián Rugna
El año pasado, el Festival de Sitges tuvo una de sus mejores ediciones. Late Night with the Devil, Stopmotion y Vincent Must Die fueron solo algunos de los títulos fuertes que pelearon codo a codo por los premios mayores. Incluso con esta competencia titánica, Demián Rugna consiguió llevarse el galardón a mejor película. Si hubo algún sobresalto, se debió, como en el caso de Bong Joon-ho en los Oscars del 2020, al hecho de que una industria cinematográfica comúnmente ignorada fuese laureada por primera vez. En lo que respecta a la victoria del director, no hubo desconciertos ni cuestionamientos. Solamente aplausos.
El reconocimiento celebró la excelencia de Cuando acecha la maldad, pero también podríamos considerarlo como una suerte de distinción a la trayectoria filmográfica de Rugna. Desde el 2007, el cineasta argentino trabaja incansablemente para materializar sus ideas en imágenes tangibles dentro del ya conocido complejo contexto nacional. En un país en el que hacer cine es satisfactorio y agotador en partes iguales, confeccionó historias aptas para competir contra las mejores tramas del cine de género estadounidense. No es extraño que a todo el mundo le encanten sus películas. Sin ir más lejos, reúnen los puntos fuertes de todas los tipos de terror y los aúnan a través de la idiosincrasia de su lugar de origen.
¿Qué hizo Rugna para cosechar los aplausos de creadores como Scott Derrickson, James Wan y James Cameron? La respuesta tiene mucho que ver con la originalidad de su estética, pero también está fuertemente relacionada con un rasgo que él posee y sus contemporáneos no: la búsqueda de la perfección en el eje temático. Mientras la mayoría se preocupa por aspectos efectistas, el director de The Last Gateway deposita sus esfuerzos más extenuantes en construir relatos sólidos, con personajes reales y devenires que interpelen al espectador. Una de sus herramientas narrativas es especialmente interesante, y merece un análisis profundo. Desglosemos como Demián trabaja el tropo de la maternidad para comprender el impacto de su cosmovisión cinematográfica en la historia del cine de terror.

La maternidad invencible
Una de las principales búsquedas de Rugna parece estar relacionada con la vulneración de lo sagrado. Observando la totalidad de su filmografía, no nos será difícil concluir que el director concibe el mal como un elemento que quiebra hasta los lazos de amor más estrechos. El de las madres y los hijos no es la excepción y, de hecho, suele estar puesto en primer plano en varias de sus películas.
Dicho motivo se desarrolla con mayor minuciosidad en dos de ellas: Aterrados y Cuando acecha la maldad. En la primera producción, la maternidad es explorada a través del personaje de Alicia, una vecina que se vuelve protagonista de la antología paranormal cuando su hijo fallece en circunstancias trágicas y regresa a su hogar como un cadáver putrefacto.
A pesar de la urgencia paranormal de la situación, Alicia no duda en servirle la leche y las galletitas al cuerpo (no tan) inerte de su hijo, sentado donde siempre solía sentarse para tomar la merienda. Más tarde, cuando ella decide llevar al convaleciente Funes al hospital, el pequeño está sentado en la parte trasera del auto. Con voz de madre que duela el cese de la vida de su niño y protege su nueva existencia mortífera al unísono, dice “No lo iba a dejar solo”. Esta frase sintetiza a la perfección el carácter de las progenitoras y sus criaturas en la filmografía de Demián: el de seres humanos inmortales.
Su motivo autoral construye, como dijimos, relaciones madre-hijo que son destruidas por el mal. Pero, incluso después del fallecimiento de uno de los dos extremos del lazo, ambas partes vuelven a buscarse con una fuerza infinita que supera las limitaciones de la muerte. En el caso de Aterrados, un hijo fenece, pero ello no le es impedimento para volver con la persona que le dio la vida, quien la espera con brazos abiertos y predisposición absoluta a rearmar el núcleo familiar.
En Cuando acecha la maldad, el tropo se teje con una profundidad más compleja y a la inversa. Esta vez, quien muere de manera funesta es Sabrina, la madre de los hijos del protagonista. Igual que el pequeño de Aterrados, vuelve a la vida para recuperar lo que dejó atrás. Pero los detalles de la resurrección y consecuente movilidad del primero se obsequian a la imaginación del espectador, mientras que el cadáver caminante de la ex mujer de Pedro se nos revela en todo su carácter paranormal.
Una noche, el cuerpo deshecho de Sabrina llega con paso parsimonioso al lugar del campo donde se alojan sus hijos. Clama en voz baja por las criaturas, como si encarnase la famosa leyenda de La Llorona. Con sumo sigilo, y apenas alertando a la abuela de los chicos, alcanza la cama en la que duerme Santino y lo levanta con un cariño maternal que excede su condición de fallecida. Él se deja acunar entre sus brazos. Sin preocupación alguna, saltan del balcón de la casa para desaparecer en el horizonte rural. Más tarde, son los protagonistas de aquella terrible escena que parece replicar el Saturno devorando a su hijo de Goya.
Comparando a Sabrina y Alicia de Aterrados, logramos cerrar el sentido de la maternidad como un lazo de sangre que vence los infiernos de la muerte y dirige la intensidad de su amor hacia zonas insospechadas y tenebrosas. Después de todo, ¿Qué no haría una madre por su hijo?

El parir
Otro elemento asociado al maternar que se encuentra muy presente en la filmografía del director argentino es la concepción. Puede verse con claridad absoluta en su primer largometraje, The Last Gateway, donde el protagonista sufre la apertura equívoca de una puerta al infierno en su estómago debido a un error de cálculo de un hechicero vecino. Apenas pasa la primera media hora de la película cuando un monstruo inconcebible sale de sus extrañas, como si del pequeño Xenomorfo de Alien se tratase.
Mediante esta decisión artística, Rugna parece indicarnos que el mal surge de la negligencia del ser humano a tratarlo como es debido; una idea que también desarrollaría en Aterrados y Cuando acecha la Maldad.
El caso de Aterrados es más metafórico. No hay ningún nacimiento propiamente dicho, pero sí alegórico. Cerca del final, un deformado Walter es encontrado por Mora Albrecht dentro de las paredes del hogar que investiga. Lo ve a través de una grieta que, segundos después, funciona como médium para uno de los mejores jumpscares en la historia de nuestro cine de género, donde Walter abduce a la descuidada Albrecht y la arrastra al escondite situado en los cimientos de aquella morada diabólica. Luego, él emerge de aquella grieta en un renacer inducido, donde deja morir al oficinista víctima de un ser paranormal, para convertirse él mismo en esta entidad. La cuadra donde se desarrollan los hechos diabólicos funciona como una procreadora de seres malditos, de los cuales Walter es el más literal en cuanto a su función de “hijo”.
Por otro lado, Cuando acecha la maldad es el ejemplo perfecto de este tropo. Al final, por el accionar equívoco de Pedro y compañía, la maldad más pura nace del cuerpo embichado de Uriel. Esta vez, sí es un nacimiento propiamente dicho, porque la figura que surge de las entrañas del último es un niño. Su madre no es una Alicia ni una Sabrina, sino el resultado de los intentos fallidos e inconscientes por parte de los personajes para detener el avance de la putrefacción.
Tanto el tropo de la maternidad como de la concepción podrían entenderse como argumentos de la misma conclusión: el mal puede ser combatido, pero siempre arrasará con todo lo que se le interponga; sean madres, hijos, hechiceros, o los mismos cuerpos de los personajes cuando busquen dar batalla biológica a los demonios gestados dentro de ellos.



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