"NO ESPERES DEMASIADO DEL FIN DEL MUNDO”: INCOMODÍSIMA DESCOMPOSICIÓN DE LA EUROPA POBRE 

"No esperes demasiado del fin del mundo" no sólo es un nombre llamativo, con reminiscencias al de una canción pop de los 80’s de REM, sino el título de una película que pone al espectador durante 163 minutos en estado de asombro. Se trata de un filme de casi tres horas de duración en las cuales no sabemos muy bien qué esperar de lo que estamos viendo, lo cual termina siendo excitante.

El rumano Radu Jude levantó polvareda en el último festival de Cannes gracias a esta propuesta radicalísima que no tiene miedo de coquetear y tutearse con los filmes más políticos de Godard o con las propuestas más humanistas, pero igualmente políticas del cine iraní, como las películas de Jafar Panahi (sobre todo, pero no únicamente, con “Taxi”).

La trama en sí no es compleja, lo complejo, lo duro, lo “imposible” de “No esperes demasiado del fin del mundo” es lo que viene a decirnos Radu Jude. Tenemos a una protagonista de nombre Angela (una magnética Ilinca Manolache) que es asistente de producción en publicidades, películas comerciales, documentales, etcétera, que se realizan en Rumania por los bajos costos que implican para países ricos como Austria o Alemania. Angela se la pasa manejando de una punta a la otra de Bucarest para hacer un llamativo casting de discapacitados (que serán escogidos por una empresa de seguros laborales para un infocomercial), conseguir lentes o comida, servir café y hacer de chofer, todo por una paga mala, de la que se queja porque la precarización es absoluta.

Pero Jude no tiene en Angela a una víctima oprimida de fábula socialista, sino a una mujer aguerrida que para descargar su ira ha construido un personaje en TikTok que empieza a tener éxito en las audiencias juveniles: gracias a los filtros se transforma en un hombre totalmente racista y misógino, de lenguaje soez y repugnante, que ella espera sea leído como se interpretan las historietas de Charly Hebdo, pero que probablemente sea tomado al pie de la letra por los consumidores narcotizados por las redes.

El director rumano nos muestra una cotidianidad, un minuto a minuto de esta mujer que apenas puede dormir cuatro horas en un blanco y negro ruinoso, cero glamoroso, que hace contrapunto con las secuencias de colores chillones típicas de TikTok en las que Angela deviene en su Mister Hyde, un hater, un odiador serial.

Como todo gran artista, Jude es caprichoso y decide hacer dialogar a su Angela con otra mujer del mismo nombre que protagonizó en 1981 una película (“Angela avanza”, de Lucian Bratu) dado que entonces era una de las pocas mujeres taxistas de Bucarest. Así, entre el presente disociado de la Angela de Jude (que como dijimos es su Doctor Jekyll y su Mister Hyde cuando apaga o enciende su teléfono para filmarse) y la Angela de la vieja película hay coincidencias que generan empatía en el espectador, pero también hay abismos, porque la Rumania de los 80’s de Nicolae Ceaușescu ya no existe, aunque la actual Rumania no parece ser un lecho de felicidad. Hay racismo para con los gitanos, desdén de los hombres para con las mujeres que conducen, y mucha, pero mucha crueldad de los que tienen riquezas (la política parece estar arrodillada ante el poder económico) sobre los que no tienen un peso.

Cada filme de Jude es una enciclopedia de citas: textuales, orales, visuales y auditivas que invitan a hacer una hermenéutica profusa de la obra. En “No esperes demasiado del fin del mundo” hay una frase que se cita por ahí, entre tantísimas y de todas las calañas, que corresponde al esloveno Slavoj Zizek y parece que que da en el clavo. Porque abrirse a la experimento de ver “No esperes mucho del fin del mundo” es como leer “Mirando al sesgo”, de Zizek, quien para analizar y sobreanalizar a Lacan proyectaba el edificio teórico del psicoanalista y filósofo francés sobre obras de la cultura popular como “Cementerio de animales” de Stephen King o “Blow up” de Antonioni. Jude adopta el mismo método: para analizar críticamente las condiciones concretas de existencia (en el sentido marxista) de los habitantes de Bucarest nos suministra una galería de chistes, frases populares y anécdotas que ayudan a entender mejor el estado de las cosas en el país de la Unión Europea “más pobre”, como dice Ángela antes de recalcar que Albania está peor, que incluso “son más primitivos", pero no está en la zona euro.

En la larga decenas de autores citados aparece también Goethe, ya que un personaje dice ser descendiente del prócer de las letras alemanas. Este personaje, interpretado por la grandiosa Nina Hoss, cuenta que el autor de Fausto al momento de morir dijo, según los historiadores, la frase “hay luz”, pero la tataranieta (o algo así) sugiere que, en realidad, a nivel familiar siempre se sostuvo que lo que Goethe dijo fue: "hay nada".

Entre la nada y la luz hay un millón de ideas que se superponen y Jude es totalmente consciente de que para transmitir cualquiera de estos dos grandes significados, y la paradoja que los envuelve, lo que tiene que hacer como cineasta es recargar su película de instantes henchidos de verdades a medias, porque ninguna verdad es total.

Lo atrapante de “No esperes demasiado del fin del mundo” es que se atraviesa con sed, queremos más de ella, aun sabiendo que al final del camino, cuando la película culmine con un incomodísimo plano secuencia de media hora, no tendremos mucho que rescatar porque ya su título nos indica que lo que prima en nuestra vida no es el sentido sino el sinsentido.

Jude logra, gracias a una enorme destreza audiovisual y sobre todo a muchísima creatividad, construir una película OVNI, inclasificable, con ráfagas de crueldad y tremendamente hilarante. Pero la risa que brota de sus imágenes es la que nos produce incomodidad, porque si la vida de Angela, la asistente de producción, es dura en la ruinosa Bucarest, también lo es la experiencia de ver “No esperes demasiado del fin del mundo”.

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