John le Carré: el espionaje, las palomas y el túnel. 

I.

Dice Errol Morris que, por lo general, no tiene idea de por dónde comenzar sus películas; pero que para The Pigeon Tunnel, hubo “un diálogo” que le aclaró el panorama. Estamos hablando del director de The Thin Blue Line (1988), The Fog of War: Eleven Lessons from the Life of Robert S. McNamara (2003) y Standard Operating Procedure (2008); se trata de uno de los realizadores fundamentales del cine documental contemporáneo. Y en esa frase, sintetiza su manera de pensar el cine: arrojado a la tarea, Morris permite que sea ésta la que le dicte el guion, de alguna manera oculto en la misma experiencia de rodaje.

Pero volvamos a la frase. Hubo “un diálogo”, dice Morris, que le permitió entender por dónde encaminar al documental. El diálogo en cuestión fue con el propio protagonista de la película, el escritor John le Carré. “Fue algo que me dijiste sobre la naturaleza de nuestra relación”, le dice. Acto seguido, Le Carré aclara que lo que le había dicho en esa ocasión, tuvo que ver con algo profundo, diferente: “Te pregunté quién eres”.

Para respaldar el sentido de lo dicho, el escritor inglés le comenta al cineasta norteamericano, que había visto sus documentales, en donde percibía cómo éste cumple con un rol espectral: “A veces jugás a ser Dios; en otras ocasiones, elegís estar presente”. Y remata: “Necesitaba saber con quién hablaba. ¿Eres mi amigo al otro lado del fuego? Esto es arte escénico, necesitas saber para quién actúas”.

John Le Carré / Errol Morris

II.

Así comienza John le Carré: volar en círculos (The Pigeon Tunnel), dedicado al escritor británico y maestro del espionaje, fallecido en 2020; autor de El espía que surgió del frío, El topo, El jardinero fiel; entre muchos más títulos admirables. La voz de Errol Morris -espectral pero presente- participa desde el fuera de cuadro, mientras la imagen la ocupa el escritor: ¿John le Carré actuando como Le Carré?, ¿qué quiso decir con esto de “saber para quién actúas”?

En sentido análogo, ¿es una entrevista o un interrogatorio? Siendo Le Carré, la advertencia es válida. Pero también, ¿cuál es la manera adecuada para llevar a cabo un diálogo? Los métodos, por variados que sean, pueden perseguir cometidos similares; se trate de un interrogatorio de espías o de una entrevista cinematográfica. Le Carré -alguien que verdaderamente sabía sobre el tema- dirá que, en última instancia, se trata de entrar en simpatía con el otro; aun cuando, advierte, nunca podrá saberse quién es la persona que está frente a uno. Atar esto al cuidado con el cual el escritor se puso a escudriñar los documentales de su entrevistador, da cuenta del duelo de inteligencias y sensibilidades que el film promete. Algo que guarda un correlato dual: sea con la obra literaria de uno como con la obra cinematográfica del otro.

Dicho esto, y dispuestos a acompañar el relato simbionte de Le Carré y de Morris, las preguntas se imponen; porque ¿hasta dónde Le Carré es hablado por Morris?, ¿quién tiene control sobre quién?, ¿cuál de los reflejos elegir? Si se trata de John le Carré, se sabe que la frontera es lábil. Por las dudas, vale la aclaración: antes de dedicarse a la literatura, Le Carré cumplió tareas de espía al servicio de su Majestad; ¿quién mejor que él para escribir ficciones así? En todo caso: pocos como él (Ian Fleming, tal vez). Por eso, ¿cuál de las imágenes rebotadas elegir? ¿La del autor de bestsellers de espionaje? ¿La de David Cornwell, el espía secreto? ¿Una es némesis de la otra? ¿O se trata de identidades intercambiables? La que se elija repercutirá, invariablemente, en la otra; ambas se miran y la ambigüedad replica.

En otras palabras, sin haber cumplido tareas de inteligencia durante la Guerra Fría, para el MI5 y el MI6, David Cornwell nunca podría haber escrito como John le Carré. Pero también -y éste es uno de los lugares donde el film ahonda y apasiona-, sin la infancia vivida, ese suelo fértil de donde todo lo demás crece, ¿qué clase de espía o de escritor habría sido Cornwell/Le Carré?

El escritor y el encuadre simétrico.

III.

En el recorrido biográfico e histórico propuesto por The Pigeon Tunnel, la infancia del futuro espía/escritor se muestra compleja, con una madre ausente y con un padre maestro del fingimiento. Si la casa de la infancia era tal como los recuerdos la cuentan, será difícil de dilucidar; el ejercicio de la memoria cubre de ornamentos y disimula olvidos. Y por allí, siempre, se cuela el arte de imaginar. Por esta vía y de modo temprano, el futuro escritor se adentra; lo hace también a través de la figura de su padre, Ronnie Cornwell, quien disfruta de disparar a palomas desde la terraza de un casino. Ésta es toda una imagen, un enclave; en donde el film hace pie para organizar su relato. Y vale describirlo.

El casino tiene un sistema: un túnel que las palomas atraviesan hasta el final, atraídas por la luz distante. Al salir de allí, revolotean a la libertad. Pero reciben disparos. Las que sobreviven, no escapan, sino que regresan al mismo lugar; a la espera de que ese túnel vuelva otra vez a mostrar su luz. Al fin y al cabo, así fueron criadas. Una y otra vez, la misma ruleta mortal. Esa imagen, cuenta Le Carré, lo impactó y acompañó para siempre. Hasta el punto de ser el título elegido y descartado para sus novelas. Finalmente, fue el nombre de su libro de memorias: The Pigeon Tunnel: Stories from my Life; y el que también eligió Morris para su documental.

IV.

Escuchar a John le Carré permite un viaje en el tiempo, a los confines casi lejanos del siglo pasado y sus aventuras grises. A diferencia del pop estilo James Bond, los espías del escritor no tienen glamour, son añosos y rumian malestar. Como bien dice él: quien lee a sus personajes, no quiere identificarse con ellos. Entonces, ¿puede uno identificarse con él, mientras habla, dice, explica y se justifica?

Entre las historias de vida -con la figura de ese padre y mentor, terrible en su desfachatez, maestro del engaño, estafador del afecto (y del dinero)- y los hechos históricos, el film de Errol Morris construye una figura escurridiza y sólida. La templanza con la cual Le Carré habla provoca admiración, sus palabras nunca trastabillan, tiene memoria perfecta, y dice de modo preciso cuando se siente dolido o conmovido. En este caso, sobresalen, al menos, dos momentos.

Ya abocado a su tarea como espía, Le Carré traiciona la confianza de un compañero de estudios, que era comunista. “Él estaba en el bando equivocado”, se justifica; si bien luego, irónico, pero sin gracia, agrega que nunca “puede saberse si se está en el lugar correcto”. De lo que se desprende el sinsentido en el que estuvo atrapado, sino él, la humanidad entera durante la Guerra Fría. ¿Fue la literatura la liberación o sublimación de este malestar? El otro episodio, memorable, tiene que ver con el padre, quien pronto a morir, le pide dinero. Un préstamo. Darle dinero a alguien como su padre, era caer en una trampa que no estaba dispuesto a tolerar. De todos modos, Le Carré no puede evitar una emoción subrepticia durante el relato. Todo un logro para la película de Morris.

Tantas caras como reflejos.

V.

Mientras el autor de El topo habla, The Pigeon Tunnel intercala fragmentos de sus libros, recortes periodísticos, archivo fotográfico, se vale de la ficción y de la animación (palomas digitales), y establece un límite laxo entre los hechos ciertos y los imaginados: así, lo realmente vivido troca en situaciones ficcionales. Entre medio, acompañan fragmentos de las muchas películas que versionaron su obra. Todo oficia como un caleidoscopio, donde las imágenes siempre ofrecen una réplica. Los mismos encuadres muestran a Le Carré dividido entre espejos, o con imágenes superpuestas de dimensiones variables. La lectura visual se vuelve maleable y recuerda al Orson Welles de La dama de Shanghái.

Sobre el desenlace, hay una confesión que parece cierta; “algo que nunca dije”, adelanta el escritor, cauto en cada palabra: “Soy un artista”. Escribir lo hace feliz. Que los libros sean buenos o malos, ya es otro asunto (son muy buenos, claro); lo que importa es escribir. Allí la felicidad elegida y la tranquilidad de corroborarlo con el tiempo ocurrido, con la vida vivida.

Como corolario y rebote, no será desacertado pensar en que la misma vida, quizás, sea una puesta en escena de fingimientos, de simulacros y de caracterizaciones, que cada quién sabe cómo poner en acto. Así las cosas, ¿quién estará libre de ser un agente de moral doble?

Leandro Arteaga

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