No vi ni leí Dune, por la información que me llega del “universo Dune” tanto una como otra actividad prometen encomendarse a una de las cumbres máximas del aburrimiento. Lo que sí vi hace unos días es el documental Jodorowsky’s Dune, en el que se recupera la historia del primer intento de adaptar la novela al cine por parte del director y polirrubro Alejandro Jodorowsky y el productor francés Michel Seydoux, uno de los proyectos de megalomanía fallidos más célebres de la historia. El documental tiene su gracia y es casi inofensivo si bien aparece Nicholas Winding Refn: por más que ahora tengo algunos datos más precisos del mundo Dune, la ausencia de ganas de ver las películas esas con Chalamet o de internarse en los no sé cuántos libros de la saga permanecen intactas.

Es posible que gran parte del encanto del documental venga de cierta recurrencia curiosa entre los entrevistados, involucrados en el proyecto, de aclarar con jactancia que jamás leyeron el libro. Luego de, según sus palabras, haber dirigido 100 obras de teatro en México (una de tantas informaciones biográficas dudosas que Jodorowsky parece haberle robado en este caso a su compatriota chileno Raúl Ruiz), Jodorowsky se pasó al cine y se presentó al mundo con una serie de curiosidades surrealistas y pomposas, extravagancias new age con las que consiguió algo de atención. Fue sobre todo con el El topo y La montaña sagrada que accedió a los Estados Unidos: las películas se convirtieron en fenómenos de culto, dos películas hoy emblemáticas de lo que fue por aquellos años el circuito de las midnight movies.
En su libro Midnight Movies, Jonathan Rosenbaum y J. Hoberman cuentan la historia de cómo El topo y su melting pot de contracultura, surrealismo y simbología ad hoc impactaron al público hipster de Nueva York produciendo un sostenido hit de culto de las exhibiciones de medianoche. Durante uno de sus festivales del nuevo cine en el Elgin, Jonas Mekas programó una sesión con las películas de Yoko Ono y John Lennon, los administradores del cine, buscando captar al público previsto para tal evento, agregaron una función de medianoche de El topo con el alegato promocional de tratarse de “una película demasiado intensa para ser exhibida de cualquier otra manera”. Como dato anecdótico pero sugerente del cine que traía Jodorowsky, déjenme contarles que El topo era una película que invitaba al encuentro con una simbología no sólo esotérica sino también invisible: “El Topo viste calzoncillos de seda negra con dos agujeros: uno que expone sus bolas, y el otro apenitas la punta de la cabeza de su pene. Sobre estos calzoncillos se pone sus pantalones negros de cuero. Ah, y en los calzoncillos hay un círculo verde alrededor de la zona del ano.” (Jodorowsky, citado en el libro). Luego de aquella función posterior al festival de Mekas, El topo se estrenó en el Elgin en Diciembre de 1970 y se sostuvo con siete funciones semanales hasta Junio de 1971. Luego de este éxito Jodorowsky obtuvo mucho más dinero para producir La montaña sagrada (otro cóctel alla Jodo pero que esta vez se estrenó en Cannes) y de ahí a Dune…
“Estaba en una situación que me darían la plata que sea para hacer lo que quiera”, cuenta Jodorowsky en el documental. ¿Qué querés hacer? “¡Dune!, les dije”. Si bien Jodorowsky, como les contaba antes, nunca había leído el libro, se mantuvo fiel a uno de sus mantras proponiendo algo que suene lo suficientemente ambicioso: “Dije Dune como podría haber dicho El Quijote”. A partir de este puntapié (corresponde aclarar que después, cuando puso manos a la obra, por lo que parece Jodorowsky sí leyó Dune) el documental se convierte menos en una reconstrucción de la película imaginada por Jodorowsky (hay algunos intervalos de animación que lo intentan pero se los podría tirar a la basura sin privar de mucho al mundo) que en una historia mezcla de piratas o ladrones, algo más parecido al comienzo de una de esas películas tipo Ocean’s Eleven, en la que el protagonista recorre el mundo reclutando uno por uno a un conjunto de especialistas únicos en su especie para sumarse a un proyecto delirante.
Las historias de cómo va convenciendo Jodorowsky a varios de sus colaboradores son lo más entretenido de su documental. En algún caso se trata de personas que llegaron a colaborar efectivamente en el proyecto, en otros de cómplices hipotéticos que nunca llegaron a hacer su aporte como Dalí. Don Salvador se resistía postergando su respuesta por varios encuentros a participar como actor en la película (Jodorowsky lo quería para hacer de una especie de emperador de algo), un histeriqueo que se canalizaba en formas ridículas, a veces muy graciosas. Se juntaban por ejemplo en el lobby de un hotel en París ante una enorme pintura de un rey sentado rodeado de súbditos que hacen un gesto de disimulo (Dalí: “Seis metros de pintura dedicados a un pedo”). Dalí preguntaba:
D: Cuando yo iba a la playa con Picasso, siempre que nos bajábamos del auto encontraba un reloj en la arena. ¿Vos encontrás un reloj de arena cuando vas a la playa?
J: (piensa un rato) …Cuando voy a la playa no encuentro relojes, pero los pierdo.
D: Muy bien, muy bien, nos encontramos de nuevo en Nueva York.
Y así un vuelteo hasta que las maniobras para hacer bailar el dinero de Dalí salen a la luz y le dice que solamente va a aceptar si eso significa ser el actor mejor pago del mundo: “100 mil dólares por hora”. Entre piratas, Jodorowsky y Seydoux piensan un poco cuánto tiempo van a necesitar verdaderamente de Dalí y concluyen que son apenas tres minutos, con lo que lo convencen de participar contraofertando el salario de 100 mil dólares por minuto.

Jodorowsky es un plomo monumental cuando entra en metafísica o en cómo su película plantearía una representación de un Mesías luego diluido en una representación de la consciencia colectiva, etcétera etcétera, pero entretiene al narrar estas historias más terrenales pero también excéntricas (la de cómo convenció al goloso Welles prometiéndole traer todos los días al chef de su restaurante parisino favorito; la de cómo rechazó al pesado de Douglas Trumbull, el técnico de efectos especiales de 2001).
En esta etapa de desarrollo el proyectó de Dune logró reunir a un seleccionado de artistas al nivel del dibujante Jean Girard “Moebius”, el artista plástico británico Chris Ross, el también dibujante y diseñador H. R. Giger… Sus trabajos quedaron plasmados en un libro, un mamotreto enorme que funcionaría como descripción de la visión que querían llevar a la pantalla además de instrumento para convencer a los estudios de Hollywood de terminar de poner la plata que hacía falta. No los convencieron. El proyectó quedó trunco y quien terminó dirigiendo la primera Dune cinematográfica fue David Lynch (otro momento hilarante es cuando Jodorowsky cuenta la felicidad que le produjo descubrir el desastre que fue la película). A Jodorowsky se lo ve entre triste y enfurecido por un momento, cuando cuenta cómo al final le cortaron las piernas, pero esto pronto se revela o transfigura como otro de tantos de sus actings y retoma su discurso sobre cómo su Dune influyó igualmente la cultura y está en otras partes, en películas de otros o en cómics que él realizó en colaboración más tarde. Más querible resulta su idea de haber motivado una instancia para que otros artistas puedan trabajar y desarrollar libremente su potencial. No hay sin embargo mejor consuelo que recordar algo que Jodorowsky dijo en otra parte: que la obra de arte que construye cada hombre en vida es su alma. En fin.



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