De un tiempo a esta parte, el cine de terror se encuentra en una encrucijada que merece la pena remarcar. A una libertad absoluta en los contenidos se ha sumado la lacra generalizada de la ausencia de ideas por parte de una industria (la estadounidense) se ha sumado la insensibilización masiva de los espectadores ante dichas ideas. Lo que de manera tan inteligente plasmaba la premisa argumental de “Talk to me”(Danny Philippou y Michael Philippou) el pasado año, es más que una realidad. Las audiencias más jóvenes están más que acostumbradas a ser sometidas a estímulos visuales y auditivos de lo más desagradables, ante lo que parecen haber generado en ellos en sistema inmune a sufrir terror.
Ante esta situación, se abre un interesante abanico de posibilidades con el ancestral fin de provocar el espanto en una audiencia que ya no tiembla ante murciélagos manejados con hijos semi-invisibles, ni tan siquiera ante deformes demonios encuadrados a contraluz.

Y en este contexto, nos llega otra precuela, esta vez la de “The omen”, esa obra maestra del horror dirigida en 1976 por Richard Donner. La cinta original, hermana formal de obras coetáneas como “El exorcista” y “Rosemary´s baby” se caracterizaba por su sugerencia a la hora de materializar la maldad pura del pequeño Damien, hijo (literalmente) de Satanás.
¿Como se ha afrontado entonces esta hazaña, dado el fracaso estrepitoso tan solo hace unos meses de “The exorcist: Believer”?
En este caso, la trama poco tiempo antes de la de la película original, con lo cual volveremos a viajar a los años setenta, esta vez a Italia. Dentro de un revuelto contexto socio-político con manifestaciones juveniles a lo largo de toda la ciudad, se encuentra nuestra protagonista Margaret. La joven y recatada estadounidense llega desde Estados Unidos para tomar los votos como novicia y muy pronto comenzará a sospechar de las malas prácticas de monjas, madres superioras, y toda la orden eclesial a su alrededor. Dichas sospechas, traerán consigo el cuestionamiento de la propia cordura de Margaret, así como la posibilidad de un complot interno para concebir al anticristo en la tierra.
Lo cierto es que, el argumento no es demasiado original. No nos engañemos, nos encontramos ante una tarea difícil y el margen de innovación es limitado dado que tomamos como referencia un film realizado hace ya más de 40 años. Un film por el que, además de haber pasado el tiempo, le ha sucedido infinidad de secuelas a cada cual más infecta e innecesaria. Esto último, por otro lado, juega en su favor, pero nunca debemos perder el rumbo y creo que merece la pena valorar el film por sus propios méritos, en lugar de compararlo con lo excelente o lo mediocre.

Por ello, es de ley decir que la película comienza con buen pulso y una excelente puesta en escena por parte de su directora Akarsha Stevenson. La introducción al críptico y misterioso universo en el que se adentra Margaret (una excelente Nell Tiger Free, a la que ya vimos en un rol similar en la serie “Servant” de M. Night Shyamalan), es más que decente. La inclusión de detalles como las revueltas sociales, o minucias descriptivas donde vemos la vida en el convento a través de momentos cotidianos, como las novicias trabajando en máquinas de coser, proponen un retablo que funciona francamente bien por momentos.
Por otra parte, el desarrollo de los sucesos (si bien, bastante previsibles y trufados de clichés) mantienen correctamente el ritmo de este tipo de producciones, sugiriendo más que mostrando en la primera parte de su metraje.
En este caso, debemos hablar también de la puesta en escena, donde Stevenson utiliza todos los recursos propios a una producción de este tipo, para que la dirección artística y la fotografía luzcan todo lo que se espera dentro de una franquicia tan mítica.
La directora planifica secuencias realmente brillantes, donde seguimos a la protagonista a través de travellings selectivos como si realmente alguien la estuviese manejando a lo largo y ancho del escenario. El uso de “frame in to the frame” o la recomposición a través de elementos como los reflejos o espejos, así como la utilización de los espacios neutros para sugerir inquietud son las grandes bazas de la propuesta estética de Stevenson. La directora se muestra muy sabia a la hora de tomar ciertas decisiones, tanto para emparentar su creación con la original en el uso de la cámara, como en otras propuestas más audaces. Entre estos últimos, destacaría ese plano secuencia en el ultimo tercio donde Nell Tiger Free muestra unas increíbles dotes de interpretación gestual, y el uso del sonido alcanza unas cotas francamente notables.
Pero pasada la mitad de la película, al igual que la propia Margaret, todo comienza poco a poco a torcerse en “The first Omen”.
Si ya era difícil proponer algo nuevo respecto a la original, los pasajes referentes a momentos arquetípicos del subgénero demoníaco resultan bastante risibles y acartonados. El sosías de padre Karras interpretado por Ralph Ineson, apareciendo y desapareciendo (incluso después de dado por muerto sin un solo rasguño) es solo un ejemplo de como, recuperar tics de producciones pasadas no siempre es buena idea. De hecho, aspectos mencionados como las revueltas políticas, hubiesen sido una buena oportunidad para dotar al film de una trascendencia mucho más profunda, interesante y social que la que tiene, y por supuesto nunca alcanza.
Pero lo más grave, sucede en el último tercio de la película, cuando se descubre la “gran revelación” que todos creíamos saber hace ya varios minutos, pero habíamos descartado por imposibilidad de verosimilitud.
Y es que, el guión de “The first Omen” es, probablemente, el mayor problema de todos.
Por más que su directora se esfuerce por intentar impactarnos con sugestivas y desagradables imágenes, es muy sencillo abandonar el barco cuando no te crees los sucesos que se desarrollan delante de tus ojos. Los giros argumentales son más que bien recibidos cuando tienen una base lógica, pero no cuando se saltan todas la coherencias posibles respecto a espacio tiempo, edad de personajes...etc. Esto es, cuando estamos traicionando las bases coherentes de lo propuesto en función de la sorpresa.
Inventarse nuevas reglas sobre la marcha o proponer soluciones absurdas puestas en bocas de ciertos personajes en el último momento tampoco ayuda. Da la sensación de que toda la diégesis no es más que un engranaje que se mueve con dificultad para hacerte creer lo imposible sin ayudarte a que entres de manera tácita en el engaño.

La sensación final tras el visionado de “The first Omen” se aleja mucho de la producción a la intenta asemejarse y homenajear, y únicamente el uso de la mítica banda sonora de Jerry Goldsmith te hacen recordar lo que habías venido a ver. Y eso es trampa.
El cine de los años setenta, se caracterizaba por convertir lo cotidiano en el mal absoluto, en base a la sugerencia, la sospecha y la paranoia. Sorprendentemente, Akarsha Stevenson parece apoderarse de los pasajes más sugerentes de “Rosemary´s baby” para desarrollarlos y mostrarnos con todo lujo de detalles el proceso de nacimiento del anticristo. Por ello, esta película, es todo lo que ese maravilloso cine de terror nos ocultaba, y al verlo cara a cara, resulta demasiado básico y superficial. Como la cortina de la Ciudad Esmeralda descubriendo a un mequetrefe como el Gran Mago de Oz.
Aún con los hallazgos antes mencionados, deberemos seguir buscando esa nueva joya del terror sugestivo que realmente nos haga tener pesadillas al hacernos una propuesta nueva que desencaje nuestras expectativas para conectar con aquello que no conocemos, y por ello tememos tanto.



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