Hoy en día, encontrar una historia que no se sustente únicamente en el desarrollo narrativo óptimo y coherente de la propia trama, resulta harto complicado. Y digo, “únicamente”, por algo.
Lo remarco porque en ningún caso estoy dando prioridad a que el desarrollo lógico de los acontecimientos sea algo secundario que haya que relegar al desván de los recursos cinematográficos olvidados. Pero si es cierto que, de un tiempo a esta parte, la necesidad de los espectadores de dar justificación a cada una de las acciones que realizan los personajes de una película, se ha convertido en la vara de medir para dictaminar si una película es buena o no. Y esto, me parece un increíble error.
Durante la penúltima secuencia de “Love lies bleeding” sucede algo que es absolutamente inconcebible a un nivel racional, se escapa a toda lógica posible y resulta desconcertante (como poco). En este punto, el espectador tiene dos opciones, juzgar a la directora Rose Glass como una absoluta estafadora y maldecirla hasta la extenuación, o entrar en el juego que la cineasta británica propone desde el comienzo. Un juego centrado en la forma, algo que cobra un sentido todavía más primordial cuando estamos hablando de un relato que toma la transformación del alma a través del cuerpo como eje vertebral del desarrollo de sus increíbles protagonistas.

Lou (Kristen Stewart), trabajadora en un gimnasio de poca monta en algún lugar de Alburquerque, cae prendida de la nueva y musculada social del mismo, Jackie (Katie O´Brian) iniciando una apasionada relación donde el componente físico alcanza unas cotas completamente simbólicas. El acto sexual de ambas protagonistas es un personaje más en la diégesis del relato, ya que la unión de ambas va a ser crucial para la resolución final de su viaje. En este aspecto, el uso de unión carnal adquiere unos tintes casi cronengberianos, lejos de ser un mero aderezo secundario con el fin de provocar morbo en el espectador. Por contra, el desarrollo de la relación entre las dos chicas, está plagado de química (y física), y en todo momento te crees esta unión que va más allá de toda razón. Tan visceral y apasionada que les va a llevar a cometer actos atroces.
Pero esto no es nuevo para ninguna de las dos (especialmente para Lou), que tiene un pasado un tanto dudoso relacionado con su padre (Ed Harris), a la postre, encargado del campo de tiro donde comienza a trabajar Jackie.
Una vez las piezas del juego han sido dispuestas, Glass nos propone un viaje por las carreteras secundarias del cine negro en una América profunda que bien podría haber salido de “Blood simple” (primera película de los aclamados hermanos Coen). Pero la cineasta no se queda aquí, si no que va más lejos. Mucho más lejos.

Apoyada por unas interpretaciones sobresalientes, Rose Glass orquesta un maravilloso microcosmos a través de todos los recursos cinematográficos que tiene a su disposición. La película es estéticamente maravillosa, con un uso de la textura fílmica que tiende a la suciedad, pero sin olvidar el uso del color para marcar aspectos como el tumultuoso pasado que sobrevuela el corrupto pueblo, ayudando además con esas gamas rojizas a ubicarnos espacio-temporalmente.
Pero es que, además de recurrir a dicho elemento puramente visual, uno de los departamentos más brillantes de “Love lies bleeding” es su banda sonora. Compuesta por Clint Mansell, el músico de las primeras obras de Darren Aronofsky, la electrónica orquestación que habita este universo, nos mete de lleno en él sin dejarnos ningún tipo de escape. Además, es completamente lógica con la época en la que se enmarca la historia, finales de los 80, en pleno fervor culturista. Esto es aderezado por una mezcla de sonido que casi actúa como un personaje más, marcando ritmos, acentuando intensidades y ayudando a que quedemos completamente atrapados.
No es nada gratuito hablar de Aronofsky, ya que Rose Glass adopta varios de los recursos del director americano. Desde la obsesión de Jackie por triunfar en el mundo del culturismo, hasta las consecuencias del abuso de estupefacientes para este mismo fin, mostrándonos estados alterados de la conciencia poblados por seres de rasgos faciales mostruosos, en una mezcla perfecta entre “The wrestler” y “Black Swan”.
Si bien muchos espectadores detectaran las influencias del director de cine danés Nicolas Winding Refn, esto se sustenta únicamente en el estético uso de la iluminación dominante de rojos saturados que enmarcan una historia de cine negro. Glass hace gala de un ritmo mucho más ágil que el de las obras de Refn, y sus personajes son mucho menos frios.

Pero quizá lo más importante de esta película, sea como la directora consigue que una historia aparentemente banal, que podría haberse convertido fácilmente en un telefilm de dudosa calidad, alcanza una altura completamente única gracias a la cantidad de saltos sin red que toma su creadora. Desde luego, no podemos decir que “Love lies bleeding” sea una película sutil. De hecho, su mayor virtud, es que no lo es.
Aquí, los maridos maltratadores son explícitamente maltratadores, y las heridas de dichos golpes son completamente visibles.
Los malos son tremendamente malos, y son capaces de comerse una cucaracha en pleno ataque de ira.
Y las enamoradas, matan salvajemente a aquellos que hacen daño a las personas que quieren.
Porque no nos engañemos, estamos claramente ante una historia de amor (esos créditos finales entre la danza y la lucha, realmente espectaculares). Pero no es una historia de amor al uso, es como esas historias de amor pasional que hace treinta años hubiesen protagonizado Woody Harresol y Juliette Lewis a las órdenes de Oliver Stone.
Solo que en este caso son dos mujeres.
Y estas dos mujeres, no se van a tirar por un barranco conduciendo un descapotable mientras las persiguen una horda de varones cabreados, sino que van a hacer saltar por los aires a todos aquellos que las quieren manipular sin ningún tipo de piedad, como si fuesen (literalmente) pequeños insectos.

Y aún siendo un film tan poco sutil, se requiere de una profunda lectura y conocimiento de los símbolos visuales por parte del espectador para disfrutar por completo de la maravillosa propuesta de Rose Glass. Al igual que Aronofsky en sus mejores películas, Glass afronta el final de esta historia como una catarsis que ha ido anticipando de manera sutil a través de visiones de sus personajes protagonistas, solo que esta vez, hace partícipe al espectador de la visión, retándole a que crea en ella o por el contrario, abandone el barco. Porque llegados al último acto, las consecuencias a lo largo de la historia han sido tan desastrosas que solo tiene dos opciones: recurrir a rizar más el rizo argumentalmente, u optar por un final coherente, aunque mostrado de la manera más poderosa posible.
Por suerte, escoge la segunda opción.
Y es que, el juego escalar que propone en las últimas secuencias, no es más que una manifestación visual de algo que va más allá de la lógica. Algo visceral que habría sido completamente banal si no se hubiese optado por recurrir a esta manera de plasmarlo.
Me aventuro a decir que el plano (que en todo momento esto intentando rodear para no hacer un tremendo spoiler) pasará a la historia del cine por todas las implicaciones antes mencionadas, y esto (hoy en dia) está a la altura y muy pocos. Y pocas.



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