Distopía cercana: Guerra Civil, de Alex Garland 

Ciencia ficción de rumbo propio

El cine de Alex Garland tiene una poética propia, se disfruta y por cuestiones específicas: su predilección por los géneros narrativos, y la crítica que a través de ellos señala. Lo hizo junto a Danny Boyle en La playa (en verdad, el guion no es suyo, sino la novela), Exterminio (aquí el guion sí es de Garland, y se nota: a Boyle le fue mucho mejor con esta película, por fuera del didactismo de La playa), y la poco recordada (pero notable) Sunshine. También guionó para Mark Romanek en Nunca me abandones (2010) y para Peter Travis en Dredd (cuánto disfruté de esta película: la sala casi vacía, el 3D solo para mí, la banda sonora de Paul Leonard-Morgan, y un despliegue violento que es puro deleite).

En cuanto Garland se largó a dirigir sus guiones, apareció algo diferencial. Con Ex Machina (2014) y Aniquilación (2018), la ciencia ficción cobró un rumbo propio, autoral, a la manera de un lienzo donde enhebrar un concepto de cine. En el caso de Men (2022), lo hizo desde el trazo cercano al cine de terror, paranoico, con notas alusivas a cuestiones de género. Y todo esto sin olvidar esa gran serie que es Devs (2020), de una ciencia ficción que se respira cercana, mezclada de profecías retóricas y promesas tecnológicas que esconden su trampa metafísica, no menos maléfica.

Garland es muy bueno, toda película suya despierta interés. Así también, claro, con Guerra Civil.

La primera de las guerras

Si se trata de guerras civiles y norteamericanas, el cine tiene su piedra basal en El nacimiento de una nación (1915), la obra mayúscula de David W. Griffith. Para bien y para mal, esta película es la que hace nacer al cine (no solo) norteamericano. De hecho, todo aquel que en su momento miró las películas de Griffith, se convirtió en cineasta. El impacto que suscitó fue monumental, y propició el despliegue del cine en su conjunto, más allá de las fronteras del país: el cine es un arte socialista, al menos desde su génesis y esencia, mal que le pese a quienes lo encierran todavía.

Pero más allá de todo esto, El nacimiento de una nación ofreció una herida abierta, dedicada como está a retratar la guerra civil americana, a partir de la novela The Clansman, de Thomas Dixon. Así como en el libro, el film de Griffith ensalza al Ku Klux Klan como héroe redentor, y esto no puede menos que señalarlo de manera polémica. Todavía genera malestar, no es para menos. Y aun cuando el propio Griffith quiso encontrar un efecto inverso con Intolerancia (1916), su siguiente y fastuosa película, no lo logró: el público prefería la prédica bélica del film anterior, enfrascada además la sociedad de su época en la deriva de la Primera Guerra Mundial.

No estará demás pensar en lo poco que puede aprenderse de Griffith si la aproximación queda detenida por el mote “racista”. Aun cuando dicha objeción sea cierta, ya que difícilmente pueda probarse algo diferente en el análisis inmediato de El nacimiento de una nación, en donde los esclavos liberados se comportan como bestias salvajes, violan, matan, y toman por asalto las buenas costumbres sociales. El retrato es terrible, y sus consecuencias tienen, todavía, asidero social.

¿Cuál sería la forma de responder a este estereotipo? Con otras películas, seguramente. Si no las del propio Griffith -cuyo cine, de producción enorme y genial, es muchísimo más que El nacimiento de una nación-, las de quienes lo siguieron. Desde Peter Bogdanovich con Nickelodeon (1976) a los hermanos Paolo y Vittorio Taviani en Good Morning, Babilonia (1987); pasando por el Django Unchained (2012) de Tarantino y El infiltrado del KKKlan (2018) de Spike Lee. Si de imágenes se trata, el pleito debe darse allí; y esta lucha no puede (o no debería) dejar indiferente a quien mira.

Con El nacimiento de una nación, Griffith mostró la brutalidad de un conflicto que es acta de nacimiento de una nación contrariada; un hecho nodal, cuya sangre y violencia supo también demostrar Scorsese en Gangs of New York (2002). Estados Unidos nace al cine -o al mundo- teñido de disparos y masacres entre quienes habitan un mismo territorio, nunca exento de conflicto. El Klan que modela Griffith surge victorioso, seductor y violento; el de Tarantino, será su opuesto: un manojo de brutos y estúpidos. Las máscaras blancas, por otro lado, presagian las de tantos otros vigilantes del comic y el pulp, dispuestos a hacer cumplir la ley según su antojo. Así también los superhéroes: el Klan de Griffith guarda más de un lazo polémico con los Avengers del cine Marvel.

Asalto al Capitolio

Con esta progenie, Alex Garland se lanza a su propio registro y distopía. ¿Distopía? El pleito de Guerra Civil es próximo, está saturado de imágenes que hemos visto, sino por la televisión a través de las redes. La textura de imagen elegida por el film remite, de hecho, a esta posibilidad: Guerra Civil parece una película de bajo presupuesto, y a su manera lo es. No son demasiados personajes, no hay tanto despliegue espectacular, sino la preferencia por un relato preciso, en donde sus partícipes sean los suficientes como para dar la lectura metafórica necesaria. ¿Para qué más?

En este sentido, el recuerdo del asalto al Capitolio en 2021, protagonizado por un grupo de facinerosos, militantes de Donald Trump, ofrece la referencia más clara a Guerra Civil. Basta con repasar aquellas imágenes para comprobar que lo que parecía inexpugnable -así al menos lo hicieron creer tantas películas- sucedía: un grupo de civiles se adentraba en el lugar sagrado y amenazaba con hacer saltar todo por los aires. Cualquier cosa, parece, puede pasar en estos días; con un neo-fascismo desatado, que se organiza como el progresismo tal vez no sepa aún cómo: las redes ofrecen el mejor caldo de cultivo, y esto es algo que The Batman (2022, Matt Reeves) también dejó claro con su retrato de El Acertijo, quien adoctrina súbditos desde el terror y la ignorancia. Los tiempos civiles y sus lazos sociales, antes sacrosantos, andan débiles; y el cine no tardó en dar alertas.

Es con esas imágenes de fanáticos violentos, de película barata, con las que el film de Garland dialoga. ¿Cómo llegaron a asaltar un lugar así? ¿Qué es lo que los llevó a dar por tierra con los valores democráticos, antes sagrados? Aun cuando dicha aseveración sea una hipérbole, la cuestión de la “libertad” y el “sueño americano” siempre funcionaron, o así lo parecía, en la imaginería americana. Ahora, todo se cae. Pero por derecha. Como si fuera la aparición de un monstruo cuyo letargo culmina para, por fin, pisotearlo todo. Si Batman puede, todavía, ofrecer en su ficción un intento de respuesta, Guerra Civil es otra cosa.

El horizonte vencido

A su modo, Alex Garland nos guía por la carretera de una América devastada -como lo había hecho The Road (2009, John Hillcoat) o recientemente la serie The Last of Us-, cuya guerra está en su fase final. El comienzo nos muestra a un Presidente confiado en su discurso. ¿Confiado? De las imágenes, justamente, no hay que confiarse. Menos aún de aquellas que están destinadas a un efecto calculado, en donde lo visto y dicho responde a un ensayo premeditado, de efecto no necesariamente estético sino, antes bien, ideológico. Si de presidentes de cine se trata, más vale recordar al de John Carpenter en Escape from New York (1981): solo una situación límite podría llevar a querer rescatar a alguien así. Pero más allá de Carpenter y su lectura de los años ’80, sostenida desde la mirada de un anarquista como Snake Plissken, en Guerra Civil asoma una decadencia ideológica progresiva. Desde el vamos, la película tiene una mirada vencida. Estados Unidos está habitada por una ciudadanía supeditada a lo que le suceda, sin ánimos, desprovista de voluntad. ¿Cuál sería la respuesta? ¿Tomar las armas y matar? ¿A quiénes? A los que sean definidos como enemigos. Y éstos pueden ser cualquiera. Hay que saber, en todo caso, cómo vestir la identidad para caer en gracia a quien tenga el dedo en el gatillo. Y quienes tienen las armas en su poder son quienes se creen, justamente, los héroes.

El viaje a la Casa Blanca por un equipo periodístico, con el fin de entrevistar en exclusiva al Presidente, es el ardid que Garland encuentra para no solo mostrar diferentes episodios durante la travesía, de una violencia creciente -de claras alusiones a procedimientos nazis, como las fosas con cadáveres-, sino también para señalar el progresivo desmembramiento de su grupo protagónico. Los periodistas ofrecen distintas caras de un mismo personaje, son el todo social detallado: el viejo, que sabe por experiencia (Stephen McKinley Henderson), el aventurero joven y despreocupado (Wagner Moura), la fotógrafa fría, que ya vio demasiado horror (Kirsten Dunst), y su joven discípula (Cailee Spaeny). Esta última es quien tiene la llave final de la película.

En otras palabras, la fotógrafa joven, apasionada por hacer lo que la sangre le pide y el temor no evita, es en quien se cifra lo que habrá de suceder. Si el grupo es un personaje en sí mismo, y en su travesía habrá de conocer un necesario declive, de rompimiento interno, será ella, la más joven, quien guarde la posibilidad de un mañana diferente. ¿O no? Acá lo terrible. ¿Tiene ella algún horizonte? ¿Qué es lo que mira cuando lo hace a través de su cámara, mientras registra explosiones, muertos, sangre, mutilaciones? Vale decir, ¿cuál es la relación, la empatía, la sensibilidad que tenemos hoy, ante las imágenes de violencia que nos circundan?

En su planteo, Guerra Civil es incontestable, porque lo hunde a todo en una vorágine consecuente con la violencia que habita en quienes hacemos la sociedad: el vaciamiento discursivo, el ojo por ojo, el desprecio por la vida humana, los neo-nacionalismos, el odio al “diferente”. Es una puesta al día del film de David Griffith, pero con una potencia que toca por igual a cualquier espectador, más allá de Estados Unidos. De algún modo, Norteamérica sigue siendo un espejo desde donde mirar cuestiones propias y ajenas: los grandes directores de Hollywood así lo hicieron, muchos de ellos no eran norteamericanos; así también con Alex Garland, que es inglés.

De este modo, Guerra Civil ofrece un fresco terrible, hacia donde se dirige una sociedad desprovista de lazos éticos, atenta a las estupideces que circulan por las redes, sin capacidad para detenerse a leer en los intersticios, harta de lo que ella “cree” es la política, y obcecada en sus errores. Pocas imágenes del último cine como la última foto con la que culmina Guerra Civil. ¿Cómo entenderla? ¿Qué pasará con los personajes, por fuera de esta imagen quieta? ¿Qué seguirá después, si todo lo que nos sostiene, se cae? ¿Nos haremos responsables?

En última instancia, obtener una foto no es un hecho inocuo o ingenuo. Implica un punto de vista. Mirar estas imágenes, también. Allí, finalmente, el film de Garland deposita su malestar tanto como su esperanza.

Leandro Arteaga

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