En los últimos años, la cuestión ética sobre si la obra artística de un creador tiene valor por sí misma, por encima de la personalidad y/o actitudes sociales de dicho artista, se ha puesto en tela de juicio de manera insistente. Muchos creadores del mundo del cine o la literatura han sido directamente cancelados sin que en muchas ocasiones se pudiese demostrar de manera legal que habían cometido las atrocidades de las que se les acusaban.
En el espectro radicalmente opuesto se encuentra un caso como el que denuncia “El consentimiento”, la película de la directora francesa Vanessa Filho, basada en la novela homónima de Vanessa Springora. Y digo extremo opuesto porque la cinta retrata una época en la que la sociedad hacía la vista gorda ante conductas moralmente repudiables sobre figuras excelsas del mundo del arte y la cultura. Estamos hablando de mediados de los 80, cuando todavía se respiraba este halo erudito muy propio del país galo heredado de años y años de ensalzamiento de la cultura por encima de todas las cosas.
En este caso, la historia sigue a la jovencísima Vanessa, posteriormente autora de la obra que da titulo al film e interpretada por Kim Higelin. Ésta es manipulada desde el minuto 1 por Gabriel Matzneff (Jean Paul Rouve) , un prestigioso autor literario, conocido por elaborar textos plagados de erotismo explícito que, en multitud de ocasiones, involucra a personas menores de edad. Completamente cautivada por la oratoria y autoridad de su profesor, literario y amoroso, la chica de 14 años se dejará llevar en una espiral autodestructiva. En ella, la dominación ejercida por el hombre de más de 50, acabará causándole serios traumas psicológicos por la dificultad de diferenciar entre aspectos tan ambiguos como el amor, el deseo, o la posesión.

Cabe destacar, que la historia es de por si, fascinante.
La atracción por el hombre sabio, el erudito, aquel que va a ofrecernos respuestas a las preguntas que ronda la cabeza de cualquier adolescente, es un arma explícitamente poderosa para aquel que ejerce la dominación. Si además, nos encontramos ante el perfil de chica sensible pero profundamente insegura, hija única de unos padres separados donde la figura materna (Laetitia Casta) tampoco resulta una influencia edificante, el cóctel es completamente explosivo.
Todo ello se desarrolla en un contexto no tan lejano, donde la sociedad parecía aplaudir este tipo de comportamientos masculinos y en ningún caso se victimizaba a las jóvenes. Resulta casi inverosímil que muy pocos personajes del entorno de Vanessa (incluyendo a su propia madre) pongan el grito en el cielo ante la relación más allá del primer impacto, y que posteriormente casi de el beneplácito a la relación de su hija con Matzneff . Aunque esto no puede echársele en cara a la cinta, ya que venimos de unos años donde la sociedad aceptaba este tipo de comportamientos, y gran parte de la fuerza de “El consentimiento” es que presenciemos un pasado no tan pasado, y nos sonrojemos al contemplarlo.
Tampoco se le pueden poner pegas a su delicada puesta en escena, con una dirección de fotografía excelsa, que potencia lo sensorial dentro de una estilización visual que en ningún momento resulta excesiva, sino fruto de unas decisiones aparentemente naturales. Filho, demuestra mucha sabiduría a la hora de encuadrar a sus personajes, y sobre todo de rodar unas escenas de sexo llenas de incomodidad, mostrando (casi siempre) lo justo. Desde el brillante plano cenital sostenido de los muslos de Vanessa recorridos por las manos de Gabriel, hasta los explícitos encuadres finales en un sucio hotel, Vanessa Filho utiliza el lenguaje del sexo y las imágenes para dibujar una evolución decadente del descubrimiento carnal.

Aunque llegados a este punto, deberíamos cuestionarnos si estos créditos son completamente merecidos por la directora, o más bien compartidos con su director de fotografia Guillaume Schiffman. Y me aventuro a hacer este comentario, ante otros aspectos de la película donde Filho no se muestra tan diestra.
Actualmente, identificamos la calidad de un film por su valor estético, pero muchas veces olvidamos que la orquestación total del resto de departamentos deben estar en consonancia. Sin duda, la fotografía o la dirección artística, nos entra por los los ojos, y siempre tendemos a priorizarla ante otros aspectos que podemos pasar por alto, como el desarrollo irregular de la narrativa.
Y este es uno de los puntos donde “El consentimiento” hace aguas.
La película empieza poniendo las cartas (demasiado rápido) sobre la mesa. Alrededor de dicha mesa cenan varios personajes, entre los que están presentes el monstruo y la víctima, los roles de ambos quedan remarcados de manera cristalina. ¿O deberíamos decir, simplista?
Y es que, ya desde esa secuencia, Vanessa, va a tener siempre rostro de víctima, y Gabriel, aspecto de depravado.

La baraja queda al descubierto demasiado rápido, pero el problema no es ese.
El problema, es que durante el posterior desarrollo de la cinta estemos esperando un arco de transformación en los personajes que nunca acaba de ser satisfactorio. El film se recrea en su premisa, y nos ofrece multitud de secuencias “escandalizadoras” con un sufrimiento creciente por parte de su protagonista, pero en ningún momento se molesta en ofrecer un perfil de Gabriel. Y es que, la atrocidad de sus actos es tal, que parecería inmoral desarrollar su motivación.
Pero no puedo dejar de sentir, que esta es una posición completamente partidista.
De este modo, la trama cae en una consecución de secuencias repetitivas, con diálogos cargantes y situaciones poco realistas a nivel dramático. El no molestarse en detallar el devenir de los personajes tiene como consecuencia a una protagonista que no para de llorar hasta el punto de resultar desagradable para el espectador, y cuando hay un atisbo de detalle en ofrecer algo diferente, su directora se lo ventila con un par de planos acelerados dando a entender acontecimientos que han pasado (o pasarán, no queda muy claro) en su camino personal.
Todo esto desemboca en una estructura donde aparecen episodios y personajes no anunciados con anterioridad, por lo que como espectadores nos encontramos completamente perdidos y eso supone un error garrafal para el conjunto de la película.

No puedo dejar de sentir que “El consentimiento” es una pequeña oportunidad perdida, donde los diálogos ampulosos y los arquetipos de un mundo pasado se apoderan de la totalidad final del discurso. El resultado supone por lo tanto tremendamente desequilibrado, con una puesta en escena de fuerte voluntad autoral pero una directora demasiado preocupada por que su idea temática quede tan sumamente clara que no acepte claroscuros.
Aunque no he leído la obra de Springora, y soy bastante contrario a hacer comparaciones entre cine y literatura, temo que estamos ante un intento de fidelidad extrema a las letras escritas por esta. De ahí, la teatralidad excesiva de sus protagonistas en más de una ocasión, quienes verbalizan en todo momento sus emociones y sentimientos con la pasión de un Baudelaire trasnochado.
Personalmente, creo que hubiese sido mucho más interesante ahondar en sus poderosas imágenes y optar por confiar en que, en la mayoría de ocasiones, menos es más. Con una duración más ajustada (estamos hablando de 120 minutos de metraje), todo hubiese sido más efectivo y contundente, y hubiesen tenido mucho más tiempo para dotar de matices una problemática tan compleja como los abusos sexuales. Lo interesante sería preguntarnos si a los creadores de esta cinta les interesa ahondar en el tema, o estamos más bien ante un manifiesto del horror.
Algo, por otro lado, completamente comprensible.
Pero no tan poliédrico como se merece.



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