Vampira disidente | Vampire humaniste cherche suicidaire consentant (Ariane Louis-Seize, 2024) 

El cine de vampiros se remonta a los comienzos de la cinematografía y muy probablemente no termine nunca. De las mil versiones de Drácula hasta Only Lovers Left Alive, la oda nocturna de Jim Jarmusch estrenada en 2013, o la extravagante comedia familiar del año siguiente, What We Do in the Shadows (que cimentó la reputación de Taika Waititi y mostró su capacidad para el humor físico), vida y obra de los inmortales chupasangre son un atractivo imperecedero para el público. Al mismo tiempo, es un campo temático y fílmico cada vez más difícil para innovar sin caer en el absurdo o el bizarro sin sentido.

En la última edición del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (BAFICI) se estrenó un nuevo intento sobre las historias de vampiros. Vampire humaniste cherche suicidaire consentant, de la joven directora y co-guionista canadiense Ariane Louis-Seize, es una ópera prima solvente y delicada, con un humor de tono bajo y una sensibilidad contenida que seducen, junto a la esmerada fotografía nocturna de Shawn Pavlin, durante sus 91' de duración.

Como en la vieja canción de Joan Manuel Serrat, Historia de vampiros (editada en el álbum Nadie es perfecto, de 1994), la protagonista de esta historia es una vampira disidente. Sasha (la bella Sara Montpetit) es una vampira adolescente que ha estado retardando su adultez asesina. Con la anuencia de su padre, que la consiente, Sasha vive de la sangre que sus familiares obtienen de crímenes cotidianos, y que almacenan en bolsas plásticas. Pese a la insistencia de las mujeres de la familia vampira, Sasha se niega a salir de cacería y obtener sus propias presas. Pero a diferencia del personaje compuesto por el cantautor catalán, Sasha no hace ningún proselitismo por abandonar la ingesta de sangre; al modo de los activistas contra la crueldad contra animales o el consumo de carne, evita caer en la diatriba moral que implica terminar la vida de alguien a fin de alimentarse.

Esta encrucijada parece encontrar una salida en el personaje de Paul (Félix-Antoine Bénard), un adolescente depresivo y víctima de bullying que coquetea con ideas suicidas. Después de un encuentro casual, Sasha y Paul vuelven a verse en un grupo de ayuda al suicida: el desencanto por la vida y un pesimismo descarnado termina por unirlos bajo un mismo objetivo. Casi por decantanción, concluyen que la muerte de Paul a manos de Sasha será la salida ideal para ambos. Pero eso, por supuesto, es menos fácil de lo que parece.

Al fin y al cabo, Sasha no ha utilizado sus colmillos no porque le falten víctimas, sino porque carece de la pasión asesina que requiere el asunto. En la larga huida de Sasha y Paul, que en su derrotero de deseos a cumplir antes de la muerte del joven muestra su impericia para casi todo, la pareja de protagonistas no hace otra cosa que procastinar el momento definitivo en razón de su falta de decisión. La coartada es una serie de pequeñas venganzas que Paul quiere ejecutar antes de irse de este mundo, y que Sasha acompaña como garante de su muerte. Aunque pare ella mientras más se alargue la espera será mejor.

En esta actitud de su protagonista también se trafica la de su creadora. Ariane Louis-Seize hizo, a conciencia, una película de vampiros encantadores. Como Sasha, Louis-Seize evita caer en una mirada descarnada del mundo y quizás ese sea un problema para la película: el abordaje de las ideas suicidas y del inconformismo adolescente son pasos de comedia liviana, que quizás hubieran requerido una revisión. Ese tratamiento encuentra una resolución algo forzada hacia el final de la película, donde la pulsión de muerte que parecen compartir Sasha y Paul se conduce hacia una especie de sociedad pro-eutanasia.

El elenco que rodea a Sasha y Paul remite a comedias norteamericanas de género, algo deslocalizada en su neurosis de la calma Québec, donde transcurre la película. Los sacudones de nervios que la familia vampira introduce en el guión sirven para remarcar lo apaciguado del nihilismo de Sasha, y su constante intención de regreso a la calma del útero. Para la familia de la protagonista, el paso a la adultez de Sasha mediante su primer asesinato no es otra cosa que un rito de pasaje. Mientras que para ella es un mandato agobiante, del que quiere deshacerse pero sin afrontar los costos que eso implicaría: dejar de pertenecer al clan que la protege en un mundo de personas que le rehuyen, le temen, y, por si fuera poco, está lleno de peligros (la luz del día, por supuesto, es mortífera para Sasha y su familia).

Como era previsible, ese camino de venganza conjunto lleva a Sasha y a Paul a establecer una relación más que amistosa. A la consabida tensión erótica de los vampiros, y de las metáforas sexuales surgidas de su forma de alimentarse, se suman los impulsos escapistas propios del cine adolescente. El acto criminal pospuesto de Sasha, con Paul prestándose tímidamente a ser parte de él, tiene un eco evidente con la pérdida de la virginidad de ambos. Esa inquietud anhelante está bellamente reflejada en una de las mejores escenas de la película, cuando Sasha lleva a Paul a su dormitorio para darle la mordida fatal. Ambos son tan inexpertos y su determinación por concretar el acto está tan confundida con los mandatos de sus familias que la carga erótica de la seducción -que parece llegar a un pico cuando ambos disfrutan de Emotions, de Brenda Lee- deriva en una huida en complicidad hacia las aventuras adolescentes de bromas de mal gusto contra sus compañeros de la escuela.

Es en ese momento en que el suicida consentido, el personaje de Paul, toma otro cariz y asume las riendas de la huida. Al fin y al cabo son dos que quieren escapar de la vida que les ha tocado en suerte y la complicidad entre ellos parece, por un momento, una salida posible. Pero no será hasta que aparezca la pasión asesina en Sasha que esa hermandad se consagre: solo cuando Paul esté en peligro emergerá el poder violento y sanguinario que la vampira necesita para exteriorizar sus poderes y hacer de Paul tanto su protegido como su víctima.

La solución que Vampire humaniste cherche suicidaire consentant sugiere a la encrucijada del vampiro que busca alimentarse del otro sin herirlo es actual y por eso nueva para la tradición en la que se inscribe. Sasha, que vive tanto el mandato familiar como su cada vez menos disimulable deseo por Paul, sublima sus ansias por la muerte solidarizándose con moribundos que desean morir en secreto. Paul, por su lado, parece desplazar su impulso suicida hacia la muerte de otros. Juntos y por separado, la pareja termina por amortiguar sus pasiones y reemplazarlas por un superpoder empático que es el reverso de cualquier vampiro.

En este giro argumental, que Ariane Louis-Seize filma con una mezcla de ternura crepuscular y sarcasmo detectivesco, está la mayor apuesta de la historia de Vampire humaniste cherche suicidaire consentant, una comedia adolescente mucho menos oscura que la noche en que se desarrolla, y más dulce que la (poca) sangre que derrama.

Más entrañable que terrorífica, el debut de Ariane Louis-Seize muestra su ductilidad y buen gusto, su efectividad para los planos perfectos e icónicos, así como su temple para un humor delicado y un gusto por los gestos mínimos.

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