Socios para el crimen
A sangre fría (1947) forma parte de una nueva etapa en el cine de Daniel Tinayre. Podemos corroborarlo si tenemos en cuenta que, por un lado, sus primeras incursiones fílmicas ya hubieron de suceder -con el consecuente reconocimiento obtenido a partir de su cuarto film: Mateo (1937), sobre la obra teatral de Armando Discépolo- y también porque tras saldar el vínculo con los estudios Baires Film, y luego de una ausencia cinematográfica de cuatro años, el realizador comienza una estrecha colaboración con Luis Saslavsky.
Saslavsky y Tinayre co-dirigen y escriben Camino del infierno (1946), a partir de la novela de Gina Kaus, para los Estudios San Miguel. El vínculo continúa con A sangre fría, título que es el primero que produce Interamericana, compañía fundada por el distribuidor Juan José Guthman. Aquí Saslavsky se ocupará del guion -basado en su novela homónima-, misma tarea que repetirá con Pasaporte a Río (1948), para Argentina Sono Film, el tercero de los títulos donde supieron congeniar los cineastas.
El nexo de esta tríada puede encontrarse, sin dudas, en la progresiva elección que de los parámetros del relato policial el cine de Tinayre manifiesta: personajes marginales, psicologización de sus caracteres, encuadres e iluminación expresionistas. En este sentido, A sangre fría es una suerte de cristalización primera y oscura en el trayecto fílmico del realizador, dada la afinidad que el film expresa con el cine negro americano. Tal predilección tendrá su correlato, de hecho, en el melodrama violento que Tinayre compondrá, en 1949, con Danza del fuego. Pero volvamos a la sangre primera.
Las mujeres no renuncian nunca a los hombres
Así lo dice Elena (Amelia Bence), provocadoramente. ¿Qué locura no despertaría esta mujer de curvas ajustadas, quien apenas libre de su condena en cárcel, pasa a cumplir funciones de enfermera para una señora de aristocracia decadente?
La acompaña en el trabajo su madre (Ilde Pirovano), ama de llaves obediente, quien oculta el pasado malandra de la hija para no turbar el micromundo tranquilo, al que durante tanto tiempo ha servido. Pero para Elena la situación no cambia demasiado. El afuera con el que se encuentra es el del cumplimiento de horarios ("Mamá, déjeme dormir. Me he pasado tanto tiempo madrugando a reglamento"), el del uniforme de servicio, el del planchado, la limpieza, y los medicamentos que atiendan la salud frágil de la anciana: la Sra. Román (Antonia Herrero) supo ser una artista respetable, una cantante lírica que el público, dicen, guarda con esmero en sus recuerdos.

Ahora bien, de su sobrino, Fernando (Pedro López Lagar), parece que no se conoce más que una sola virtud: tocar el piano. Es una de sus melodías la que provoca el encuentro con Elena; y es la brevedad de las piernas que descienden las escaleras, tras la escucha, en lo primero que él repara.
Pero las cosas no son tan previsibles. Es decir, por lo general es Eva quien seduce al ingenuo de Adán. Así le ocurre a Fred MacMurray, vendedor de seguros vuelto asesino, tras quedar prendado de la tobillera de Barbara Stanwyck en Pacto de sangre (Double Indemnity, 1944, Billy Wilder). Pero Fernando, a diferencia del Walter Neff de MacMurray, no ha conocido nunca el trabajo ni el sacrificio, y no persigue otra ambición más que la buena vida. El film, progresivamente, nos develará al frecuentador de cabarets y mujeriego que anidan en él. Es Elena, en verdad, quien exige un cambio para sí. "En la vida -declama- no se es lo que se desea, apenas lo que se puede", mientras lamenta o espera la oportunidad negada.
Quién logra seducir primero a quién, no interesa tanto como los motivos. Lo que importa es que Elena y Fernando comulgan, finalmente, en las intenciones: acelerar la herencia de una tía que no termina de morirse, junto con la promesa del matrimonio; la analogía entre complicidad y casamiento salta a la vista. Pero para ello, primero, el crimen. El paso por el civil será la alfombra que oculte tanta tierra.
A sangre fría, como tú dijiste
Esta chica es terrible. El blanco y negro no evita, de todos modos, pensar en sus ojos bellísimos, mientras el primer beso entre los cómplices, entre los amantes, pacta la suerte de la anciana. "A sangre fría", sentencia Elena al oído de Fernando. El sonido del silbato del tren los acompaña en la noche del automóvil, mientras presagia, junto con los sueños que aquejan a la ex-convicta, el destino irrevocable.
Los encuadres son primerísimos primeros planos. Los rostros están partidos por las sombras. Todo es una gran sospecha. Todo es macabro. Los rasgos de la Bence parecen esculpidos en la negrura de la noche, desde los cinco años de cárcel, en la luz sombría de la casona que ahora habita. Casi como si la luz de su nuevo hogar se hubiese alterado con su llegada.
Es que las sombras inundan la casa de la Sra. Román. El acostumbrado vaso de leche con las gotas del supuesto tónico para el corazón comienza a provocar un decaimiento agudo en la anciana (1). La situación no extraña a nadie, hasta que el doctor, inoportuno, los descubre. El atizador de fuego se estrella contra la nuca, mientras vemos su mueca de muerte repentina. Brutalmente. Sin artilugios de montaje. Todo en el mismo encuadre (2). "A sangre fría, como tú dijiste", le recuerda Fernando a Elena. Y lo ratifica Tinayre desde su composición de cuadro. Inolvidable.
Para esto nos estuvo preparando el film, por medio de las virtudes del DF y del escenógrafo: Alberto Etchebehere y Raúl Soldi, respectivamente. Abel Posadas ha señalado que es esta plasmación plástica de la mansión, la que se aprecia también en films como El ciudadano (Orson Welles, 1941), La loba (William Wyler, 1941) y La heredera (Wyler, 1949) (3). El estado de ánimo que se respira en la casa, la vetustez y pulcritud de su dueña y sobrinas, la evocación de recuerdos añejos, la abnegación de la madre de Elena hacia su trabajo (de un rostro agrietado, pálido, transido de dolor), la actividad inalterable y rutinaria del hogar, la instauración consecuente de un pequeño cosmos, son todos factores que trabajan en la desesperación de Elena y en la ansiedad de Fernando. El uno encuentra en el otro la posibilidad de una satisfacción propia.
El asesinato es la culminación del preámbulo fotográfico y visual al que hemos asistido. Ahora comienza la tarea detectivesca de la policía. Es momento de jugar al gato y al ratón. Pero mientras tanto, será cuestión de pensar en cómo no desbaratar el plan primero, en cómo poder matar a la tía, a la señora, a la vieja cantante ya olvidada.
Mi destino es más fuerte que yo
Otra frase para el recuerdo. Elena se sabe irredimible. El mismo film nos lo alerta, desde su inicio, a través de la cita al Edipo Rey de Sófocles: "Ciegos descansan tras el crimen los culpables… como si el más allá olvidara el castigo".

Agreguemos, de paso, que en el cine de Daniel Tinayre las mujeres predominan el relato. Hermosas, brutales; torturadas y masculinizadas. Muchas veces, vejadas. No sabemos qué ocurrió durante los cinco años de reclusión de Elena. Pero sí alcanzamos a percibir sus modales en unos pocos minutos de cárcel. Agresiva y determinada, las órdenes son algo que ha aprendido a desafiar. Lo hará nuevamente. Es solo cuestión de tiempo: se sabe desposeída y marginada. Ser enfermera o hija de la sirvienta, no es más que una mascarada.
"Eres mala y traicionera, tienes corazón de piedra" canta en su noche de cabaret la amante de Fernando (Helena Cortesina). Los celos femeninos calientan la partida. Y Fernando buscará el mejor plan posible, aquél que le permita quedarse con la herencia y sin Elena, molesta herramienta asesina. La tía, ya ha bebido suficiente veneno.
El tren de los sueños de pesadilla ocupa, como se preveía, el desenlace. Sobre sus rieles y en la oscuridad del último vagón, los cómplices, los amantes, los asesinos, culminan por ser víctimas de sí mismos. Se carcomen. Se golpean. Quieren matarse. Y mueren.
Nos quedan algunas palabras más de Elena, desfalleciente en su lecho de hospital. La oscuridad y su tristeza culminan por apagar su breve luz. La policía resuelve el caso y coloca la pieza faltante al enigma. Un último plano sostiene el rostro del joven Carlos Morel (Tito Alonso), hijo del doctor muerto con el atizador. Carlos fuma y sonríe tranquilo. El orden, ¿ha vuelto?
Notas:
(1) El equivalente entre este vaso de leche y el de Sospecha (Suspicion, 1941), de Alfred Hitchcock, es bienvenido. Tinayre admiraba al maestro inglés.
(2) ¿Alguien puede olvidar la caída de Tita Merello por el hueco del ascensor en Deshonra (1952)?
(3) Posadas, Abel (1994). "Las películas de Daniel Tinayre. Un camino largo y sinuoso". Film #9. Pág. 56
Leandro Arteaga



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