Smoke (1995)
El día que Paul Auster pesó el humo

por Gastón Siriczman
Cuando Paul Auster murió hace pocas semanas, además de dejarnos maravillosos libros en los estantes de nuestras bibliotecas, nos legó su pasión por el cine. En 1995, haciendo dupla con Wayne Wang, realizó una de las obras más personales y conmovedoras de finales del siglo pasado. A casi treinta años de su estreno nos siguen resonando en la nostalgia los personajes que tienen a la tabaquería de Auggie como centro del universo.
Como en toda buena obra de Auster, no conviene saltearse oraciones y hasta es recomendable calzarse bien los anteojos y acercarse lo más que se pueda a la pantalla, que hasta en los rincones más oscuros puede estar sucediendo la magia. En Smoke están muchos de sus tópicos habituales: desde un escritor que arrastra la muerte cercana de su esposa, hasta el azar omnipresente con su poder de desviar una bala al lugar incorrecto o permitir que dos almas en pena se junten. Pero también nos encontraremos con un adolescente que sale en busca de su padre ausente, conoceremos el berretín de Auggie (Harvey Keitel) de sacar cada mañana la misma foto, y disfrutaremos de esa otra fuerza celestial, el equilibrio, que hace que un montón de dinero vaya pasando de mano en mano hasta llegar a quién más lo necesita. Parecen tramas aisladas porque lo son, y el único hilván que las mantiene unidas es el que se teje entre la tabaquería y el sinfín de historias que los protagonistas se van contando unos a otros: como aquella en la que un pirata logró pesar el humo frente a la reina Isabel o ese maravilloso relato de navidad que nos cuentan dos veces al final de la película. Son narraciones tan anti cinematográficas, que es un milagro lo bien que funcionan, sucede que mientras disfrutamos del placer del cuento, intuimos que hay algo más por detrás, tensiones que se bifurcan o se unen al relato principal y de ahí a nuestra propia vida. Es así que el escritor, interpretado por William Hurt, nos hipnotiza cuando nos cuenta sobre el escalador que encuentra a su propio padre congelado en un glaciar y siente que se mira a sí mismo a través del hielo. Son anécdotas sin moraleja, extraordinarias y tan inverosímiles que sería ridículo no ponerlas en duda. Y es ahí, en ese preciso momento, en el que nuestro rol de espectador se transforma en un rol activo. Es en ese momento en el que decidimos qué tipo de espectador queremos ser. No hay muchas opciones, o somos los que elegimos creer o nos limitamos a ser del grupo de los racionales, que descreen de lo extraordinario. Yo lo tengo muy claro, la supresión de la incredulidad es un derecho de todos aquellos que se sientan en una sala de cine, es un derecho, pero también es una necesidad: sin esa fe en la ficción no hay posibilidad de arte dramático o de literatura. Yo elijo creer.
Smoke es una historia hecha de historias, algunas serán ciertas, otras no tanto. Lo importante es que esos diálogos tienen el poder de modificar la realidad de los protagonistas y, aún más, trascender la pantalla, emocionarnos y, si tenemos suerte, hacer que nuestra realidad también sea un poco mejor.




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