En mis tiempos de estudiante me sorprendía constantemente con cada película especial que aparecía, si bien uno siempre está formándose –creo poderosamente en esa idea– eran tiempos es los que había visto poco cine y cada “novedad” que figuraba en un programa era recibida con ansias; mas cuando se anunciaban obras clásicas de directores que no conocía. Tal fue el caso del genial Billy Wilder, a quien le debemos tanto que un artículo de mil y pico de palabras resultaría inabarcable para explicarlo. El film en cuestión era, nada más y nada menos, que Sunset Boulevard.
A Wilder siempre lo describo como un tipo que manejó tan bien los géneros, que hizo obras maestras en varios: comedias, policiales y melodramas. Cuando lo presentaron en la cátedra (alguna introductoria de lenguaje cinematográfico) fue a través de este largo en cuestión, que en los países de habla hispana se conoció como El Crepúsculo de los dioses o El ocaso de una vida y lamentablemente agrega demasiada información, dado que el film narra los últimos años de una estrella de cine mudo que ya no tiene el lugar que tuvo y se niega a aceptarlo.
El film está plagado de secretos, críticas y homenajes al cine de Hollywood de aquellos años. En principio porque cuenta una historia de ficción pero que se construye en base a muchos relatos posibles; es decir: si bien Norma Desmond es un personaje ficticio, bien podría ser la propia Gloria Swanson, actriz que da vida a ese personaje y que vivió en carne propia la caída de su estrellato a manos del cine sonoro; tal como retrata el comienzo de Singin´ in the rain (Donen-Kelly, 1952) sobre los sucesos habituales para fines de la década del 20 en referencia a las grandes figuras y los avances tecnológicos que posibilitaron que se escucharan sus voces.
Hollywood ha hablado de sí mismo en muchas oportunidades, pero esta quedó en la historia por el ojo clínico de Wilder para retratar algo que conocía muy bien, apoyado en actuaciones memorables y un guión inteligente que, fiel a su estilo, no ahorra en ironía ni sarcasmo. Además de formar parte del subgénero “cine dentro del cine”, es un film noir interesante: el crimen pasional, la obsesión de Desmond por este joven guionista, las mentiras, la aparición de un tercer agente como amenaza, la fotografía en blanco y negro a cargo de John Seitz y demás. Este último ya había trabajado con Wilder en Double Indemnity (1944), uno de los mejores policiales de la historia del cine y The Lost Weekend (1945) más conocida como Días sin huella en la que Ray Milland interpreta a un escritor con problemas de adicción al alcohol.
El reparto incluye figuras como Buster Keaton, H. B. Warner o el propio Cecil B. De Mille interpretándose a sí mismos. El mayordomo de Norma Desmond, Max, fue interpretado por el reconocido director austríaco Erich Von Stroheim, quien también se encontraba algo olvidado en esa época, ya retirado de la dirección pero actuando en algunas producciones menores. El llamado de Wilder para el rol le valió su nominación al Oscar y retomar la relación con Desmond con quien ya había trabajado en otras oportunidades. También implicó un nuevo capítulo en su relación con Hollywood después de varios altibajos que incluyen obras inacabadas, el primer film del millón de dólares y conflictos con varios estudios. Por suerte Wilder pudo homenajearlo para que al final de Sunset Boulevard lo viéramos dirigir una última vez. Una genialidad.
Como dijimos, acá la historia refleja la obsesión de esta excéntrica y millonaria actriz por un joven guionista, sus aires de reina y sus particulares gustos reflejan uno de los más memorables retratos que la industria cinematográfica estadounidense hizo de su propio sistema de estrellas, aunque a Wilder le costó varios disgustos.
La profesión de Joe Gillis interpretado por William Holden –luego de que Montgomery Cliff se bajara del papel– no es menor: Desmond se enamora de una joven galán, pero su obsesión es con la posibilidad de volver al estrellato, con ese regreso tan esperado…por ella. Este juego habilita el gran tema del film: la mentira, la construcción, la creación de un universo imposible. En definitiva: Cine. Como sostiene el historiador, guionista y director francés Noël Simsolo, el film se mueve gracias a esas mentiras hasta el final, con el propio Max como cómplice en una suerte de traición a su propio corazón y al amor de su vida.
El inicio es extraordinario, lo narra un muerto tras una secuencia siempre recordada: Un lento travelling desde el nombre de la calle “Sunset Boulevard” que recorre el pavimento mientras en pantalla se ven los créditos. A su vez, una suerte de contrapunto con la música frenética y premonitoria de Franz Waxman. Un fade in de sirenas de policía anticipan lo que luego confirmaremos: un asesinato acaba de ocurrir, los autos pasan a toda velocidad y una serie de fundidos encadenados nos depositan en el jardín de una mansión de Los Ángeles. El cadáver de Gillis flota en la pileta antes de iniciar el flashback que cuenta todo lo sucedido. Pero antes hay tiempo para un plano en contrapicado que lo toma de frente con la cámara “sumergida”. Me obsesionó. Así conocí a Wilder y a su film de 1950. Con el tiempo leí que ese plano trajo innumerables problemas por la obsesión del director, quien había pedido que fuese “el punto de vista de un pez”, sumado a la temperatura del agua para lograr cierta nitidez y algunas cositas más. Sin embargo, no era el inicio del film. Wilder estrenó lejos de Hollywood una primera versión que también comenzaba con Gillis muerto pero conversando en la morgue con otros cadáveres. El director, luego de las pruebas y la falta de aprobación del público, desistió de ese comienzo para el corte final.
¿Dónde íbamos? Ah claro: El film no muestra el ascenso, sino la caída de una mega estrella producto del llamado Star System hollywoodense. Y un poco se desprende de lo antedicho, porque con producto me refiero a que el sistema de estrellas de Hollywood se encargaba también de formar sus propias figuras, de crearlas, explotarlas y ¿por qué no? terminar con ellas. Si bien no expone al máximo los problemas, no hay interés del autor en hacerlo sino más bien referir a ellos de manera contextual, es una buena excusa para mostrar cómo operó La Academia durante mucho tiempo.
No sé si ya vieron Baby Reindeer, pero parece que las obsesiones amorosas nunca pasan de moda y siempre vale la pena volver a ver estos clásicos, sobre todo los de Wilder.



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