War of the worlds: El horror humano no envejece. 

Noche de sábado, control del televisor en mano, varias plataformas de streaming disponibles y pocas ganas de decidir. El cursor se posa sobre el ícono de Netflix solo por arte del azar e ingreso por inercia. Me golpea el tan característico sonido de inicio de la aplicación y lo primero que veo en su cartel de cabecera no es un estreno, ni siquiera una película remotamente reciente: Es “War of the worlds”, la película de Steven Spielberg de 2005 (Si, ya tiene 19 años) y que, supe de inmediato, era la elección perfecta.

Es imposible no esbozar una sonrisa al recordar la sensación profundamente perturbadora que me dejó esta película al salir de la sala de cine a la mitad de mis 20, causada primero por lo impactante de un blockbuster de semejante tamaño, pero sostenida a posterior por la reflexión obligada sobre la naturaleza humana frente a la posibilidad de su propia extinción, todo envuelto en la espectacularidad de los efectos especiales de diseño y factura impecables y creados para verse en la pantalla más grande posible. Esta descripción podría ajustarse a otras propuestas similares como “El día de la independencia” (por mencionar alguna) pero la obra de Spielberg se desmarca rápidamente de la comparación.

El tono de “War of the Worlds” es sombrío. No solo por los tonos grises y azulados en la fotografía del legendario Janusz Kaminski, ni por la música inquietante que creó el equipo liderado por el Señor John Williams que desviste al clímax de la historia de todo tinte heroico y nos abandona al sabor agridulce de una victoria humana que no es tal. La interpretación de Spielberg de la novela original de H.G. Wells, ahonda en lo peor del instinto de supervivencia de nuestra especie, en escenas en que el horror no proviene precisamente de los inmensos “Trípodes” extraterrestres con sus espeluznantes bocinas de trueno, sino de las interacciones entre personas desesperadas y decididas a prevalecer frente a la catástrofe a cualquier costo. Vale mencionar nada más la secuencia en que la familia protagonista es despojada del automóvil en el que escapan, por una turba de gente normal y corriente pero llevada, por las circunstancias, más allá del límite de su sentido común. Un espejo oscuro en el que ninguno de nosotros disfruta mirarse.

En este punto se hace necesario mencionar las actuaciones de un Tom Cruise que dibuja con mucha eficacia el contraste entre lo que le aflora por naturaleza (la confianza extrema, la sonrisa encantadora, la actitud de sabelotodo) y el retrato de un hombre patético, fracasado como padre y sin herramienta alguna para conectar con dos hijos que se alejan cada vez más de él. Y, por supuesto, el trabajo impecable de Dakota Fanning en el papel de la hija menor de Cruise y que, lejos de solo dedicarse a gritar histérica ante las amenazas (que lo hace y mucho) plantea con precisión la difícil relación con su padre, el puente que representa entre este y su hermano mayor y justifica ser la razón principal que mantiene unido a este trío disfuncional que atraviesa el Apocalipsis.

Y finalmente, Spielberg. El artífice. Quien mueve y ubica la cámara siempre en la posición precisa, con planos de pesadilla y, aún así, llenos de preciosismo y detalle. Un maestro de reinterpretar una y otra vez la presencia del terror en sus historias, que no abandona su sello más memorable con secuencias que nos recordarán algún otro de sus éxitos indiscutibles. Y una película que, con sus casi 20 años, nos recuerda que el tiempo pasa y Steven sigue envejeciendo, como lo hemos hecho nosotros acompañados casi toda la vida por su cine, pero el horror humano presente en su “Guerra de los mundos” no envejece. Ni una pizca.

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