Me gustaría no haber visto la película Guasón, para experimentarla por primera vez de nuevo. Vivir el desenlace catastrófico y delicado de esa escena detrás del telón una vez más. El protagonista Arthur Fleck es invitado a asistir a su show preferido de la televisión a contar chistes.
Todavía no confiamos en el personaje, para saber si nos va a decepcionar otra vez con su hambre de aprobación. Está a punto de encontrarse con su ídolo de la TV y sabemos que puede ser devastador. La trama nos ha acostumbrado a sufrir con él a cada paso, deseamos que explote todo.
Entonces, el Guasón nos da la espalda y muestra un baile contenido antes de salir al aire. Para nosotros, la venganza es necesaria. Por dentro anhelamos al villano de una vez por todas; sabemos que la sociedad es la culpable, sentimos la injusticia en los huesos, ya estamos convencidos y enojados.
Es un momento previo que nos regala el director, para que nos demos cuenta de cuán compenetrados estamos con su liberación. Pasar el telón, el umbral, dejar atrás la anterior vida de sufrimiento y sacar a luz la personalidad verdadera.
No es solo la interpretación de Joaquin Phoenix que lo hace magistral, sino también la construcción perfecta de una sociedad enferma, que acorrala al personaje, lo empuja y empuja hasta que no tiene más remedio que rendirse. La distensión de liberar la personalidad, conocer el pasado.
Tengo la imagen terrorífica grabada en la retina de la cara del protagonista cuando el archivero lee su informe psiquiátrico. Terror, compasión, angustia. Se ve el niño en su mirada, el psicópata, el hambriento, el villano.
Yo agradezco este film, y sobre todo al actor. Por la elegancia y devoción con la que se nos entrega. La narrativa me revela la injusticia detrás del telón. Todos hemos sentido que no podemos más. Nuestra careta se agota muy rápido, adaptarse al mundo es difícil. La alegoría del payaso poniendo la cara a las cámaras, soportando la humillación, nos interpela por todos lados.
Hablo en de parte de todos porque esto no es nuevo y lo seguimos pidiendo como público, la fascinación con Heath Ledger, por ejemplo. Soltarle la correa al guasón es darnos la posibilidad de asumir que vivimos una realidad caótica, violenta, cómica y sin sentido la mayoría de nuestros días.
Yo creo que la oscuridad de Ciudad Gótica es terreno fértil para mostrar al anti héroe, o mejor dicho, al héroe de las sombras. Ya mismo Batman es un héroe controversial. Doble cara es un héroe-villano espectacular, dueño de la frase “mueres siendo héroe o vives lo suficiente para convertirte en villano”. Otra analogía de la trama, que justifica el desencanto con la vida y la lucha perdida que Arthur Fleck enfrenta.
La risa angustiosa del Guasón, que en este caso es un diagnóstico psiquiátrico, está antes de que el villano emerja. Nos tensionamos junto a él cuando no puede contenerla, y compadecemos su situación.
Vemos detrás de todo esa locura una necesidad humana de ser querido. Un atisbo de bondad que ya nos alcanza para amarlo. Todo lo malvado lo atribuimos a una sensación de justicia.
A esta altura de la película, cuando baila detrás del telón, ya estoy aplaudiendo la locura desatada. El baile contracturado va formando progresivamente una personalidad completa. Maduró el fruto, que sabemos que fue creado por el aislamiento social, la pobreza extrema, el abuso y la corrupción social.
Amamos a un buen villano porque lo llevamos adentro. Nos salva esa parte resignada que quiere que explote todo. En frases de Alfred: “hay quienes solo quieren ver el mundo arder”. Todos queremos muy en el fondo que acabe el sufrimiento y triunfe el rebelde oprimido de una vez por todas.


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