El naturalismo fantástico de Maxi Schonfeld Spoilers

La primera vez que me crucé con el nombre de Maxi Schonfeld fue hace dos o tres años. El bibliotecario de la ENERC, Julio, también conocido como el tipo que más películas vio en su vida, me lo recomendó. Maxi también había estudiado en la escuela después de cursar Cine y Televisión en la Universidad Nacional de Córdoba.

Después de egresar, fue asistente de dirección de Rodrigo Moreno y Víctor Kozakovzky y dirigió capítulos individuales en series de televisión antes de presentar su ópera prima, Germania, en el Festival de Cine de Hamburgo en el 2012. Maxi Schonfeld nació en Crespo, provincia de Entre Ríos. Este no es un dato menor, porque todas sus películas, independientemente de sus particularidades, llevan impreso el gen del pueblo, del campo, de la ruta, de los animales y de las colonias alemanas en Argentina.

Si quisiéramos encasillar sus películas en un género, podríamos hablar de dramas rurales. Sin embargo, hay algo muy particular en su forma de narrar, en las actuaciones de los personajes y en la cadencia con la que se van desarrollando los sucesos. Oscila entre momentos de casi observación documental y otros cercanos al terreno de lo fantástico.

La helada negra

Después de Germania, Schonfeld dirigió La helada negra, que se proyectó en el Festival Internacional de Cine de Berlín en 2016. En un reportaje, el director recuerda que la idea de la película surgió de un caso real que ocurrió cerca de Crespo, cuando apareció un niño sanador que generó revuelo entre los habitantes. Existe algo entre La helada negra, Germania y Jesús López que parecería funcionar como piezas de un mismo rompecabezas que completan un universo.

La helada negra nos cuenta la historia de Alejandra, interpretada por Ailín Salas, una joven desconocida que se instala en una comunidad agrícola de colonos descendientes de europeos. No sabemos nada de ella, ni quién es ni de dónde vino. Alejandra llega a una especie de universo suspendido en el tiempo, en donde una helada amenaza los campos. Pero cuando ella llega, el frío desaparece. Así se construye la idea de que Alejandra tiene poderes para sanar y el nacimiento de una especie de fe en alguien superior, alguien externo a la propia comunidad.

Ailín Salas es la única actriz entre un elenco de no-actores, pero hay algo en su registro naturalista y sutil que no desentona en relación a sus compañeros, sino más bien completa esa oscilación entre el extrañamiento/lo fantástico y lo real. En relación al proceso de casting, Schonfeld cuenta: “La idea era construir el relato, para después hacer el casting, conseguir los actores y que ellos empiecen a ‘contaminar’ todas las situaciones con su propia voz, su propio humor. Iba haciendo una especie de mapa de situaciones donde cada persona tenía su personaje de ficción pero donde traía algo de su vida cotidiana. Era una manera de bajar a tierra la película. Este fue un elemento importante para la construcción de esta doble capa”.

Una de las particularidades de la película es que el personaje de Ailín Salas se corre de lo que imaginaríamos sobre una santidad. La huella humana está muy presente, ella es una adolescente más como cualquier otro del pueblo, es más lo que se va construyendo alrededor de ella y cómo ella transita esa mutación. En La helada negra, el misterio va creciendo más con el silencio que con las palabras y más con las tensiones intrínsecas que con un conflicto manifiesto.

Jesús López

Maxi cuenta en una entrevista que, cuando estaba en proceso de casting de La helada negra, se presentó un chico que recientemente había sido rechazado en el ingreso al profesorado de educación física, entonces se iba a quedar un año trabajando en el tambo de su padre. Poco después Abel se convertiría en el protagonista de su tercera película, Jesús López, que co-guionó junto a la escritora Selva Almada y que se estrenó en el Festival de Cine de San Sebastián en 2021.

Jesús López cuenta la historia de Abel, un adolescente que, a raíz de la muerte de su primo Jesús, piloto de carreras, experimenta una especie de suplantación de identidad. Se muda con sus tíos, empieza a usar su auto para correr una carrera en su homenaje y sale con sus amigos y con su ex novia.

A medida que Abel se adentra en la vida de Jesús, de alguna manera se va convirtiendo en él. El tono de la película hasta mediados del relato sobresale por su naturalismo, pero en un momento sucede algo que se sale de registro, y que es de alguna manera una huella que registré en toda la filmografía de Schonfeld: la ruptura inesperada del tono con un elemento fantástico. Abel se mete debajo de un auto y cuando sale, es Jesús. Las personas a su alrededor siguen viéndolo como Abel, pero él se siente Jesús, y nosotros lo vemos como tal.

Abel, a medida que pasa cada vez más días en la casa de sus tíos, empieza a interiorizarse con los autos de su primo, un universo que hasta ese momento le era completamente ajeno. En relación a este mundo, Schonfeld dice: “Es algo cercano a la ósmosis. Todo eso de aprender a manejar desde muy pequeño, ir a las carreras. En Crespo había carreras de Fiat 600 como la que se ve en la película y mis hermanos me llevaban. Es una cultura del interior muy varonil a la vieja usanza, ligada a la velocidad, a lo fálico del caño de escape, a los fierros. Algo que va acompañado del despertar sexual, me atrevo a decir. Los autos, las motos, participan de esa danza erótica que se da en los pueblos”

En la película también hay dos elementos que están muy presentes y que el director destaca. Por un lado, el nombre de Jesús vinculado a la idea de resurrección: uno que muere en un accidente al principio y resucita en el otro. Por otro lado, la idea de los adolescentes de los pueblos que terminan los estudios y se cristalizan en una especie de “deambular” perpetuo. Schonfeld, recordando su propia experiencia, cuenta que en un momento la vida se divide entre los que se van y los que se quedan, sumando luego a los que vuelven. Pero que muchos no terminan nunca de apropiarse de la identidad del lugar, pero tampoco se quieren ir.

Hay algo en esa juventud detenida en un no tiempo que es muy clara en la película. Esto se evidencia en la polaridad entre las dos facetas que empieza a desarrollar Abel a lo largo de la película. Él vive con sus padres y su hermana, que está embarazada. Ambos trabajan en el tambo de su padre. Cuando empieza a frecuentar y casi instalarse en la casa de sus tíos, se integra a un universo juvenil mucho más claro. Los chicos se juntan a ver carreras de motos, hacen fiestas. Casi al principio de la película, Abel y su hermana están comiendo en una estación de servicio y ven desde la ventana a un grupo de jóvenes con motos. Abel dice “si siguen así van a terminar como Jesús, toman y después salen a la calle en moto”.

El vínculo entre padres e hijos en las películas de Schonfeld también es un punto que funciona como hilo conductor en toda su filmografía. En Jesús López, el único momento en el que vemos alguna demostración de cariño es cuando la madre de Jesús empieza a peinar a Abel con el antiguo peine de Jesús y se acuesta sobre su hombro recordándolo.

Schonfeld dice: “Hace poco mi hermano estaba jugando con sus hijos en la pileta y un amigo le dijo: “¡Qué lindo cómo jugás con tus hijos!” Y mi hermano le contestó que era algo que le gustaba hacer porque no tenía un solo recuerdo con nuestro papá jugando. Es verdad. Nunca había una demostración de cariño, pero jamás, jamás. No te tocaban ni con el palo de la escoba. A lo sumo te fajaban con una ramita que sacaban del árbol y ese era el máximo contacto. Entonces, en mis películas siempre hay una distancia insalvable entre padres e hijos. Pero son los hermanos los que están muy juntos, buscando ese amor más materno o paterno, ese abrazo”.

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