Son muchas las películas que vuelvo a ver sin cansarme, pero en esta ocasión quiero hablar de una que, a mi parecer, contiene la alquimia ideal para ser un clásico imperecedero. Intentaré acá analizar esos ingredientes, sin spoilers, aunque si todavía no la viste no sé qué estás esperando. Estoy hablando de Edward Scissorhands (1990) de Tim Burton, conocida en Latinoamérica como “El joven manos de tijera” y en España como “Eduardo Manostijeras”.

No es de terror ni ciencia ficción, pero su protagonista es una criatura creada por una suerte de “inventor loco” (sí, nos ubicamos en la tradición de Frankenstein). No es una comedia, pero tiene buenos momentos humorísticos. No es enteramente un drama, pero a menos que no tengas corazón terminarás derramando alguna lágrima. No es estrictamente una historia de amor, pero también forma parte. No es una sátira social, pero en el camino iremos recogiendo críticas sutiles y no tanto a la sociedad norteamericana. No es fantástica pero nos hará volar la imaginación. No es nada de esto y a la vez es todo junto.
Demasiado oscura para ser un cuento de hadas, demasiado brillante para ser un relato gótico, esta dualidad se refleja en su estética tanto como en la historia: el castillo y sus habitantes se muestran lúgubres, caóticos, pálidos y sombríos; mientras que el suburbio donde habita la familia Boggs y sus vecinos muestra una arquitectura rectilínea, pulcra, donde cada casa es igual a la otra y predominan los colores pasteles. Burton se da el gusto de combinar (y enfrentar) dos de sus estilos preferidos: el gótico de sus primeros trabajos, como Beetlejuice, Batman, El jinete sin cabeza, etc. y la estética Camp que utilizará principalmente en El gran pez, pero también en Mars attack y Big eyes, por ejemplo.

Es una película que lo tiene todo: una historia original, personajes interesantes, una bella fotografía y musicalización, y un elenco de ensueño: una joven pero experimentada Winona Ryder como Kim Boggs, la ya oscarizada Dianne Wiest como Peg Boggs, el veterano Alan Arkin como Bill Boggs, el legendario Vincent Price en la que sería su última película estrenada en vida como “El inventor” y, por supuesto, Johnny Depp como Edward, iniciando una larga y prolífica sociedad artística con Tim Burton. Muchos critican que desde entonces Depp se dedicó a hacer siempre papeles similares porque suele ser “el excéntrico”, pero si comparamos la actuación contenida que brinda en esta película con la exuberante del capitán Jack Sparrow en Piratas del Caribe, por ejemplo, veremos que están en polos opuestos del rango. Y esa performance restringida es con la que Depp imprime un aire infantil y al mismo tiempo quebrado a Edward.

Aunque parezca enrevesado, la historia es simple: un extraño que con su sola presencia llega a romper con la quietud y aparente paz de un pueblo, exponiendo sin proponérselo el lado más oscuro de esa sociedad. Y será el “monstruo”, el “raro”, el “freak”, quien termine asustado de la supuesta gente “normal”. Sin embargo, no todos son malos. Hay esperanza porque también hay personas buenas, aunque se equivoquen en las decisiones que toman con la mejor de las intenciones. Nadie puede perder del todo la fe en la humanidad después de haber conocido a la adorable Peg. Edward descubrirá en cada miembro de la familia Boggs algo valorable: el amor en Kim, la amistad en Kevin, una brújula moral en Bill, y sobre todo la calidez humana en Peg, quien se brinda sin prejuzgar ni calcular el vuelto.

Cada personaje aporta en esta historia, y están todos muy bien presentados, de manera que sentimos que los conocemos, no son solamente arquetipos puestos para cumplir su función. Desde la loca fanática religiosa hasta el Bully novio de Kim, pasando por la vecina cachonda, son todos memorables y ayudan a mover la trama sin darnos tiempo a aburrirnos. A ello le podemos sumar escenas icónicas, planos peculiares y la increíble música de Danny Elfman.

Seguramente no será la mejor película de la historia, pero sin dudas se logró en ella algo que va mucho más allá que la suma de sus partes, una magia que ni el mismo Burton pudo replicar en sus siguientes trabajos y que sientes que se queda contigo después de haberla visto. Aunque sea por milésima vez.




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