En los países árabes, la llegada del cine y sus nuevas posibilidades atrajeron a un conjunto de artistas de la región entre las que se destacaron sus pioneras. En 1927 Aziza Amir produjo, protagonizó y en parte dirigió Layla, la primera película considerada puramente egipcia. Debido a que todas las copias de la película se extraviaron hay múltiples versiones del argumento, que a partir de las pocas coincidencias encontradas podría reconstruirse de la siguiente manera: Layla es una joven campesina, interpretada por Amir, que se entrega a un beduino llamado Ahmad (Wedad Orfi). Éste la abandona por una turista extranjera y Layla, embarazada, queda a merced de las extorsiones de un hombre mayor de su pueblo.

La película presenta una composición de las cuestiones en boga del momento: el forastero cruel, el llamado de los encantos extranjeros que distrae a los locales, la violencia de la corrupción interna y la rendición de Layla representando a la nación. Ésta se ve personificada en la figura de la campesina, una joven inocente que reivindica el patrimonio cultural egipcio. El personaje de Ahmad como forastero debe pensarse a la luz de que las tribus beduinas debían ser genuinamente exóticas para la mayoría de los cairotas.
En 1927, cuando se estrenó Layla, la población de El Cairo era de un millón de habitantes de los cuales sólo 614.000 eran nativos de la capital egipcia. La ciudad era un centro cosmopolita y la multitud brindaba la posibilidad de cierto anonimato. Ello creaba condiciones favorables para el ingreso y participación de las mujeres en el espacio público y su involucramiento en actividades nacionalistas y feministas, así como en la industria cultural y sus nuevas posibilidades, como fue el caso de Aziza Amir.

Actuar era considerada una profesión vergonzosa, y muchas actrices eran rechazadas por sus familias por lo que es imposible pensar el surgimiento de Layla sin tener en consideración el contexto que le dio nacimiento, caracterizado por la resistencia al colonialismo y el fervor nacionalista y feminista. Una mujer al frente de un proyecto que marcó un hito en la historia egipcia da cuenta del desafío a las normas impuestas a las mujeres, así como los privilegios de clase que lo posibilitaron.
Por otro lado, Layla, el personaje compuesto y encarnado por Amir, a la que ella recupera y le da entidad como lo auténticamente egipcio, era totalmente contrapuesto a su creadora, representante del prototipo de mujer que el feminismo de élite promovía. Su figura desafiaba el lugar asignado a la “nueva mujer” y a la idea de la nación como familia al punto de declarar: “Tengo sólo una hija y es el cine egipcio”.
En el contexto de la resistencia anticolonial, numerosas producciones desde los comienzos del cine egipcio hasta 1936 estuvieron orientadas a fortalecer este discurso, que tuvo repercusiones en la prensa. La revista al Sabah publicó un artículo sobre Layla bajo el título de “Los extranjeros y el cine en Egipto, la campaña del odio y frustración con las películas egipcias”. En el texto se acusaba abiertamente a los extranjeros de haber cometido crímenes y agresiones contra la dignidad de los egipcios y reivindicaba a las películas como parte de una amplia campaña nacional que se expresaba en distintas formas y niveles de conciencia.
Amir desafió las imposiciones a las mujeres en una época de surgimiento de la conciencia feminista ligada al nacionalismo; su legado como pionera sentó las bases para que otras mujeres se dedicaran a la dirección y producción de cine. Al estreno asistieron grandes personalidades de la cultura y la política como Ahmad Shawki y Talat Harb, quien sostuvo que Aziza Amir había logrado “lo que los hombres han fracasado en hacer”.
La libanesa Assia Dagir, participó como extra en Layla. Dos años después ―en 1929― produjo y protagonizó su propio film: Gadat al sahra/Belleza del desierto también dirigida por Wedad Orfi. La trama versaba sobre una mujer casada contra su voluntad con el jefe de una tribu. En un intento de huir de su marido, es rescatada por su amor de juventud. La película recuperaba las temáticas relacionadas con la corrupción interna y la nación era representada como una joven vulnerable que debe ser salvada. Dagir fue una productora prolífera y en su extensa carrera produjo 50 películas incluyendo Salah al-Din/Saladino una superproducción dirigida por Yousef Chahine en 1963.
Su sobrina, Mary Queeny, que había venido con ella de Líbano en los años 20, debutó en el cine de muy pequeña, en Belleza del desierto. Protagonizó luego unas 20 películas hasta 1953, muchas de ellas dirigidas por Ahmad Galal, quien había trabajado también con su tía y Amir. Mary y Ahmad se casaron en 1940 y abrieron su propia compañía de producción cinematográfica, Galal Films, que rápidamente se convirtió en una de las más importantes del país. En sus memorias, publicadas en 1953, recordaba que: “al principio contábamos con una cámara primitiva y unos cuantos proyectores básicos. ¡El cine egipcio esperaba competir en el mundo con estos equipos! ¡Y ya estábamos en 1931! Fue gracias a la constante perseverancia de los pioneros, y su fe en el futuro del cine egipcio que pudimos superar todos los obstáculos”.
Una cuarta actriz, la alejandrina Bahiga Hafez, intentó dedicarse a la dirección. Fue la primera compositora musical egipcia y escribió la partitura de Zeynab de Muhammad Karim. En 1932 creó su propia compañía de producción, Fanar Films cuya primera producción fue al Dahaya/Las víctimas de los hermanos Lama que produjo y co-dirigió. Luego su producción Layla bint al Sahara/Layla hija del desierto de 1937 fue prohibida por el gobierno por dar una mala imagen de Irán ―cuyo máximo gobernante iba a casarse con la hermana del rey Fuad― y ella quedó financieramente arruinada. Otra alejandrina, Fatma Rushdi fue la primera directora de cine, cantante, y tuvo su propia compañía de teatro.
En 1936 se estrenaron dos películas protagonizadas por las grandes estrellas de la escena artística local: Badia Masabni y Um Kulzum.
Wedad, dirigida por Fritz Kamp, fue el primer largometraje producido por el flamante Estudio Egipto. En él, Um Kulzum encarna a una esclava enamorada de un rico mercader al que sirve. Con esta película se inauguró una serie de innumerables producciones destinadas a promocionar a los cantantes famosos del país en toda la región.
Por su parte, después de participar en la película Ibn al-shab/Hijo del pueblo en 1934, la libanesa Badia Masabni protagonizó Malekat al-masareh/La reina de los teatros donde representa a Badia, una mujer que se casa con un millonario y es abandonada por éste tras la boda. Sin otros medios de subsistencia, decide dedicarse al arte, convirtiéndose en “la reina de los teatros”. La película fue dirigida por Mario Volpi y producida y distribuida por Aflam Badia de Badia Masabni. Según recuerda en sus memorias, el rodaje de la película se superpuso con el de Wedad y el Estudio Egipto privilegió a esta última en detrimento de la suya, lo que provocó la pérdida de su fortuna y la precipitó hacia un intento de suicidio. Según Masabni, el director artístico de Estudio Egipto “tuvo miedo de que mi película tuviera más éxito que Wedad, por lo que hizo un gran esfuerzo para que fallaran las escenas espectaculares con vestuario faraónico (…) que luego cortó de la película”.
El fracaso del film dejó a Badia Masabni en la ruina, y todos sus bienes fueron confiscados, incluyendo las copias de la cinta de la película. En cuanto a Wedad su éxito fue absoluto en el Mundo Árabe y consagró a Um Kulzum como “la voz de Oriente”.



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