The Matrix cumple 25 años y es mundialmente reconocido como un hito en el cine. Fue un antes y un después en muchos niveles; su tratamiento del cine de acción, sus secuencias de efectos especiales innovadores, su narrativa cerrada y efectiva. Pasan los años y se preserva como el primer día en que se estrenó.
“Al principio, la madriguera del conejo se extendía en línea recta como un túnel, y después torció bruscamente hacia abajo, tan bruscamente que Alicia no tuvo siquiera tiempo de pensar en detenerse y se encontró cayendo por lo que parecía un pozo muy profundo”, escribió Lewis Carroll en Alicia en el País de las Maravillas. Un libro que está en diálogo con The Matrix cuando en una de las primeras escenas la computadora le escribe a Neo: “Seguí al conejo blanco”.

Como Alicia, Neo sigue al conejo, solo que en la forma del tatuaje de la pareja de un hacker. Como Alicia, Neo se interna en un mundo con sus propias leyes y personajes. Solo que a diferencia de la protagonista de la novela pronto se da cuenta que ese universo es en realidad uno virtual, una lluvia de caracteres verdes en una pantalla, una manera de extraer energía de las personas para mantener vivas a las máquinas en un futuro postapocalíptico sin sol.
Una obra cyberpunk
Las ideas de la cinta dirigida por las hermanas Wachowski ya estaban rondando por la cultura pop. Escritores de ciencia ficción como Laurence Manning, Stanley G. Weinbaum, Stanislaw Lem o Philip K. Dick ya habían jugado con la idea de una realidad virtual. Pero fue más tarde, cuando William Gibson escribió el revolucionario libro Neuromante, en el que se describe a la Inteligencia Artificial de una corporación, un ciberespacio y hackers que navegan por él.

Esta última novela es considerada la fundadora del cyberpunk, junto con la película Blade Runner. Es un subgénero de la ciencia ficción que merece todo un artículo aparte, pero podría sintetizarse en una frase: “Low Life, High Tech” ("Baja vida, alta tecnología"). Obras encuadradas en dicho género normalmente describen un futuro en donde la humanidad se halla en decadencia, y la tecnología tiene un lugar cada vez más predominante, hasta el punto de cubrir a la primera.
En esta realidad las corporaciones lo invaden todo, reemplazando a los gobiernos tradicionales y la frontera entre lo real y lo tecnológico se diluye cada vez más. En Blade Runner, los replicantes son androides antropomórficos. Es casi imposible diferenciarlos de nosotros, y esa es una de las claves filosóficas de la obra: ¿hasta qué punto somos humanos?, ¿qué nos distingue de las máquinas?, ¿cómo podemos mantener la humanidad en un mundo cada vez más tecnologizado?
Este tipo de preguntas siguieron desarrollándose en obras posteriores, como Akira de Katsuhiro Ôtomo o Ghost in the Shell de Mamoru Oshii. En la primera se plantea la posibilidad de que el humano evolucione en otra forma. La segunda retoma el planteo de Blade Runner y ahonda en la implicancia filosófica y política de la existencia de seres cibernéticos. De esta película se sirvieron explícitamente las Wachowski como inspiración para The Matrix.

Y para enfatizar aún más el subtexto filosófico del que se nutren las obras cyberpunks, en la misma cinta aparece el libro Simulacro y Simulación de Jean Baudrillard, el cual analiza cómo los signos y los símbolos ayudan a explicar experiencias compartidas en la sociedad. No solo le sirve a Neo para esconder los programas entre sus páginas, sino que las directoras tuvieron como condición que Keanu Reeves la lea para obtener el papel.
Los subtextos filosóficos
El éxito de The Matrix se debe en gran medida a cómo combina ideas preexistentes y las desarrolla mediante un atractivo desarrollo de personaje. El arco del protagonista se podría sintetizar en un Camino del héroe, sobre el cual se construye todo un mundo, con sus subtextos, estética y símbolos propios.
El personaje interpretado por Keanu Reeves pasa de ser Tomas A. Anderson a ser Neo a lo largo de la cinta. Se adueña completamente del nombre que él mismo eligió y deja de identificarse con el que nació, o mejor dicho, con el que le asignaron.

Neo significa “nuevo”, y justamente va en línea con lo que sugiere: transformar el sistema en algo diferente. Él se enfrenta a la masa uniforme y homogénea de agentes, todos igualmente vestidos, una entidad colectiva que representa a las máquinas. Y en el proceso rompe totalmente su esquema, hasta el punto de desintegrar —en la primera entrega— a su principal cara, Smith.
Neo también es parte de un grupo. Uno que se apoya en lo colectivo, pero en donde cada uno tiene una identidad propia. De esa forma, se une a “Morfeo”, el dios de los sueños en la mitología griega y a “Trinity”, que podría hacer referencia a la Santa Trinidad cristiana. Así, el grupo está conformado por nombres cargados de significados. Y es que en un mundo que es atentado por la falta de sentido, los nombres conforman un arma de identidad.
La identidad estética
La película no solo está cargada de subtextos filosóficos y filológicos, sino también de un aspecto visual cuidadísimo e inteligentemente llevado a cabo. Los 63 millones de dólares que requirieron su producción fueron explotados al máximo.

Se podría hablar de su aspecto fotográfico y de cómo ambos mundos —el “real” y el “virtual”— están diferenciados por una paleta diferente. Mientras que el primero es más azulado, el segundo más verdoso. De esa forma, la película se ahorra de sobrexplicaciones, y transmite dónde está sucediendo solo con el color.
Se podría hablar también del vestuario; uno que tiene una pata en un futuro cercano y otra en el presente más inmediato. El cuero, el látex y los anteojos de lentes negros dotan a la cinta de cierto elemento “cool” que fue después indisociable en la cultura pop.
Se podría hablar también de la escenografía; la ciudad de una identidad propia, levemente cyberpunk en su estética, que otorga a la matrix de una infraestructura propia y el interior de una nave que surca los subterráneos postapocalípticos de una Tierra abandonada.

Se podría hablar también de la música; una confluencia de sonidos orquestados, por momentos épicos, por momentos en tensión, que dan a la obra una indistinguible identidad musical.
Y también se podría hablar de los efectos especiales tan bien efectuados que sobreviven a la prueba del tiempo como pocos. Por sólo ejemplificar con algunos casos, está la secuencia del choque del helicóptero contra el edificio, el cual consistió en una confluencia de dobles, miniaturas, pirotecnia y CGI; la famosa secuencia del “bullet time” que requirió 120 cámaras, o la entrada al vestíbulo del edificio, avanzando mediante un tiroteo descarnado.
Engarzada a la cultura pop
El legado de The Matrix es indiscutible. Y es que se encargó también de dejar una huella mediante el universo transmedia que generó. Las Wachowski expandieron la narrativa a través de videojuegos (Enter the Matrix, The Path of Neo), una antología de cortos animados (Animatrix) y cómics. Supieron utilizar todos los medios a su disposición para enriquecer aún más una historia de gran potencial.

Si bien hubo secuelas (Matrix Reloaded, Matrix Revolutions, Matrix Resurrections) es discutible si su calidad se mantuvo a la par de la entrega original. Fuera como fuera, si se quiere se podría considerar a la primera entrega como un largometraje autoconclusivo. Tiene en sí mismo una narrativa cerrada y contundente.
Después de su estreno el cine cambió para siempre. Como Alicia en el país de las maravillas, se transformó en una de aquellas contadas obras que trascendieron sus límites para formar parte de una consciencia colectiva.
Nota por Alex Dan Leibovich | Periodista | Redactor en Clarín, Peliplat y Erramundos.
Publicado el 14 de junio del 2024, 5.32 PM | UTC-GMT -3.
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