Lo importante no es llegar: El costado humano de un Yakuza 

El cine japonés tiene varios pesos pesados, pero un podio bastante consensuado: la tríada Mizoguchi-Ozu-Kurosawa (ordenados exclusivamente por fecha de nacimiento) casi que no tiene discusión; después podemos entrar en otras cuestiones porque Shohei Imamura es de los pocos directores que cuentan con dos palmas de Oro –y el único asiático en lograrlo– con La balada de Narayama (1983) y La anguila (1997). Los más clásicos sumarían a Kō Nakahira, los más oscuros a Masaki Kobayashi o a Kōji Wakamatsu y a quienes les guste la animación seguro se inclinen por Miyazaki y sus trabajos para el Studio Ghibli. Para el lado del gore podríamos extendernos largo rato, pero Takashi Miike, Kinji Fukasaku y Sion Sono son tres pilares fundamentales, aunque también hicieron otras cosas –y de lo más variadas–. ¿Las “nuevas” generaciones? Koreeda, Kawase, Hamaguchi y otro Kurosawa: Kiyoshi, aunque llevan varios años en actividad. Y, por supuesto, muchísimos nombres más.

La breve introducción es para que busquen y vean más cine japonés, pero este texto tiene que ver con otro director, uno de mis favoritos: Takeshi Kitano y una película que le escapa un poco –sólo un poco– a su cine habitual: Kikujiro, de 1999, cuyo nombre original es Kikujiro no Natsu (El verano de Kikujiro); esta podría ser una rareza dentro de su filmografía (aunque ya había experimentado un drama en Ano natsu, ichiban shizukana umi en 1991) pero no pierde para nada el estilo del director. Takeshi es un personaje peculiar dentro de la historia del cine japonés. Tuvo sus inicios en pantalla chica con programas cómicos y también hizo grandes películas de mafia, es una estrella en Tokio y en otras ciudades del mundo. Tiene su propio estudio, su propio estilo y su propio pseudónimo, con el que suele aparecer en los créditos de las películas: Beat Takeshi. Además de otra marca distintiva: una expresión bastante impávida, lacónica, producto de un accidente en moto que casi lo mata y le paralizó parte del rostro, le trajo deudas exorbitantes y lo obligó –como no podía ser de otra manera– a realizar más películas.

Kitano filma de manera prolija, con planos largos y limpios, cámaras estáticas; la composición del cuadro suele ser ordenada, a veces simétrica y más allá de la violencia que maneja en sus films, nunca se pierde el sentido del humor, tornando sus películas ácidas y cargadas de ironía.

El guión de Kikujiro está escrito por el propio Kitano, tiene una estructura episódica con ribetes poéticos y oníricos que se alejan de la narrativa convencional y de sus films habituales. Masao (Yusuke Sekiguchi), un niño de unos 9 años, busca a su madre de quien sólo posee una dirección, su acompañante será –nada más y nada menos– que un ex Yakuza que pondrá a prueba su propia paciencia, dejando florecer un impensado instinto paternal para su nuevo compañero, unos cuarenta y tantos años más chico.

La relación con el niño es flucutante pero de lo más sincera, porque claro, no podemos pedirle otra cosa a un Yakuza –vieja escuela– más que su honestidad. Recordemos lo que ocurría en Ryuzo and his Seven Henchmen (2015) donde Kitano añoraba los códigos de las viejas pandillas y la trama giraba en torno al honor, al punto que los más viejos –casi retirados– deciden volver al ruedo para poner en vereda a las nuevas generaciones (aunque con la excusa de una apuesta).

En la medida en la que el viaje avanza, la relación entre ellos va tomando otros matices y logran ser un equipo. Es una road movie de una pareja dispareja (que es lo mejor en las roads movies). Un adulto que a veces actúa como niño y un niño solitario que encuentra un compañero particular al que inconscientemente obliga a volverse responsable. Kikujiro se encargará de hacer feliz a Masao, de divertirlo y de enseñarle.

Lo más simpático del film es que al final no interesa tanto el vínculo con la madre, porque si bien es el disparador, el desarrollo es el camino y las vivencias. Es un film sobre la amistad y sobre las oportunidades, sobre las experiencias del durante. Kikujiro –mismo nombre que el padre de Kitano– no sabrá del todo bien cómo tratar a un niño pero sí sabe sobre lealtad y cómo resolver las injusticias, sobre cómo hacerse fuerte en un mundo despiadado que la película no duda en mostrar, aunque sí atenuar, como en la escena del abusador.

La importancia de los caminos más allá de los destinos, de las etapas de formación y de cómo nos marca cada persona que se nos cruza. Es un viaje introspectivo para ambos personajes, los cuales tienen para enseñarle mucho al otro, porque el más grande le saca sonrisas a un niño algo triste, solitario e introvertido y el pequeño logra humanizar con gestos e inocencia al adulto egocéntrico y bruto que lo acompaña. No podemos negar que el golpazo que recibe Masao es fuerte, pero seguro le sirva para el futuro. La manera en la que se maneja el ritmo del film –acompañado casi como guía por la banda sonora de Joe Hisaishi– se mueve en base a las intenciones del pequeño Masao; cuestiones que nos permiten hablar de un largo camino que termina en el lugar de partida con las mismas personas, pero con mucho crecimiento interno.

La estructura segmentada de la que hablamos, permite nutrir al largometraje de personajes de los más diversos y separar a modo de capítulos cada sección, desde motociclistas hasta estafadores, cada grupo presentará nuevos desafíos y obligará a descubrir nuevas facetas en la personalidad de nuestros dos protagonistas.

Podemos decir que Masao sufre un golpe que lo lastima pero el balance es positivo: perdió a su madre y salió a buscarla, y aunque al dar con ella no pudo traerla de vuelta –casi sin darse cuenta– encontró una relación mucho más sincera, que rompe la estructura tradicional sobre la amistad y que despierta cariño desinteresado e incondicional. La paciencia de Masao se sostiene por el propio Kitano en el aspecto formal del film, el acompañamiento de Hisaishi hace lo propio y el resultado es un film muy poderoso y emotivo, demostrando un Kitano chaplinesco que recuerda a sus inicios en la TV japonesa o a su pasado como mimo. Kikujiro es un film lleno de magia y de secretos, que alterna con perspicacia momentos de tensión dramática y comedia de lo más hilarante. Una joya olvidada de esas que siempre vale la pena volver a ver.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.