Hay películas que son consideradas hitos en la historia del cine y la cultura popular. Algunas de ellas, por una cuestión generacional, son obras cuyo visionado quedó anclado a un contexto y a un momento específico de nuestras vidas. Y no buscamos volver a revisarlas por miedo a que el paso del tiempo las des idealice. Preferimos quedarnos con la imagen, por ejemplo, de que La lista de Schindler es una obra maestra. Y punto.
Mientras que otras, cada vez que uno les da play nuevamente parecen ser inmutables al paso del tiempo o incluso volverse mejores.
No hace falta mencionar, que estamos hablando de un hecho completamente subjetivo. Pero aún así, hay ciertas películas que exceden estas cuestiones y, de manera tácita, se han convertido en verdaderos clásicos del cine (término que no debe ser confundido con el de cine clásico) y son disfrutadas intergeneracionalmente tanto por el gran público como por los entendidos en la materia. Y hoy voy a hablar de una ellas.

Goodfellas (1990) película dirigida por Martín Scorsese, (el cuál tiene más ejemplos que podrían entrar tranquilamente en esta categoría) y protagonizada por Ray Liotta, Robert de Niro, Joe Pesci, Lorraine Bracco y Paul Sorvino, supo ser el gran regreso del director a los primeros planos del cine de Hollywood luego de más de una década fracasos comerciales (éxito que mantiene hasta nuestros días). Es que su visionado es una verdadera fiesta: en primer lugar, porque es tremendamente divertida y grotesca. Y no porque sea una comedia. Acompañados por la narración de Henry Hill (Ray Liotta) quién literalmente nos presenta a cada unos de los personajes, nos adentramos en el mundo de los gángsters donde la violencia propia de su entorno es tan realista que nos volvemos cómplices de sus delitos y hasta terminamos riéndonos con ellos. Son una banda de psicópatas y asesinos hijos de puta que se creen impunes y actúan como tal; siendo el personaje de Joe Pesci el paradigma. No hay un solo personaje positivo que sirva de ancla moral y los representantes de la Ley y la Justicia quedan relegados a un ínfimo plano -cuando no son omitidos por alguna elipsis-. Por lo que no queda otra que sentarse a disfrutar.
Todos estos elementos, en cierta forma, generan un clima de fascinación por estos delincuentes. Pero será la propia película (y la vida misma ya que está basada en hechos reales) la encargada de castigarlos por sus acciones. Es decir, la clásica estructura de ascenso y caída muy habitual en el cine de Scorsese.
Por otro lado, es importante destacar algunos aspectos técnicos. Como, por ejemplo, el montaje a cargo de Thelma Schoonmaker (una habitual colaboradora) que le aporta al filme un ritmo superdinámico el cuál, apoyándose en la mencionada voz en off y en una increíble banda sonora extradiegética con temas propios de la época en que está ambientada como aglutinante, permite que convivan perfectamente planos secuencias, imágenes congeladas, elipsis temporales y planos rapidísimos con acelerados movimientos de cámara que ya son marca registrada de la casa Scorsese. Esto hace que las 2 horas y media de duración se pasen rapidísimo.
En resumidas cuentas, qué más se puede decir de esta película que no se haya dicho antes. Pero sólo que sé que la volvería a ver una mil y veces más.


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