Hunter x Hunter: la belleza de lo efímero en la relación de Meruem y Komugi Spoilers

Komugi (Cazador x Cazador) - Manga Imperial

Hunter x Hunter: la belleza de lo efímero en la relación de Meruem y Komugi

Las películas y las series existen porque movilizan algo dentro de nosotros. Porque podemos vernos reflejados en ellas. Porque podemos comprendernos y comprender nuestro exterior de una forma más acertada gracias a las mismas. Aunque muchas ignoran tal potencial intrínseco, otras lo aprovechan al máximo, dando vida a obras que permanecieron vigentes desde su estreno, y lo seguirán haciendo durante décadas y décadas.

El anime entiende bastante de esto. Desde el más profundo hasta el más banal, cada título nipón posee aquella regla basal de la cultura japonesa que aboga por empujar al alma humana hacia su máximo potencial, y movilizarla hacia encontrar lo bello en cada pequeña cosa. Y lo bello puede ser lo que cada uno considere, pero siempre guarda una misma característica: ser efímero. Como indican las reflexiones del famosísimo Elogio de la sombra, lo hermoso es tan duradero como una hoja de árbol, como los seres vivos y nosotros mismos. No somos para siempre, y ahí es donde radica el eje de todo lo precioso.

De más está aclarar que el título oriental con mayor consciencia de esta cosmovisión del mundo es Hunter x Hunter. Haciéndose de una historia que comienza centrándose en la belleza inocente de todas las cosas, para luego ahondar en su profundización absoluta, analizó hasta la parte más oscura de las motivaciones del ser humano, los animales, y cada uno de los intermedios híbridos entre ellos.

De ese último grupo, la relación que más resalta es la del rey Meruem con Komugi. No solo porque cambian el destino de todo el arco y la historia entera, sino porque metaforizan y resignifican, en sus desarrollos, miles de mitos sobre los encuentros entre los monstruos y los humanos, al tiempo que los trata como algo que va más allá de sus meros físicos y especies.

El lobo y el cordero

Cuando Komugi ingresa al palacio de Meruem por primera vez, notamos en ella un halo de santidad. La escena misma nos lo evidencia a partir de la música y el recorte de cada marco que la introduce mientras camina hacia el rey, pero hay mucho detrás de las meras tecnicidades.

Para empezar, su atuendo blanco, y sus dos coletas establecen un gran parecido con animales como las cabras o las ovejas. Estos mamíferos, que se encuentran absolutamente indefensos ante las amenazas externas de los carnívoros, y que en el pasado servían como sacrificio a las deidades, son el ultimísimo escalafón de la pirámide encabezada por los seres protagonizados en este arco; aquellas hormigas cruentas que solo piensan en usar su poder ilimitado para desangrar y destruir.

Al entrar con su bastón, paciente y serena, construye una reverberación tácita hacia la leyenda atemporal del humilde sabio que, en los viejos cuentos de Oriente, acude al rey para ayudarlo a esclarecer un sueño abstracto que tuvo, y que ni los astrólogos ni brujos más expertos pueden desovillar. Como ya sabemos, Komugi viene a enseñarle mucho más que eso.

Siendo considerando desde antes de su primerísima etapa embrionaria como el rey absoluto de todo lo que existe, Meruem no sabe de otra cosa que la gloria máxima. Pero, cuando conoce a la jugadora de Gungi, llega a la realización de que, hasta ese momento en el que entró, no tenía nada. Así como Komugi solo tiene su juego de mesa, Meruem solo tiene a Komugi, el único ser que no lo ve como la deidad mayor o la amenaza más letal. Simplemente, como otro jugador digno de respeto en la partida.

En este punto, cabe resaltar su gran característica: la ceguera. Dicho rasgo también data de relatos que signaron para siempre nuestra cultura, como Frankenstein, cuando el monstruo conoce el afecto por primera vez al entablar relación con un hombre ciego, que penetra a través de su fealdad y solo “ve” su corazón.

Por suerte, Meruem no conoce el mismo final que la criatura de Shelley, y, en cambio, es completamente humanizado por Komugi. Aunque no puede definir y delimitar que es lo que siente por ella, aprende a perder, a sentir la urgencia de proteger, a caerse y volver a intentar, a que su violencia no sea respondida con otra, sino con paz.

Pero, otra vez, lo bello siempre es efímero, y Hunter x Hunter mantiene esa concepción a rajatabla. Al final del arco de las hormigas quimera, Meruem aprende su lección, y frena la guerra que era su misión de vida para pasar el resto de su existencia con Komugi. Pero dicho tiempo de vida es reducido, porque está envenenado.

Sin embargo, Yoshihiro Togashi no va a negarles aquel momento de belleza absoluta. Pero no dentro de la diégesis del episodio, sino fuera de ella, después del ending. Porque el destino de Meruem ya fue suficientemente moldeado por cada una de las líneas argumentales del anteúltimo arco. Por todo el daño infringido, no va a alcanzar la recompensa de vivir feliz para siempre. Pero, por haber revertido la maldad con la que nació, va a tener lo que más quiso, aunque sea por unos minutos.

Después de la canción que cierra el capítulo, la pantalla se funde en negro, y se ilumina de pequeñas luces tenues Son aquellas que iluminaron aquel subsuelo terrorífico que alguna vez sirvió para encerrar a mujeres en una suerte de alegoría a la trata de personas, y, para este final, se convierte en la caja de cristal que guarda lo más hermoso y sagrado.

Esta vez, no vemos a Komugi o a Meruem desde la mirada (o la “no” mirada, en el caso de ella) de uno o del otro. No hay un punto de vista aleccionador. No hay decodificaciones de carácter. Son sus voces en la oscuridad, que tanto podría representar la muerte como la ceguera de la protagonista, aquella que le permitió abrazar el corazón del monstruo desde el primer minuto en el que se conocieron.

Entonces, Meruem comienza a morir. La llama una y otra vez por su nombre, aunque antes podía llegar a matar si tenía que repetir las cosas más de una vez. Ese no es el único cambio en él, sino que, además, ahora conoce la potencia del nombre y del nombrar.

Cuando Netero le reveló el suyo, lo hizo por respeto a la condición que Meruem impuso, al mismo tiempo que lo dominaba porque sabía que había ganado. En el presidente de la asociación de cazadores, el uso del nombre era una forma de mostrar poder, de hacerle saber que ya lo había encapsulado en el daño irreversible de la bomba.

En cambio, Meruem nombra una y otra vez a Komugi porque entiende la dulzura y el respeto del acto, habiendo sido criado en un contexto donde su madre nunca fue llamada como otra cosa que Reina, y sus vasallos despojados por completo de sus identidades alguna vez humanas. Apartado para siempre de las jerarquías y los rangos indistintos, se enternece en el acto de tratarse de igual a igual a través de la denominación.

Además, la llama una y otra vez porque, en sus últimos momentos, entra en contacto con la humanidad que subyace en lo más profundo de su sangre. Siente, como cualquier ser de carne y hueso, miedo a la soledad de la muerte. Aunque nunca conoció de caricias, alguna emoción su vida anterior lo lleva a pedirle a Komugi que lo sostenga de la mano.

A pesar de que se aman hace tiempo, esta es la primera vez que entran en contacto cariñoso, pero poco tiene que ver con lo que nosotros entendemos como tal. Es amor, sí, pero en dos seres que nunca lo experimentaron, ni conocen sus reglas y condicionamientos normativos. Sentir el tacto uno del otro es, para ellos, la etapa final de un lazo afectivo que, como todo lo bello, se teje con la misma lentitud que las estaciones, pero encuentra su momento de belleza mayor en un solo instante culmine, para nunca volverse a repetir.

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